Estos son tiempos de cambio a velocidades que no imaginamos. Tiempos de cisnes negros y perplejidades. Tiempos de guerras que se prolongan, de países débiles que desafían a los poderosos, de fronteras que se convierten en armas.
Nada ocurre como podríamos haberlo predicho. ¿Acaso entramos en la hipermodernidad y las viejas categorías del pensamiento ya no ayudan a comprender lo que sucede?; tiempos en los que se hace muy difícil adelantar el futuro, que es la tarea de los estadistas.
¿Cómo recrear la esperanza sin imaginar un futuro posible? Tiempos de crisis de la representación política. ¿Acaso la democracia liberal es un régimen obsoleto como muchos lo predican hoy? ¿Habrá que resignarse a un tiempo de democracias iliberales, como se denominan a las nuevas formas de autoritarismo que encarnó Orbán durante largos 15 años? Un ejemplo perfecto de la lenta destrucción de la democracia liberal representativa. Sin embargo, hubo alternancia en Hungría.
La Argentina tiene una historia de divorcio entre la democracia sustantiva, entendida como justicia social, y la democracia formal o de procedimientos. Esa oposición marcó los debates en la década del ‘70.
Eran tiempos de pasión revolucionaria que entendía que el Estado de Derecho no podía poner límites a la voluntad popular encarnada en una vanguardia revolucionaria con la misión de liberar al pueblo de la opresión de la oligarquía.
Esa oposición no era una novedad. Ya en la década del 40, la antinomia Democracia /Justicia social había organizado la competencia política que llevó al peronismo al poder por la vía de las urnas. Esa oposición continúa vigente en la política argentina porque sigue viva una ilusión revolucionaria en gobernantes como Cristina Kirchner y Milei. No parece casual que Milei sitúe la decadencia de la Argentina en la democracia de participación ampliada instaurada en 1916 tras la ley Sáenz Peña, ignorando los logros del gobierno de Alvear.
La democracia liberal y el liberalismo en general, son despreciados como procedimientos de una elite que burla la soberanía popular. Esta idea de democracia como soberanía popular no es sino una reiteración de la noción de la democracia de los antiguos que fue vista como germen del despotismo- durante milenios fue sustituida por la nación de República.
La democracia liberal representativa es un creación de mediados del siglo XIX, un fenómeno reciente en esta historia milenaria. Hoy muchos consideran que pertenece al pasado: el liberalismo está en crisis y proliferan las democracias en las que el Estado de derecho no pone límites a la voluntad popular. Los gobernantes no acatan las restricciones que le fijan las instituciones.
Cristina Kirchner declaró obsoleta la división de poderes reviviendo la tradición del peronismo, un movimiento político para el que la cultura del poder consiste en la lealtad a un movimiento y a su conductor.
Por cierto, Antonio Cafiero no se privó de considerar que la traición existía para que imperase la lealtad en el movimiento de Perón. La división de poderes no es vista como un modo de proteger a los desamparados; la justicia social es la única protección que conciben.
Por ese camino el Estado se convierte en un negocio para privados y el dinero de todos va a parar al bolsillo de unos pocos privilegiados. No hay sentido del Estado, no hay valoración de las instituciones. Una declarada pasión revolucionaria asemeja al kirchnerismo y al mileismo: el Estado de derecho no puede limitar la voluntad popular que encarnan con la legitimidad de las urnas.
A lo largo de cuatro décadas, la democracia argentina superó el test de la alternancia pacífica en el poder, pero se fue degradando la calidad de los controles a su ejercicio. Gobernar por decreto en perpetua emergencia o comprar lealtades a cambio de favores en un país federal en la letra pero centralista en los hechos, se ha instalado como costumbre.
Las democracias en Occidente enfrentan una crisis de legitimidad de la autoridad: se multiplican los guerreros virtuales en las plataformas digitales, es difícil imaginar las formas de gobierno que den expresión a esta proliferación de tribus identitarias.
Los partidos políticos se han reducido a taxis que conducen al poder, según la premonitoria expresión de Ralph Dahrendorf. La revolución de la comunicación y de la información hizo emerger una nueva estructura social.
El dilema de la representación política es cómo dar expresión a las multiplicación de minorías identitarias. A la la vez, emerge una nueva estructura de poder con oligopolios de tecnomegamillonarios que controlan el desarrollo de la IA en la cima. La crisis de la representación política no ha encontrado aun respuesta y es un problema inquietante a la luz de un nuevo tipo de actores: minorías intensas identitarias y tecnomegamillonarios.
Un emblemático Peter Thiel, tecnoempresario megamillonario y a la vez, intelectual sofisticado, ha establecido su residencia en la Argentina. Tenemos un agente del cambio en casa, pero no sabemos hacia adónde vamos. El mundo todo vive en la incertidumbre.
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