Netflix acaba de estrenar su versión contemporánea de La Odisea, un documental en tres partes que narra las hazañas y las aventuras, las glorias y las penurias de José Mourinho, culminando con el retorno del héroe a su Ítaca, el Real Madrid, y a su paciente Penélope, Florentino Pérez.

El técnico portugués ha sido la figura más polémica del mundo del fútbol este siglo, para mí, la más repelente y, a la vez, la que más me fascina. Los malos de la película siempre son los más interesantes. Pero, ¡oh sorpresa! El sentimiento final que me dejó la serie fue ternura. “Todo comprender”, como dijo aquel, “es todo perdonar.”

La historia comienza con un niño que adora a su papá, un entrenador de fútbol nada especial al que el joven José intenta ayudar analizando sus rivales. Un golpe de suerte le lleva al Barcelona, donde pasa de ser traductor del técnico inglés Bobby Robson a asistente del holandés Louis Van Gaal.

De ahí a la gloria: conquista la Champions, increíblemente, como entrenador del Oporto. Conquista Londres, al mando del Chelsea, e Italia al mando del Inter Milán. Sufre en el camino la ignominia de ser descartado como candidato a entrenador del Barça a favor del novato Pep Guardiola, pero Florentino le ofrece la oportunidad de la venganza cuando dos años después lo nombra entrenador del Madrid.

Pierde más que gana en sus enfrentamientos con Guardiola, sufre tremendas humillaciones en el campo, pero en su segunda temporada obtiene una liga y una copa, lo que le deja satisfecho. “Misión cumplida”, nos cuenta en el documental. “Rompimos la dominación del Barça. Los matamos.” Aquella única temporada de triunfos en el Madrid Mourinho escenifica su estilo de liderazgo al hacer un intento no de matar al asistente de Guardiola, Tito Vilanova, pero sí de convertirlo en un Cíclope. Le mete un dedo en el ojo.

Su tercera y última temporada al frente del Madrid, previa a su segunda venida hoy, es una catástrofe. La mitad de la plantilla se vuelca contra él y no gana nada. Alfredo Relaño, director del diario deportivo ‘As’, escribe en su despedida del portugués: “La realidad es que Mourinho pinchó en el Madrid…Vino a comerse el mundo y se comió otra cosa.”

Después del Madrid entrena a lo largo de 13 años al Chelsea, al Manchester United, al Tottenham, al Roma, al Fenerbahçe y al Benfica. Resultado: una liga inglesa y un par de pequeños trofeos europeos. “No haces un documental sobre un tipo que no ha ganado nada”, nos dice, pero la verdad es que solo ha ganado la Europa Conference League, tercera división del fútbol continental, desde 2017.

Pero Florentino lo ficha igual. Preso de la nostalgia, le regala el milagro de la resurrección.¡Cuánta fe! ¡Cuánto amor! Y aquí, queridos lectores y lectoras, se esconde la clave de por qué el documental sobre Mourinho me acabó provocando ternura. El 95 por ciento de lo que oímos de su boca nos lleva a concluir que Mourinho es un monstruo. “No soy simpático, ni quiero serlo,” dice. “Para mí, cualquier cosa con tal de no perder.” Ganar es todo; el jogo bonito, cosa de “débiles”; su filosofiá futbolera, “la destrucción”.

Pero hay un cinco por ciento de la serie en la que vislumbramos que, pese a todo, el monstruo es humano. Como todos, resulta, lo que Mourinho más persigue en la vida es el amor. Hay un momento en el que confiesa: “Fundamentalmente necesito sentirme querido”.

El contexto en el que lo dijo fue el siguiente. Después de dejar el Madrid en 2013 pudo elegir entre volver al Chelsea o remplazar al viejo y venerable Alex Ferguson en el Manchester United, un club mucho más grande por tradición. Optó por el Chelsea porque hinchada lo veneraba y aún quedaban jugadores en la plantilla, entrevistados en el documental, que decían que “morirían” por él.

Lo más revelador es lo que nos cuenta Ferguson. Mourinho le llamó para decirle que, perdón, pero rechazaba la oferta del United y se iba al Chelsea. “Mientras hablábamos por teléfono lloraba,” dice Ferguson.

Hay otro momento cuando le saltan lás lágrimas a Mourinho, hacia el final cuando le preguntan por su padre, que murió en 2017. “Me estás empujando a que hable sobre mí mismo,” balbucea al entrevistador. “Pero no quiero”. Curioso, eso, porque como es bien sabido, no hay nada que le guste a Mourinho más que hablar de sí mismo. La verdad es que le gusta hablar cuando interpreta el papel del personaje que se ha inventado, pero no de la persona de carne, hueso y lágrimas que hay detrás. Sin embargo, el entrevistador le arranca una cita más: “Mi padre era lo opuesto a mí, porque todo el mundo lo quería”.

Perdónenme, pero en mi opinión como psicoanalista amateur el padre es determinante en la vida interior de Mourinho. Anhela su amor más que cualquier otra cosa y su inconsciente le ha dicho que la forma de lograrlo es siendo lo que el padre no fue, un tipo especial. Y para ser un tipo especial, se convenció, lo determinante sería olvidar esa virtud que tenía su padre de ser querido por todos y convertirse en un perseguidor de la victoria a toda costa. La importancia de la figura paterna es tal que la encuentra en el veterano Ferguson ante quien, cuando le tiene que decir que no, llora. Ve un papá en Florentino Pérez y, cuando le llama, el pródigo viene corriendo.

Incluso sus hijos son secundarios al afán de triunfar. Hay un momento en el documental cuando Mourinho está caminando al lado del mar en Portugal y confiesa: “mis hijos disfrutan mucho más de la vida sin mí”. Devastador y trágico, como tantas veces ha sido el caso con personajes que lo lograron todo en la vida pública y lo sacrificaron todo en el terreno personal. Odiseo entendió después de tanta heroicidad y tanta victoria que lo más importante al final eran su mujer y su hijo. Mourinho no. El mito de su personaje lo devoró.

“No quiero cambiar,” confiesa a la cámara. “Es demasiado tarde.”