Durante años, decir que sí a cada actividad escolar, fiesta de cumpleaños o recaudación de fondos parecía la única opción posible. Para un padre de cuatro hijos, rechazar alguna de esas propuestas era casi sinónimo de sentirse culpable.

Sin embargo, esa sensación terminó llevándolo a cuestionar un modelo de crianza que, según su experiencia, acumula cada vez más compromisos sin que nadie se detenga a preguntarse si realmente son sostenibles para las familias.

Su reflexión parte de una idea sencilla: el problema no está en una actividad puntual, sino en la suma de decenas de pequeñas obligaciones que, por separado, parecen razonables, pero que juntas terminan desbordando la vida cotidiana.

Cuando cada "sí" parece una obligación

El autor reconoce que durante mucho tiempo aceptó casi todo. Semanas temáticas en la escuela, fiestas de cumpleaños de compañeros que apenas conocían sus hijos, entrenamientos extra y campañas solidarias formaban parte de una agenda que parecía no tener fin.

Lo más difícil, explica, es que ninguna de esas propuestas resulta absurda por sí misma. Al contrario: todas tienen una buena intención. Una busca fomentar la creatividad, otra recauda dinero para una causa importante y otra ofrece nuevas oportunidades para los chicos. Justamente por eso cuesta rechazarlas.

El autor reconoce que durante mucho tiempo aceptó casi todo. (Foto ilustrativa).

Con el paso del tiempo empezó a notar que ese mecanismo generaba una dinámica difícil de romper. Cada nuevo compromiso parecía pequeño, pero la suma de todos construía una rutina agotadora que ninguna familia había elegido conscientemente.

Fue entonces cuando comenzó a preguntarse si muchos otros padres no estarían viviendo exactamente la misma situación: intentando cumplir con expectativas cada vez mayores por miedo a convertirse en la familia que "no acompaña".

El problema no son las actividades, sino la lógica que las multiplica

A partir de esa reflexión llegó a una conclusión que cambió su manera de ver la crianza. Según plantea, muchas familias dicen buscar "lo mejor" para sus hijos, pero en la práctica ese objetivo suele traducirse en una acumulación constante de actividades.

Más deportes, más talleres, más experiencias y más compromisos terminan convirtiéndose en una especie de medida del esfuerzo parental. Para él, detrás de esa lógica aparece otra cuestión menos evidente: la ansiedad de creer que un mayor esfuerzo garantiza mejores resultados en el desarrollo de los hijos.

El autor sostiene que esa necesidad de hacer siempre un poco más termina ocupando espacios que antes estaban destinados al tiempo libre, al aburrimiento o simplemente a no tener nada programado.

Una presión que también cambió con la vida de las familias

Otro aspecto que destaca es que muchas de las exigencias actuales fueron pensadas para un contexto muy distinto al actual. Recuerda que buena parte de la organización escolar y comunitaria surgió cuando era habitual que uno de los adultos permaneciera en el hogar y pudiera asumir gran parte de esa logística diaria.

Hoy, afirma, la realidad de muchas familias es diferente. Ambos padres suelen trabajar fuera de casa y, aun así, las expectativas sobre la participación en actividades escolares y sociales continúan creciendo.

Otro aspecto que destaca es que muchas de las exigencias actuales fueron pensadas para un contexto muy distinto al actual. (Foto ilustrativa).

Por eso, asegura que su decisión de empezar a decir "no" no significa desinterés por sus hijos. Lo que intenta rechazar es la idea de que el amor deba medirse por la cantidad de actividades que una familia logra incorporar a su calendario.

Reconoce que la culpa todavía aparece cada vez que declina una invitación o decide no participar de alguna propuesta. Sin embargo, dejó de permitir que ese sentimiento sea el único criterio para decidir.

Sigue asistiendo a cumpleaños y participa en algunas actividades escolares, especialmente en aquellas que realmente entusiasman a sus hijos. La diferencia, explica, es que ya no considera que cada compromiso rechazado sea una prueba de falta de dedicación, sino una forma de preservar tiempo, energía y espacio para la vida familiar.