“¿Tienen ganas de cuidar?”. Con esa pregunta, Carolina Nadal rompe el hielo en las reuniones familiares del Hospital de Clínicas. La jefa del Departamento de Trabajo Social de la institución sabe que esa consulta abre una puerta difícil: la posibilidad de que una esposa o una hija se permitan pensar su realidad y su contexto desde otra perspectiva.

“Siempre se lo pregunto a las familias; a mí me gusta hacer reuniones familiares para pensar el ‘cómo lo cuidamos al paciente’ y la primera pregunta que hago (además de qué saben de la situación y qué les preocupa) es -tensionando- si tienen ganas de cuidar. Si un profesional te pregunta eso es porque vos podés decir que no. Y muchas veces, sobre todo las esposas y las hijas, dicen ‘¿puedo decir que no?’ Así uno ahí construye un vínculo empático y de confianza rápidamente y podemos decir algún ratito que no, y está bien”.

Carolina Nadal, jefa de Trabajo Social del Hospital de Clínicas (UBA) y especializada en cuidados paliativos.

En un contexto donde los cuidados están impuestos y naturalizados como un mandato femenino, habilitar esa reflexión puede funcionar como un primer paso para cuidar de la mejor manera posible.

Estas cuestiones fueron uno de los ejes centrales del Congreso Internacional de Medicina Interna organizado recientemente por el hospital. Allí se habló sobre la reconfiguración poblacional en la que, por un lado, la natalidad cayó un 50% en los últimos años; y por otro, aumentó la expectativa de vida.

“Hoy, pensando en la población adulta mayor, nuestra mayor preocupación y nuestra mayor intervención es el armado de la red de cuidado”, explica Nadal a Clarín. Desde su área, el equipo acompaña al paciente en el proceso de salud, enfermedad, cuidado y -desde su rol como paliativista desde hace 30 años- también ante la finitud (“Incluyo también la idea de muerte, porque estamos hablando de que somos finitos y tenemos que considerar nuestra propia posibilidad de morir”).

Para la especialista, el desafío es poner en juego los recursos de cada familia para que la calidad de vida sea la mejor posible, bajo una perspectiva de derechos humanos y de equidad social.

El dato del último Censo Nacional refuerza esta problemática: en siete de cada diez hogares, la atención de los mayores se sostiene dentro de la propia casa. Además, esta tarea recae de forma casi exclusiva sobre las mujeres (feminización del cuidado).

En siete de cada diez hogares, la atención de los mayores se sostiene dentro de la propia casa. Foto: ilustración Shutterstock.

Reconstruir la historia

Tenemos menos hijos, y vivimos más años. ¿Qué impacto tendrán estos cambios en la adultez mayor de hoy y del futuro? Nadal cuenta que hoy se siente en las consultas: aumentó la edad de los propios cuidadores. Y cita el caso de una paciente de 90 años recién llegada al hospital, cuya única cuidadora es su hija de 70.

Cuando la familia no está o no alcanza, el equipo de Trabajo Social busca reconstruir la historia del paciente para identificar qué oportunidades existen: entender “de dónde viene, qué hacía, cómo reconstruir su historia, ver cómo ingresa del hospital y pensar qué red de cuidado podemos fortalecer de la existente o sumar nuevos actores, como vínculos de parentesco o amorosos”.

Explica que piensan el cuidado territorialmente: “Si tiene cobertura de obra social, si tiene alguna religión, si tiene alguna sociedad de fomento o algún club de barrio… Si esto funciona, genial, pero te diría que es de tres a uno esta situación; el resto es escasa o nula red de cuidado”. El objetivo es articular lo que Nadal llama el “diamante del cuidado”, donde interactúan el Estado, la familia, el mercado y la comunidad para garantizar que la vejez no sea sinónimo de soledad o desamparo.

El debate sobre la asistencia no es solo una cuestión de voluntad familiar, sino un tema de derechos. Nadal destaca que la Corte Interamericana de Derechos Humanos ya otorgó estatus de derecho humano autónomo al cuidado. Esto abarca tres dimensiones: el derecho a recibir cuidado, el derecho a cuidar y el autocuidado. Según la especialista, el marco legal es clave para que esta tarea no sea una carga invisible. “El derecho a cuidar tiene que tener un marco de garantías, y no ser un cuidado que sobrecargue y genere agotamiento en el ámbito de la familia”, advierte.

Uno de los mayores obstáculos culturales que detecta Carolina es lo que los gerontólogos llaman “viejismo”, una tendencia a infantilizar a las personas mayores con la excusa de protegerlas. Foto Shutterstock.

Contra el “viejismo” y la infantilización

Uno de los mayores obstáculos culturales que detecta Carolina es lo que los gerontólogos llaman “viejismo”, una tendencia a infantilizar a las personas mayores con la excusa de protegerlas. Dice Nadal: “No se le da centralidad a la persona mayor en los ámbitos de los hogares. Existe esta idea de infantilizar al viejo, sobreprotegerlo y tomar la mejor decisión por él, sin ponerlo en el centro de la toma de decisiones”.

Para revertir esto, el equipo aplica el concepto de autonomía relacional. Esto significa que el paciente, si está lúcido, debe decidir sobre su propia vida, dónde quiere estar y con quién, pero acompañado por el equipo de salud para no tomar esas decisiones en soledad o sin información.

Para Nadal, el problema de fondo es el rechazo de la sociedad occidental a la vejez y a la muerte. Para explicarlo, cita al filósofo surcoreano Byung-Chul Han, quien explica que el imperativo actual de ser productivos y exitosos nos distrae del dolor. “Los occidentales tenemos que tomar contacto con nuestra propia posibilidad de morir. Es saludable pensar cómo queremos estar, dónde y con quién”, reflexiona.