“En el imaginario colectivo, la hipersexualidad suele entenderse como una sexualidad excesiva o desbordada”, explica la médica psiquiatra y sexóloga Federica Hansen, integrante de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Sexualidad Humana (SASH) y vicepresidenta del Capítulo de TDAH de la Asociación Argentina de Psiquiatras.

Esa idea popular, dice, está cargada de prejuicios morales y mide un “desvío” respecto de lo que una sociedad considera “normal”, en lugar de evaluar el malestar real de la persona. Además tiene un sesgo de género: en los varones tiende a celebrarse, en las mujeres suele patologizarse.

“El solo aumento en intensidad y frecuencia de fantasías sexuales, de deseo sexual, impulsos y conductas sexuales, no es sinónimo de hipersexualidad”, afirma.

La especialista explica que existe un elemento indispensable para pensar en un trastorno: la incapacidad de controlar pensamientos o conductas sexuales, acompañada por niveles significativos de angustia o deterioro en la vida diaria. “Para que alguien sea hipersexual tiene que tener una carga de angustia por no poder controlar esta conducta”, sostiene. Y agrega: “La persona hipersexual tiene un monto de sufrimiento permanente, más allá de si disfruta o no la actividad sexual”.

Libido alta versus conducta compulsiva

“Para que alguien sea hipersexual tiene que tener una carga de angustia por no poder controlar esta conducta”, sostiene Federica Hansen. Foto: ilustración Adobe Stock.

Según la psiquiatra, es la pregunta clínica central. “En la líbido elevada el deseo la persona lo vive como propio y lo disfruta (a eso se lo llama egosintónico); en la conducta compulsiva se vive como ajeno a la propia voluntad, y suele rechazarse (egodistónico)”.

Mientras que la libido alta permite posponer o adaptar el deseo al contexto, en la compulsión existe una imposibilidad de frenar aunque la persona quiera, explica Federica. Y mientras el deseo elevado responde al placer, la conducta compulsiva funciona como alivio de un malestar previo (ansiedad, vacío, estrés).

“Una pregunta clínica útil para distinguirlas es en qué estado emocional aparece el impulso. Si aparece predominantemente ligado a angustia, estrés o soledad, y la conducta funciona como alivio momentáneo seguido de culpa, estamos más cerca del modelo compulsivo que de una variante sana de alta líbido”, plantea Hansen.

Diagnóstico clínico, no juicio moral

Los enfoques con más respaldo científico (no excluyentes entre sí) para comprender el origen de estas conductas -explica la psiquiatra- son el modelo obsesivo-compulsivo (la conducta sexual como compulsión que calma pensamientos intrusivos), el de regulación emocional (la actividad sexual como alivio de ansiedad o estrés, seguido de vacío), el de impulsividad (dificultad para inhibir impulsos sexuales y evaluar riesgos) y el de adicción, que comparte características con otras conductas adictivas: pérdida de control, deseo intenso, búsqueda compulsiva de recompensa y persistencia a pesar de los intentos por detener la conducta.

El criterio actual busca evitar que preferencias, deseos o prácticas sexuales sean patologizados por razones ideológicas o morales. Foto: ilustración Adobe Stock.

En la clasificación internacional actual (CIE-11), la hipersexualidad se incluye bajo el nombre de Trastorno de la Conducta Sexual Compulsiva. Para Hansen, su aporte es que “el malestar psicológico por sí solo, basado únicamente en juicios morales, desaprobación social o culpa, no es suficiente para realizar el diagnóstico”. Es decir, la psiquiatría moderna busca proteger al paciente de la “moralización” de su deseo.

Es decir, este criterio busca evitar que preferencias, deseos o prácticas sexuales sean patologizados por razones ideológicas o morales. “No diagnosticamos TCSC porque alguien se sienta culpable por su conducta sexual o sienta que no encaja con sus creencias religiosas o escala de valores. Lo diagnosticamos cuando hay sufrimiento y alteración del control conductual”, afirma.

Y concluye con una definición que resume el eje de la discusión: “La diferencia no es semántica, es psicopatológica”.

Señales de alarma

Según Hansen, lo que hay que observar no es la cantidad de encuentros sexuales ni la intensidad del deseo, sino el sufrimiento y la pérdida de control. Entre las señales que menciona:

  • Intentos fallidos y repetidos de controlar la conducta.

  • Pensamientos sexuales intrusivos que interfieren con el trabajo o los vínculos.

  • Uso de la sexualidad para calmar ansiedad, estrés o soledad, más que por deseo genuino.

  • Malestar, vacío o culpa después del encuentro, en lugar del disfrute esperable.

  • Ocultamiento y deterioro de la vida cotidiana (laboral, social, de pareja) pese a las consecuencias.

Hansen incluye en el mismo espectro al consumo compulsivo de pornografía: comparte el circuito de recompensa de otras conductas adictivas y puede generar desensibilización, con dificultad para excitarse con estímulos reales. Tampoco ahí el criterio es la frecuencia, sino la pérdida de control y el malestar asociado.

Hansen incluye en el mismo espectro al consumo compulsivo de pornografía. Foto: ilustración Adobe Stock.

Qué hacer

Hansen recomienda consultar a un psiquiatra o psicólogo con formación en sexología o conductas adictivas, que evalúe desde el criterio clínico y no desde la moral, y que descarte si la hipersexualidad es síntoma de otro cuadro (trastorno bipolar, TDAH, consumo de sustancias, lesión frontal, tratamiento dopaminérgico en Parkinson, entre otros), ya que el abordaje cambia según la causa de base.

Señala que la Terapia Cognitivo-Conductual es el enfoque con más evidencia; en algunos casos se suman grupos de apoyo, farmacoterapia según criterio médico y terapia de pareja cuando hay un vínculo involucrado.