No es muy original de mi parte contar esto a esta altura del año, pero resulta que me engripé. Empecé el lunes con los clásicos síntomas iniciales de estornudos y goteo nasal. Los ignoré. El martes arrancó el picor de garganta y también decidí bloquearlo de mi mente. Paracetamol, café, y al gimnasio y al trabajo como todos los días. El miércoles me tuve que bajar de la actividad física y la jornada laboral fue una sinfonía de toses. Pero el jueves ya me desperté hecha un trapo. Decaimiento total, me costaba sostener la cafetera. Tenía que ir al trabajo igual porque un compañero se había pedido el día, así que tomé coraje, encimé todo el abrigo del que disponía y encaré el afuera.
En cuanto salí de casa el frío me shockeó. La calle, con su habitual bullicio de gente apurada, al que habitualmente me sumo cual nadador que agarra una corriente, me resultó hostil como si mi barrio fuera el suburbio violento de una película de pandillas. La velocidad de los colectivos me hería la vista y el viento se me clavaba como un puñal entre el gorro y la bufanda. En mi trabajo la cosa no fue mejor. Las voces de mis compañeros me atronaban, el sonido de los teclados me retumbaban en la cabeza. Reforcé los antigripales, mantuve té caliente permanente y sobreviví, pero aclarando que al otro día me tocaba descansar sí o sí.
Ahora, lo que vine a confesar es que, aunque parezca ridículo, la idea de tomarme un día me daba miedo. ¿Que voy a hacer un día entero en mi casa? ¿Cómo voy a manejar la ansiedad? ¿Cómo voy a permitirme bajar de la rueda de la producción permanente durante 24 horas? ¿Y si el mundo sigue sin mí y si se dan cuenta de que no me necesitan?
Sentía el descanso como un pecado y a la vez un castigo. Tanto me auto defino por mi tendencia a la acción permanente, que temí que quedarme quieta me despersonalizaría hasta provocarme una crisis de identidad.
Pero el día libre llegó y no fue tan catastrófico. Estar en casa en pijama de la mañana hasta la noche resultó una experiencia gloriosa. Me atendió un médico virtual, me trajeron remedios por delivery, me hice una sopita, y hasta lo que nunca: vi un par de capítulos de una serie. No miré las noticias, no hice ejercicio, volví a escuchar algunas canciones que me gustaban en la adolescencia y sentí que me reconciliaba con mi alma. Que no me define mi prepotencia de producción, ni mi buen ánimo obligado, ni el entusiasmo profesional que me fuerzo a tener día tras día.
¿Por qué nunca nos permitimos un día así? ¿Por qué recurrimos a la industria farmacéutica para mitigar síntomas en vez de respetar los procesos del cuerpo? En este contexto de sobre exigencia en la que estamos inmersos, la gripe aparece como una señal, un mecanismo para resetear, limpiar y arrancar de nuevo. Bendito sea el microbio que quiso vivir en mí esta semana, me declaro en simbiosis total con él. Y este milagro de tomarse un día, aunque venga con toses y estornudos, se los deseo a todos los que amo.
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