De vez en cuando me preguntan qué cosas de Argentina me han impresionado a lo largo de mis 12 años de vida en el país. Y a pesar de que hay muchas, me gusta responder que ha sido el viento.

Sé que hay brisa en todas partes y que las tormentas, tifones y huracanes que se dan a lo largo de los cinco continentes, suelen estar asociados con impresionantes corrientes de aire. Pero esas son excepciones, accidentes.

En Argentina el viento es cotidiano y omnipresente, y a menudo imprime su marca en el terreno y en los hábitos de la gente.

Nunca había presenciado tantas alertas meteorológicas por viento en las aplicaciones del celular, ni me había detenido a pensar si las varillas del paraguas que estaba comprando resistirían sin romperse a sus embates cotidianos.

En lo que a mí respecta, este siempre ha sido el país del viento.

Mi encuentro inicial con los vientos sureños fue durante mi primera visita al país, en 2010, cuando salí de Buenos Aires a pasear con unos amigos por varios pueblos de la provincia.

Detenidos una noche a la orilla de la carretera, presenciamos aquel soplo firme que venía de lejos y, mientras me aferraba a la cabeza el sombrero típico de turista que había comprado en San Telmo, quise ver en él un indicio de futuras libertades.

A fin de cuentas, un viento así de intenso sólo podía darse en un sitio llano, abierto, en el que fuera posible llegar por tierra a todas partes.

Años después, ya instalado en Buenos Aires, y después de haber tirado a la basura dos o tres paraguas, comencé a entender el viento desde una postura más respetuosa.

Sin duda, jugó en ello parte la sudestada con que la Ciudad me recibió y que inundó, a través de un recoveco elevado de la cocina, el diminuto monoambiente del Centro donde me hospedaba.

De la Puna a Ushuaia

Pero eso no es todo. El viento ha sido una constante en mis años argentinos.

Pulseamos en las rectas carreteras de Santiago del Estero, en las que sopla tan fuerte que inclina los postes del tendido eléctrico a lo largo de la vía, en un ángulo de casi 45°.

Estuvo también en lo alto de la Puna, en el tránsito helado de la Quebrada de Humahuaca hacia Iruya, y además en Bariloche, miles de kilómetros al sur, cuando el avión despegaba y lo sacudió hasta casi causarle ataques de pánico a varios pasajeros.

Y en las calles de Puerto Madryn, llevando a cuestas el rumor suave del mar o los graznidos enamorados con que cada pingüino macho llama a su hembra desde el nido. Lo mismo en Mar del Plata, en la cubierta del barco en Ushuaia, o en el departamento en un piso 11 de Buenos Aires donde escribo esta nota, cuyas ventanas viene a menudo a zarandear, como poniéndolas a prueba.

Incluso en las noches en que la nostalgia me vence, pienso en él, en el viento, en lo que habré de contar al respecto a los amigos que me queden en Caracas, dado un hipotético regreso.

En la enorme diferencia que sentiré estando allí, en mi ciudad de vientos suaves, domesticados por las montañas, cuando la tarde muera y no tiemblen las ventanas, y a lo mejor eche en falta esa impresión de lejanía, ese llamado a ver el mundo como una llanura que me invita, soberbia e infinita, a recorrerla.