Cerimedo. ¿El señor de los sicarios bolivianos? Antes, el señor de los sicarios digitales, que ahora callan.

No lo conocen.

No lo vieron.

No saben.

Toman distancia y se excusan.

Silencio y escondrijos.

Fernado Cerimedo. Foto: Reuters/archivo

Dos matadores inducidos y disfrazados de repartidores apuntaron y dispararon contra Nadia Beller, pareja del señor de los sicarios digitales, los encargados masivamente de agraviar y de desinformar.

La hirieron.

Y el otrora capataz en la Argentina de la seguridad oficial, el fantasma vivo detrás de la Andis, el señor de las moscas de las redes que viborean con sus zumbidos vacíos —pero por vacíos tan sonoros—, Fernando Cerimedo, ahora en llanto y demolido, teatral, enfrenta la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

Los sicarios digitales matan el argumento, la racionalidad, atentan contra la conversación y contra la política misma.

Tratan de imponer, por imperio de la cantidad de bravatas y de insultos, un clima adverso y siniestro, un sistema rampante y craso de invectivas, eslóganes y descréditos al por mayor.

El término sica viene del latín: daga corta. Los romanos nombraron así a los delincuentes que, armados con puñales escondidos en sus ropajes, se entremezclaban entre grupos abigarrados y atacaban para robar o para matar y robar.

Los sicarii eran precisamente los criminales encubiertos, pero no por eso ineficientes en el espantoso oficio de la agresión armada.

Con los siglos el término pasó a aplicarse a los asesinos rentados, mercenarios de la muerte. De abolengo atávico y perverso, el sicariato adoptó diversos formatos contemporáneos.

Y la cuchillada verbal —que es verbal y no física— tiene, sin embargo, connotaciones análogas y consistentes con esa matanza de la inteligencia perpetrada por ejércitos que borran sus cerebros a cambio de rentas menores o mayores; la infamia de los trolls de los cuales Cerimedo se enorgullecía.

Empuñaba la daga bajo el manto de las diatribas.

Sostenía que manejaba miles de trolls —algunos humanos deshumanizados en sus tuits de pura nada pero siempre insultantes— y miles de los así denominados bots, robots diseñados para liquidar el pensamiento e instituir en su lugar la presión de la refutación por vía de la brutalidad discursiva.

Ya no hay manera de saber si el que agravia es una persona o una línea de código HTML.

Es un enjambre. Mucha gente junta que no forma un nosotros.

Ruido sin voz.

Masa sin cuerpo.

Una multitud sin rostro pero con colmillos venenosos.

Nadia Beller, la mujer atacada a balazos en Bolivia y expareja de Fernando Cerimedo.

Refutar es un acto civilizatorio, porque le reconoce al adversario el derecho a haber pensado algo. Refutar supone que el otro existe, que dijo algo, que ese algo puede ser examinado. El agravio digital hace lo contrario, no discute, liquida al oponente.

No responde, satura.

No argumenta, escracha.

Es el grado cero de la política. Es una locura digitalmente militante.

El objetivo ni siquiera es convencerte sino agotarte a fuerza de tsunamis de improperios. El señor de los sicarios digitales factura por daño causado.

El sicario físico y el digital no son lo mismo, por supuesto. Tampoco es lo mismo la furia de quien enuncia sus virulencias a cara descubierta: se exhibe y banca la discusión que enciende.

Pero en el caso de este señor, terriblemente comprometido por el atentado contra su pareja —embarazada de él, según ha contado ella—, conjugan una cierta simetría.

No deben confundirse los hechos, de todos modos.

Eliminar es una palabra clave.

Se elimina el argumento del otro. Según las filtraciones de la causa y lo que sostiene la Fiscalía boliviana, en el celular de Cerimedo aparecen mensajes que evalúan la posibilidad de “eliminar” a Nadia. De las palabras a los cuerpos. Más allá de su presunta condición de autor intelectual de un intento de femicidio, la Justicia determinará si efectivamente lo fue, Cerimedo acercó sus servicios anti periodísticos primero a Jair Bolsonaro en Brasil, luego al actual oficialismo en la Argentina, en Honduras también vendió sus servicios y finalmente a Rodrigo Paz en Bolivia.

Llegó hasta Mar-a-Lago, la casa de Donald Trump, donde fue premiado como “Consultor político hispano del año”. Ahora, por cierto, miran para otro lado sus ex camaradas. No reconocen que un alquilado desinformador profesional, con un prontuario judicial que incluye denuncias por estafa, y alocado vendedor de naderías por todas las redes, era un peligro latente para todos.

El sicariato digital es violento, amedrentador, burdo y, por eso, previsiblemente, inmensamente dañino.

Uno de sus objetivos prioritarios es atacar al periodismo y sustituirlo por influencers, esos que persuaden jibarizando desde ese gran descubrimiento instrumental del autoritarismo, el avatar.

Esa máscara para camuflar el bandidaje verbal. Asesinan la metáfora, ignoran todo teorema, se distancian como de la tierra a la luna de los hechos y de toda investigación, e imponen en su lugar una Babel de improperios al servicio del poder de turno.

No le hacen bien a nadie, y sí, mal a todos. Es maldad organizada para acallar. Gritan desde las redes para que el resto calle. Es una fábrica con operarios enmudecedores.

Cerimedo fue un “consultor” transnacional. Un tramposo y mentiroso usando y pagando a su horda de matadores de todo disenso civilizado.

Hay un detalle que no es un detalle. El señuelo con el que, según la acusación, atrajo a Beller hasta la puerta del hotel fue una promesa de información. Un supuesto denunciante, una primicia sobre Evo Morales. Otra mentira. La más siniestra. El desinformador profesional sabe mejor que nadie que el anzuelo más eficaz es la “información” que no es.

La mentira magnética. La farsa como anzuelo siniestro.

Y ahora Cerimedo, según la hipótesis fiscal, ya no sería solo el señor de los sicarios digitales, sino el señor de estos otros sicarios, que sí disparan.

Un vendedor de insultos al por mayor, un ejército de bravucones anónimos, una mafia desinformadora y deliberadamente falsaria.

Un falsario y calumniador a gran escala.

Una bomba de tiempo.

Y al final estalló, y de la peor manera.

Es mejor trabajar con personas honestas que con crápulas y mercenarios.

La apoteosis de un malandra con tanto poder culmina en un horror.

Los que estuvieron cerca del señor de los sicarios ahora se lavan las manos.

Era previsible.