Para Julio Foster, la fotografía es algo mucho más profundo que un pasatiempo o un trabajo, que él sintetiza en una palabra: fascinación. Eso fue lo que sintió, cuando siendo muy chico, su abuelo le mostró el instante en que su propia cara aparecía revelada en una foto. Fue en una habitación que se le antojó mágica: iluminada de rojo, con un olor que no sabía definir y un papel blanco que se sumergía en un líquido y poco a poco dejaba ver el retrato.

Ese instante marcó el camino de lo que vendría después. "Terminada la secundaria y pasada la colimba, tenía ya claro que mi camino, en el sentido japonés 'do', iba a ser la fotografía. Comencé como meritorio en un importante estudio de fotografía publicitaria y al año se me dio la posibilidad de ir a aprender a España", y así empezó otra constante de su vida, que fueron los viajes y el cambio de rumbos.

Ahora, asentado hace años en Adrogué, el mismo lugar que lo vio nacer y crecer, Foster presenta su libro Luces de Milongas, un fotolibro, prologado por Javier Barreiro, catedrático de la Academia Nacional del Tango y textos de Bruno Napoli, Alfredo Ramos y el productor Alfredo Svarzchtein. Se presenta mañana sábado 22 de agosto a las 17 en la Biblioteca Esteban Adrogué, en La Rosa 974, Adrogué.

Subió las imágenes a Instagram y un productor le propuso publicar un libro.

Es el final, o un nuevo capítulo, de un periplo que llevó a este fotógrafo por distintos países, comenzando con ese primer viaje a España: "En principio iban a ser un par de años pero resultaron 34. Viví en Menorca, tierra de mis ancestros, y en Zaragoza, que resultó ser más acogedora que Barcelona. Ahí trabajé como free-lance para distintos medios y agencias de comunicación. También en moda y publicidad, en lo 90 tuve un estudio". De todo eso, se llevó la experiencia de trabajar ilustrando libros de turismo, arte, arquitectura y geología.

Pero siempre le quedó el recuerdo de Adrogué, donde de chico pudo tener "una vida que hoy por hoy casi parece salvaje" y que incluía improvisar escapadas en bici con los amigos, a Finky, al arrollo del Rey, lugares prohibidos por peligrosos como el bosque de Caperucita. "A mi me marcó con fan de los espacios abiertos, sensación de libertad de movimientos. Por eso creo que no pude vivir en Barcelona, las ciudades me oprimen. Zaragoza, más provinciana, con el campo ahicito nomás, el Pirineo una excursión y el Ebro con su historia era más parecido a ese Adrogué infantil de aventuras", recuerda.

También retrató milongas en otros países.

Ese espíritu nómade lo hizo también volver a su pueblo, que ya había cambiado bastante y era una ciudad grande con otras características, pero siempre buscando nuevos horizontes. "Volví de Europa con afán de conocer a la gente que vive en comunión con la Naturaleza, lo que me acercó a los pueblos antiguos. Estuve un tiempo en Tamanduá, poblado mbyá-guaraní de Misiones y en Fiambalá, Catamarca, acercándome a la cultura ecléctica, parte cacán, parte diaguita, parte coya, de los antiguos del Territorio Abarcan. También hice un fotolibro de la experiencia".

Para Foster la fotografía es un camino al conocimiento que le enseñó a mirar de una forma distinta: "El fotógrafo, por naturaleza, es curioso. Un día, un poco bajo presión de mis colegas y amigos en España, me acerque en Buenos Aires a fotografiar tres milongas. Me fascinó la diferencia de ambientes que se palpaba en cada una de ellas. De vuelta en Zaragoza hice una muestra que atrajo a los milongueros locales quienes me invitaros a milongas y festivales. Sinceramente quedé seducido porque cada uno de esos festivales y milongas tienen personalidad propia. La verdad es que me quedé con ganas de más".

Para Foster, la fotografía cambia la manera de mirar.

Fue subiendo esas imágenes a su cuenta de Instagram hasta que Alfredo Svarzchtein, editor y ahora amigo, las descubrió y le propuso hacer Luces de Milongas. Algunas de las imágenes se pueden ver en su cuenta de Instagram /julioefoster. Y a través de ese medio se puede solicitar el formulario para comprar un ejemplar.