Irene Vila siempre había soñado con tener una pequeña casa en el campo, un lugar al que volver, desconectar y construir una vida más tranquila lejos de su ciudad, Valencia. Pero no le servía cualquier lugar. Su deseo estaba ligado a una historia familiar que la acompañaba desde niña: el pueblo de su abuela materna, en la provincia de Cuenca, donde ella y sus hermanos pasaban veranos enteros acumulando recuerdos.

Allí vivió parte de su familia y allí permanece, de algún modo, la memoria de su abuela Tere, ya fallecida, pero muy presente en su vida. “Es un pequeño pueblo de muy pocos habitantes que siempre tendrá algo especial para mí”, afirma. Por eso, cuando le surgió la posibilidad de comprar una casa antigua en ese mismo lugar, sintió que era el momento de dar el paso.

La casa le costó 9.000 euros, una cifra prácticamente impensable en un momento en el que el acceso a la vivienda se ha convertido en una de las grandes preocupaciones de muchos jóvenes. “La negociación no fue nada sencilla”, recuerda Irene a La Vanguardia. Los vendedores llevaban años intentando desprenderse del inmueble y habían rechazado propuestas anteriores. “La vivienda necesitaba una reforma importante y eso me ayudó a negociar el precio”, explica.

La casa le costó 9.000 euros, una cifra prácticamente impensable en estos tiempos (La Vanguardia).

En el mismo momento había otra casa a la venta por un precio similar, pero en mejor estado y con menos necesidad de reforma. Esa comparación le sirvió para hacer ver a los vendedores que el precio era razonable. “Me siento bien por haber llegado a este acuerdo con ellos. Creo que por su parte también están contentos conmigo y confiaron en mí”, cuenta la valenciana.

Una vez cerrada la compra, lo primero no fue tirar tabiques ni pedir presupuestos, sino limpiar. La casa llevaba tanto tiempo cerrada y medio abandonada que, antes de empezar cualquier reforma, Irene quiso devolverle algo de dignidad al espacio con sus propias manos. “A muchos les pareció un esfuerzo en vano si después iba a reformar, pero para mí era importante. No podía ni entrar a sentarme de la cantidad de polvo y hojas que había. Creo que limpiarla primero hizo que lo demás fuera más fácil y que pudiéramos, simplemente, estar allí”, resume.

Y empezaron las refacciones

Después llegó la primera gran intervención: el tejado. Era de cañizo y teja, estaba agujereado y dejaba pasar el agua de la lluvia, con el riesgo de generar humedades. “En el pueblo siempre dicen que las casas se hunden por el tejado, así que hay que empezar las casas por ahí”, dice con ironía.

Hay pequeñas tareas que sí asume personalmente, como pulir paredes, arreglar el jardín o pintar algunas habitaciones (La Vanguardia).

Hay pequeñas tareas que sí asume personalmente, como pulir paredes, arreglar el jardín o pintar algunas habitaciones, pero las obras principales están en manos de especialistas. De hecho, uno de los mayores obstáculos fue encontrar profesionales disponibles cerca del pueblo. En las ciudades, dice, todo suele ser más rápido y accesible, pero en zonas rurales la oferta es mucho más limitada. “Veo que en los pequeños pueblos hay pocos albañiles y están tan saturados de trabajo que a veces hasta rechazan hacerlo, o bien tienes que tener tiempos largos de espera”, explica.

A los retos de la obra se ha sumado la exposición en redes sociales. La reforma de su casa se ha vuelto viral y eso ha hecho que muchas personas sigan el proceso y cuestionen sus decisiones. “La reforma me ha hecho entrenar mi paciencia, enfrentarme a críticas, opiniones y personas que lo harían diferente a mí”, admite. También asegura que ha tenido que gestionar “el odio que algunas personas proyectan en redes sociales” y elegir seguir su propio criterio.

Aun así, la joven valenciana mantiene intacta la ilusión. Para ella, reformar esa casa significa dar vida a un espacio que llevaba años vacío y solitario, pero también continuar la historia de su abuela y sus antepasados. “Sueño con que algún día pueda pasar veranos e inviernos con mi futuro marido y mis futuros hijos”, explica.

“La reforma me ha hecho entrenar mi paciencia, enfrentarme a críticas, opiniones y personas que lo harían diferente a mí” (La Vanguardia).

Ahora la vivienda ya tiene tejado nuevo, las escaleras del piso de abajo están construidas y ella misma ha pintado tanto esas como las de arriba. También tiene presupuestada la instalación de la luz, el cambio de la puerta principal y de una ventana del piso superior, que era una de las partes más deterioradas. Su plan es seguir avanzando conforme pueda, sin pedir préstamos ni meterse en una carga económica que no pueda asumir. Calcula que el proceso podría alargarse tres o cuatro años. “Yo no tengo prisa, estoy disfrutando del proceso y cada vez tengo más ganas de ver mi casita como la soñé”, concluye.

La Vanguardia.

GML