Jóvenes que cobran el sueldo y, al rato, recurren a una app para pedir un préstamo. Que luego toman otro crédito en otra plataforma para pagar el primero. Y así entran en un loop de deuda que se activa a un clic de distancia, aún sin reparar en las tasas que les están cobrando: más del 1.000% anual, en algunos casos.
A ellos se suma una gran cantidad de empleados que recurren al crédito porque no llegan a fin de mes. El resultado es una ola de morosidad que alcanzó niveles récord en la Argentina.
Hoy hay 5,8 millones de personas con más de 90 días de atraso en sus pagos, según EcoGo, con datos del Banco Central. Unos $ 3,4 billones son deudas con más de un año de atraso y el 66% de ese monto a entidades no financieras de crédito.
Sería simplista atribuir el cuadro a una falta de conocimientos sobre cómo manejar el dinero. La pérdida de poder adquisitivo por la devaluación de 2023, la suba de los servicios públicos y la facilidad de tomar un crédito explican buena parte del fenómeno.
Pero hay otra dinámica que también juega. Nunca fue tan fácil endeudarse. Antes había que ir al banco y hacer una serie de trámites, hoy se resuelve en minutos con el celular.
Si bien esto tiene ventajas, también plantea un desafío: que la gente entienda de qué se trata. Y allí la Argentina tiene un gran déficit. Aunque hubo esfuerzos de bancos, empresas y gobiernos para impulsar la educación financiera, esa formación aún no alcanza a buena parte de la población.
Estudiantes porteños del último año de la secundaria, en el curso de educación financiera.
Tampoco llega bien a las escuelas, a pesar de que la Ley de Financiamiento Productivo, de 2018, contempla la inclusión de ese contenido en la currícula.
Un reciente estudio de Ipsos y Santander indica que el 86% de los jóvenes argentinos de entre 16 y 24 años dice no haber recibido educación financiera en las aulas. El 33% señala a las redes sociales o los influencers como fuentes para aprender sobre el manejo del dinero.
Otro estudio, realizado en 2017 por CAF -Banco de Desarrollo de América Latina- ubicó a la Argentina en el puesto 37 entre 39 países evaluados en educación financiera. Apenas el 9% pudo resolver cálculos vinculados con tasas de interés simples y compuestas, y fueron pocos quienes reconocieron la importancia de diversificar las inversiones.
La educación financiera no va a hacer que la gente gane más ni que haya reglas más transparentes. Pero ya no puede ser opcional.
La Argentina necesita una política pública en este sentido, con incentivos para que los docentes se capaciten, desarrollo de contenidos para cada edad, coordinación de iniciativas entre las provincias y que el país participe en el módulo de alfabetización financiera de las pruebas PISA, que es optativo desde 2012 y nunca lo hizo.
Una política que ataque un problema que definitivamente dejó de ser “entre privados”.
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