Una hamburguesa da una vuelta en el aire y aterriza sobre una parrilla sin que el pan, la carne, el queso y la lechuga se desplacen; una gota de kétchup cae con la densidad precisa y un trozo de queso empieza a fundirse, pero aguanta lo suficiente para que la cámara capture el momento perfecto. Son imágenes que duran apenas unos segundos en pantalla y que el espectador contempla sin pensar demasiado en ellas, aunque detrás puede haber una jornada de pruebas, decenas de productos utilizados y un equipo pendiente de movimientos de apenas unos milímetros. Una parte importante de ese trabajo recae en el food stylist, el profesional que se ocupa de que los alimentos resulten apetecibles delante de una cámara y transmitan la emoción que la marca quiere asociar a ellos.

Marta Muñoz-Calero es periodista de formación y llegó al food styling después de trabajar durante años en el ámbito de la gastronomía, la fotografía y las tendencias. Lleva más de dos décadas colaborando con agencias y grandes marcas nacionales e internacionales, preparando los alimentos que aparecen en campañas publicitarias y cuidando cada detalle para que conserven un aspecto apetecible ante la cámara. Una profesión poco conocida en España que combina cocina, dirección de arte y un conocimiento muy preciso de cómo se comporta cada producto.

Una profesión poco conocida en España que combina cocina, dirección de arte y un conocimiento muy preciso de cómo se comporta cada producto. Foto: IG/martamunozcalero

¿Cómo explicas exactamente en qué consiste tu trabajo a alguien que nunca ha oído hablar de esta profesión?

La gente piensa que nosotros fotografiamos alimentos, pero yo creo que fotografiamos deseos. Nadie compra una hamburguesa porque vea pan, carne y queso, sino porque durante un instante puede imaginar cómo va a ser morderla. Nuestro trabajo consiste en construir esa emoción y traducir una idea en un alimento real. El creativo imagina una hamburguesa perfecta, una pizza irresistible o un helado que transmite frescura, y mi responsabilidad es conseguir que ese producto exista delante de la cámara exactamente como se ha concebido. No solo cocino o coloco comida, dirijo la estética del alimento, su textura, su volumen, su color y su comportamiento durante toda la sesión. Es una mezcla entre cocina, dirección de arte y técnica.

¿Qué ocurre desde que una marca te encarga una campaña hasta que el plato está listo para fotografiarse o grabarse?

Hay mucho trabajo previo. Estudiamos el briefing, analizamos el producto, entendemos qué emoción quiere transmitir la campaña y hacemos pruebas. Después seleccionamos ingredientes, desarrollamos recetas específicas para cámara y definimos cómo va a comportarse cada elemento. El día del rodaje o del shooting todo está perfectamente planificado, pero aun así cada plano requiere ajustes constantes porque la comida cambia cada minuto.

El día del rodaje o del shooting todo está perfectamente planificado. Foto: IG/martamunozcalero

¿Cuánto tiempo puede llevar conseguir una imagen que el consumidor observa durante apenas unos segundos?

Depende mucho de la campaña. Una fotografía puede requerir entre una y varias horas de preparación, y un plano de vídeo de apenas tres segundos puede llevar media jornada. El espectador ve naturalidad, pero detrás suele haber cientos de pequeñas decisiones para que todo parezca espontáneo.

¿Qué alimentos son los más difíciles de fotografiar porque pierden rápidamente su aspecto apetecible?

Mucha gente cree que el food styling consiste en colocar bonito un plato, pero en realidad es resolver problemas. No existe un alimento difícil por sí mismo, sino alimentos con una ventana de belleza muy corta. El helado se derrite, una ensalada pierde turgencia, el aguacate se oxida, un soufflé empieza a bajar nada más salir del horno o una salsa emulsiona y se separa si pasa demasiado tiempo. También hay otros casos menos evidentes: una carne recién hecha pierde brillo al enfriarse, un pescado cocinado puede resecarse en minutos o un pan caliente cambia completamente su textura cuando deja de estar recién horneado. El verdadero reto es conocer cómo evoluciona cada alimento minuto a minuto y planificar el rodaje para fotografiarlo en su mejor momento.

Mucha gente cree que el food styling consiste en colocar bonito un plato, pero en realidad es resolver problemas. Foto: IG/martamunozcalero

¿Cómo se consigue esa gota de kétchup perfecta, el queso que cae en el momento exacto o el brillo de una pieza de carne?

Con mucha preparación y mucha repetición. La gota tiene que tener la viscosidad adecuada, el queso, la temperatura exacta para que aguante, y la carne, un punto de cocción muy controlado, casi cruda en su interior, para que no encoja. Nada ocurre por casualidad. Detrás suele haber muchas pruebas hasta conseguir ese instante que parece completamente natural. En publicidad no fotografiamos la comida cuando está hecha, la fotografiamos cuando alcanza su instante de máxima apetecibilidad. Mi trabajo consiste en saber exactamente cuándo ocurre ese instante.

¿Alguna vez una marca te ha pedido algo imposible o habéis necesitado decenas de intentos para conseguir una toma de apenas unos segundos?

Sí, constantemente. Cuanto más sencillo parece un plano, más complicado suele ser conseguirlo. Recuerdo una campaña en la que necesitábamos que una hamburguesa diera una vuelta en el aire y aterrizara exactamente sobre la parrilla sin desmontarse. Normalmente, este tipo de efectos los prepara un equipo especializado de tabletop FX, pero en aquella ocasión nos tocó resolverlo a nosotros. Tuvimos que construir la hamburguesa con una estructura interna de alambre y pequeños contrapesos para que mantuviera el equilibrio durante el vuelo y pudiera repetir la acción. Al final, la gente ve un plano de apenas dos segundos y piensa que ha salido a la primera. Lo que no imagina es que detrás puede haber horas de pruebas, treinta hamburguesas y un equipo entero ajustando detalles de milímetros. Esa es la parte invisible de nuestro trabajo.

Esa es la parte invisible de nuestro trabajo. Foto: IG/martamunozcalero

Después de trabajar tanto con la comida, ¿te sigue entrando hambre durante una sesión o terminas viendo los alimentos únicamente como materiales de trabajo?

Sí, muchísimo. La gente cree que después de tantos años acabas inmunizada, pero ocurre justo lo contrario. Pasarte diez horas rodeada de hamburguesas, pizzas, patatas recién hechas o postres espectaculares es una auténtica prueba de fuerza de voluntad. Además, en los rodajes siempre hay un catering buenísimo, así que hacer dieta siendo food stylist es casi un deporte de riesgo. Eso sí, durante la sesión llega un momento en el que dejas de ver la comida como comida y empiezas a verla como trabajo. Ya no piensas “qué buena pinta”, sino “ese queso se ha movido dos milímetros”.

Cuando ves un anuncio, una carta de restaurante o una fotografía gastronómica, ¿qué detalles te permiten saber inmediatamente que detrás ha trabajado un buen profesional?

Lo primero que miro es si la comida parece viva: una lechuga con volumen, un queso que cae con naturalidad, una carne jugosa sin exceso de brillo o una salsa colocada con intención, pero sin parecer artificial. Un buen food stylist consigue que el alimento tenga tensión, frescura y que te haga salivar, lo que se conoce como food porn. También observo la coherencia entre la dirección de arte y el producto: que cada ingrediente tenga sentido, que la luz acompañe y que la imagen transmita una emoción. Al final, el mejor food styling es el que pasa desapercibido. Si al ver una fotografía lo único que piensas es “qué hambre me ha entrado”, entonces alguien ha hecho muy bien su trabajo.

Joel Sáez