Las recientes elecciones en Perú y Colombia después del cambio político experimentado en otros países latinoamericanos como Chile, Ecuador, Bolivia y Argentina, anuncian, a la espera de lo que suceda en Brasil, un periodo político en la región que algunos ya han bautizado como la victoria del trumpismo en el subcontinente. Son los candidatos de la derecha, en algunos casos los de la derecha extrema, quienes han asumido el poder en la mayoría de las naciones del área.
Varios de ellos , por no decir todos, han merecido un apoyo verbal explícito de Washington. Incluso ha sucedido así en Venezuela, donde los execrables herederos de Maduro se han convertido en obedientes ejecutores de las órdenes de la Casa Blanca, aplazando cualquier intento de reconciliación democrática y de respeto a la victoria de María Corina y Edmundo en las últimas elecciones.
Al margen las catástrofes de Cuba y Nicaragua, verdaderas tumbas de un ensueño revolucionario convertido en criminal pesadilla, la excepciones a este norma son por el momento México, donde el ex presidente Zedillo ya ha dictaminado, con su habitual lucidez, el fin de la democracia a manos de la actual presidenta, y Brasil a la espera de los próximos comicios.
Pero también aquí resalta la polarización política como una de las enfermedades más peligrosas de la democracia iliberal: el tremendismo ideológico, la falta de diálogo y la adicción al poder de quien lo tiene o quien lo desea no como un proyecto de servicio al pueblo, sino como una lujuria de oportunidades para quien lo consigue.
Entre paréntesis: la democracia iliberal es aquella en la que los titulares del poder que han accedido al mismo a través de elecciones libres utilizan las instituciones, las ocupan, atacan a la división de poderes, singularmente al judicial, controlan los parlamentos en vez de ser controlados por ellos y persiguen a la prensa libre. De Washington a Madrid existen sobrados ejemplos de comportamientos semejantes, que pueden acabar siendo letales para la democracia misma.
Cada región del mundo tiene sus propias culturas, virtudes y defectos que la distinguen de las demás. Los de América latina están desde hace tiempo definidos y analizados y entre los problemas a los que ha de hacer frente persisten la gran desigualdad económica y la extensión del narcotráfico y su penetración en los círculos de poder.
Pero su actual polarización política no es muy distinta a la que caracteriza a Europa o Estados Unidos, hasta ahora considerados como la cuna y salvaguarda de la civilización occidental, imperante en el mundo durante los dos últimos siglos.
La Historia es testadura y a cada cambio civilizatorio se produce siempre una distribución diferente de los poderes mundiales, a veces con excesiva autocomplacencia. Estamos todavía al comienzo de lo que Alvin Toffler definió como la tercera ola, que sustituye a las anteriores caracterizadas por el protagonismo de las sociedades agrícolas primero e industriales después.
Este es el momento de la revolución digital, cuya magnitud y rapidez en su extensión Toffler ni siquiera pudo imaginar. Jeremy Rifkin, apuntó los desafíos globales a los que debíamos hacer frente para defender la democracia liberal: fortalecer el mundo económico basado en la actividad empresarial, el del Estado defendiendo la democracia liberal y la división de poderes, y el de la política impulsando la justicia social y el desarrollo de la sociedad civil.
Este es el modelo seguido , después de la segunda Gran Guerra por los países de Europa Occidental, Canadá, Australia y Japón bajo la vigilancia y con el inicial apoyo de los Estados Unidos de América. En Europa se basó en gran medida entre los sectores conservadores y la social democracia que condujo al fortalecimiento de la clases medias.
El abandono de estas por parte de la izquierda y la pérdida de protagonismo en la revolución tecnológica han propiciado la actual catástrofe del socialismo democrático, que ha perdido todo liderazgo en el diseño del futuro. Por otra parte la inmigración masiva y en muchos casos descontrolada, ha generado desigualdades sobrevenidas en las relaciones laborales del mundo desarrollado.
El triunfo de la oleada derechista, en América como en Europa, se debe en gran medida al fracaso de una transformación social anhelada y propiciada por la generación de Mayo del 68. Y han terminado por convertir la política en un juego de intereses particulares de quienes se dedican a ella y el desprestigio y fracaso de las llamadas revoluciones populares.
