El sábado 17 de agosto de 1850 era un día desapacible. El general José de San Martín almorzó frugalmente, según su costumbre. Poco después, sintió fuertes dolores de estómago.
Se sentó en su sillón preferido a la espera del médico. El doctor Jordan lo revisó y decidió quedarse ante la gravedad del cuadro y le sugirió a Mercedes que llamara a una hermana de la caridad para asistir al General.
El Libertador le dijo a su hija, “esta es la fatiga de la muerte” y le pidió al yerno que lo llevara a su cama. Allí tuvo sus últimos recuerdos, los de una vida intensa. En eso estaba cuando la muerte no lo esperó más y se lo llevó a las tres de la tarde.
Félix Frías llegó tarde a visitar a su amigo la mañana del 18 de agosto, pero a tiempo para asistir a su velatorio: “Su rostro conservaba los rasgos pronunciados de su carácter sereno y respetable. Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho […] otro en una mesa entre dos velas que ardían.
Dos hermanas de caridad rezaban por el alma que abrigó aquel cadáver. Bajé a una pieza interior […] un reloj de cuadro negro colgado en la pared marcaba las horas con un sonido lúgubre, y este reloj se paró aquella noche a las tres, hora en que había expirado el general San Martín.
Singular coincidencia, el reloj de bolsillo del mismo general se detuvo también en aquella misma hora de su existencia”.
José de San Martín. / Archivo
El testamento del General
En su testamento San Martín había prohibido que se le hiciera tipo alguno de funeral u homenaje, aunque sí pedía que su corazón descansara en Buenos Aires.
Concluidas las tareas de embalsamamiento, el cuerpo fue colocado en un sarcófago cuádruple compuesto por dos cajas de plomo, una de madera de pino y otra de encina.
Sobre la tapa su familia hizo colocar una chapa con la inscripción: “José de San Martín, guerrero de la Independencia argentina; Libertador de Chile y del Perú. Nació el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, provincia de Corrientes, de la República Argentina; falleció el 17 de agosto de 1850, en Boulogne Sur Mer, Pas de Calais, Francia”.
El sarcófago fue colocado en la carroza fúnebre y conducido el día 20 de agosto a la iglesia de San Nicolás, de Boulogne, donde rezaron algunos sacerdotes las oraciones por el alma del difunto.
De allí fue trasladado hasta la catedral de Notre-Dame de Boulogne y en una de las bóvedas fue depositado el féretro, donde debía permanecer hasta ser conducido a Buenos Aires.
José de San Martín. / Archivo
El 16 de septiembre de 1878 la Comisión Central de Homenaje al general San Martín aprobó la maqueta y el presupuesto de 100.000 francos, unos 10.000 pesos de entonces, presentados por el artista francés Carrier Belleuse para la construcción del mausoleo que debía erigirse en la Capilla de la Catedral en honor a San Martín.
Se le puso como plazo máximo de entrega el 10 de marzo de 1880.
Treinta años de espera
Finalmente y tras treinta años de espera, el 21 de abril de 1880, desde el puerto de El Havre, partían a bordo de la nave de la Armada Argentina Villarino los restos del Libertador.
Habían sido exhumados del cementerio de Brunoy unos días antes y trasladados en un tren especialmente acondicionado por el gobierno francés, que dispuso además que una comitiva de autoridades civiles y militares y el regimiento número 119 de infantería tributara los honores correspondientes a un jefe de Estado.
Los restos llegaron a Buenos Aires el 28 de mayo de ese año. El gobierno decretó feriado nacional y organizó unas imponentes exequias públicas comandadas por el presidente Nicolás Avellaneda y el ex presidente Domingo Faustino Sarmiento.
Los restos fueron depositados en el Mausoleo de la entrada de la Catedral de Buenos Aires, inclinados y de pie, porque se había calculado mal el tamaño del féretro.
Ciento setenta y seis años después de su muerte, aún resuena su frase: “En el último rincón de la tierra en que me halle estaré pronto a luchar por la libertad”.
E.M.
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