Cada 17 de agosto conmemoramos el fallecimiento del general José de San Martín. La fecha invita a recordar su gesta y las circunstancias históricas que la hicieron posible.
Entre agosto de 1806 y agosto de 1816, una sociedad descubrió que podía defenderse, decidió gobernarse, declaró su independencia y comenzó a construir los instrumentos necesarios para hacerla efectiva.
En agosto de 1806, milicias y vecinos recuperaron Buenos Aires de manos británicas. En agosto de 1816, apenas unas semanas después de la declaración de la Independencia, la fuerza que San Martín venía preparando en Cuyo recibió formalmente el nombre de Ejército de los Andes y quedó bajo su mando.
Entre aquellos dos agostos había tenido lugar una revolución.
Aquella sociedad, hasta entonces parte del Imperio español, había comenzado a gobernarse a sí misma y, finalmente, había declarado su independencia.
¿Qué había cambiado en aquellos diez años?
El 27 de junio de 1806, tropas británicas ocuparon Buenos Aires, dejando en evidencia la incapacidad de la Corona española para defender uno de sus dominios más importantes. Cuarenta y seis días después, las fuerzas reunidas bajo el liderazgo de Santiago de Liniers recuperaron la ciudad. Los habitantes de Buenos Aires habían asumido la responsabilidad que la Corona no había podido cumplir.
Los procesos históricos rara vez comienzan donde creemos. Hace ya varias décadas, Tulio Halperín Donghi situó en las Invasiones Inglesas la apertura de una crisis institucional que desembocaría, pocos años después, en la Revolución de Mayo. Quizá esa misma perspectiva permita mirar de otro modo aquella década.
Las invasiones tuvieron, además, una consecuencia decisiva: 1806 no creó las milicias; las transformó políticamente. Después de la Reconquista, los cuerpos armados se organizaron y adquirieron un protagonismo que excedería su función militar. Los Patricios, comandados por Cornelio Saavedra, tendrían pocos años después un papel decisivo, en Mayo de 1810.
Las invasiones inglesas no dieron a los criollos una capacidad nueva. Les revelaron una capacidad que ignoraban poseer. La primera transformación no fue institucional sino de conciencia: quienes habían comprobado que podían defenderse comenzaban a descubrir que podían actuar por sí mismos.
La invasión napoleónica a España, en 1808, abrió la oportunidad política. La Revolución de Mayo fue posible porque aquella sociedad ya había cambiado. Así, en 1810 comenzó el autogobierno.
Gobernarse, sin embargo, todavía no era lo mismo que constituirse en una nación. Durante seis años coexistieron distintos proyectos sobre el futuro de estas tierras, hasta que el Congreso de Tucumán convirtió aquella posibilidad en una decisión. La independencia fue la culminación política de un proceso que había comenzado diez años antes.
Declarar la independencia era sólo una parte de la tarea. Había que hacerla realidad. Mientras los diputados reunidos en Tucumán debatían, San Martín preparaba en Cuyo la fuerza con la que proyectaba atravesar los Andes. Apenas tres semanas después de la declaración, aquella fuerza recibió formalmente el nombre de Ejército de los Andes.
En agosto de 1806, las armas habían permitido a una sociedad descubrir su propia capacidad. En agosto de 1816, esa sociedad comenzaba a organizar una fuerza destinada a asegurar la independencia que acababa de declarar.
El cruce de la cordillera comenzaría pocos meses después y abriría el camino hacia Chile y el Perú.
Años más tarde, en su poema Oda escrita en 1966, Jorge Luis Borges evocaría el juramento de los diputados reunidos en Tucumán. Aquellos hombres, escribió, habían jurado “ser lo que ignoraban, argentinos”. Tal vez allí esté una de las claves de aquella década: al decidir qué querían ser, comenzaron también a serlo.
Aquella decisión debía traducirse en organización y acción. San Martín lo comprendió. En 1816, decidir exigía romper el vínculo con el imperio y disponer de los medios para sostener esa decisión.
Cada época redefine el significado de la independencia. Más de dos siglos después, las circunstancias son otras, pero el desafío permanece: preservar la libertad de decidir.
La competencia entre Estados Unidos y China redefine el equilibrio global. Las grandes corporaciones tecnológicas emergen como nuevos centros de poder. La inteligencia artificial abre una transformación de alcance todavía difícil de medir. La seguridad económica y la disputa por recursos estratégicos reconfiguran las relaciones internacionales.
¿Cómo preservar la libertad de decidir cuando cambian la distribución del poder y las formas de ejercerlo?
Preservar esa libertad exige hoy conocimiento, innovación, tecnología, instituciones sólidas, una inserción internacional inteligente y la capacidad de construir acuerdos nacionales duraderos.
Aquel antiguo juramento sigue interpelándonos. No para repetir las respuestas de aquella generación, sino para encontrar las nuestras. En su poema Borges escribió: “somos el porvenir de esos varones, la justificación de aquellos muertos”.
Este 17 de agosto, recordar a San Martín quizá sea también una manera de volver sobre aquel antiguo juramento. Ser independientes supone ejercer la libertad de decidir. Y esa libertad no depende sólo de la voluntad: cada generación debe construir los medios necesarios para hacerla efectiva.
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