Mientras se producía este desbarajuste y tras la crisis de la Unión Soviética , surgió en Beijing un nuevo diseño político descrito por Den Xiao Ping: “gato blanco o gato negro lo importante es que cace ratones”. Ese fue el anuncio del olvido de la ideología marxista en beneficio del confucianismo: nació el capitalismo comunista que ha terminado por situar a China en la bicefalia del mundo.
Para no hablar de la América de Trump, con poder nuclear y económico y tecnológico casi inimaginables, cuyo desprecio a la independencia de los poderes resulta patente mientras que sus excesos animan los hasta ahora impensables proyectos de un socialismo a la americana, que ya gobierna en Nueva York y en Michigan.
El ejemplo español es también evidente. Pedro Sánchez, un hábil y tramposo profesional de la política, después de haber perdido las elecciones logró mantener la primera magistratura del Estado a base de aliarse con los enemigos del mismo . Entre ellos figuran los herederos políticos de la banda terrorista ETA, autora de más de ochocientos asesinatos durante la transición democrática, muchos de cuyos autores gozan de la protección del silencio sobre su identidad mientras los ya condenados reciben beneficios penitenciarios.
Las concesiones políticas y económicas a los minoritarios socios que mantienen en el poder al PSOE, se suman al deleznable comportamiento del presidente, que declaró en su día estar dispuesto a gobernar sin el parlamento.
Así lo ha cumplido hasta el punto de que ni siquiera ha sido capaz de presentar al mismo, durante toda la legislatura, ni un solo presupuesto general del Estado, contra la obligación constitucional de hacerlo cada año. Condenado su hermano por tráfico de influencias; imputada su esposa por diversos delitos; encarcelado tras una condena firme el que fuera su hombre fuerte en el gobierno y secretario de organización del partido, cuyo sucesor también ha dormido ya en a cárcel durante meses; imputado el anterior presidente miembro del PSOE Rodríguez Zapatero, amigo y quien sabe si cómplice de Delcy Rodríguez; sospechoso de ser cabecilla de una organización para delinquir; investigados judicialmente la directora general de la Guardia Civil, y su teniente general encargado de las operaciones… Hay ya más de una veintena de personas vinculadas al gobierno o su partido sometida a investigación judicial sobre eventuales crímenes.
Y mientras todo esto sucede, hace solo dos semanas ochenta mil marroquíes entraron ilegalmente en Ceuta, la ciudad española del Norte de Africa, diez mil de las cuales, entre ellas más de mil menores, permanecen sobreviviendo en sus calles. El número de los llamados invasores fue aproximadamente el mismo de los habitantes habituales.
La reacción del presidente, que acababa de comenzar sus vacaciones en la isla de Lanzarote en un lujoso palacete, propiedad del Patrimonio del Estado después de que el rey de Jordania lo regalara al rey Juan Carlos, resulta casi inenarrable. Visitó por unas pocas horas la ciudad y en breves declaraciones ante las víctimas exoneró al gobierno de Marruecos como probable victimario. Después voló en su avión presidencial a disfrutar del sol de las Canarias.
La irritación de los habitantes de Ceuta, españoles todos ellos, sean cristianos o mahometanos, reconocidos como tales por la Unión Europea a la que pertenecen, sube en aumento cada día. Sus libertades se han visto amenazadas cuando no destruidas, sus servicios sanitarios desbordados, la seguridad pública también, y el pasmarote jefe del gobierno central, encerrado él en su retiro, y protegida su seguridad por 120 agentes y militares armados, no ha vuelto cuando esto escribo a decir palabra sobre lo que sucede allí.
Solo se trata de un ejemplo más de hasta qué punto la degradación del socialismo democrático, su disposición a construir democracias iliberales, explica no solo su debacle en Europa. Es también un acicate para el crecimiento de la derecha extrema, allí como en América. El crecimiento de esta, si el sistema no se defiende ante sus excesos, puede acabar siendo el anuncio del fin de la democracia liberal en el nuevo orden del mundo.
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