Una novela de autoficción, un documental, una obra de teatro. Putamadre es todo eso y más: es la historia de Carolina Fernández (51) y su hijo Santiago (24), una seguidilla de hechos sin grises, sin sutilezas, donde la verdad es crudeza en estado puro y, la maternidad, un desafío en el que la crueldad, el amor y lo supuestamente imposible conviven permanentemente.

“No existe cosa más dolorosa y enloquecedora que asistir al sufrimiento de tu hijo”, aseguró la periodista y actriz Carolina Fernández a Clarín. Lo sabe porque con Santiago atravesó un sinfín de experiencias que lo confirman: los consumos problemáticos, las internaciones, las crisis de abstinencia, la prisión domiciliaria y, finalmente, la cárcel.

En el camino –y también a cargo de su hija menor, Sofía (11)- la mujer lo intentó todo (y Santiago también). Pero la situación ameritaba mucho más que la buena voluntad y las mil peripecias que las familias repiten una y otra vez en casos como éste.

Durante muchos años buscaron alternativas para evitar lo que la autora describe como un destino ineludible: “Si un hijo cae en consumos problemáticos, termina preso o muerto. Eso está digitado por el sistema: los necesitan presos o muertos, no pueden ocupar otro espacio. No es que no saben qué hacer, es una decisión”.

“Tomé merca, pero ese no es el problema: debo mucha plata y me van a matar”

Santiago está preso. Fue condenado a cuatro años y ocho meses por comercialización de estupefacientes. Pero este es sólo el final de la historia, casi como si Fernández hubiese spoileado su propia película, a pesar de la cantidad de giros que dio para que el desenlace fuera otro.

“Si un hijo cae en consumos problemáticos, termina preso o muerto”, dijo Carolina Fernández. Foto gentileza.

Antes de la cárcel hubo mucho más: otra vida, infinitos intentos y respuestas que nunca llegaron. Denuncias, terapias, internaciones; a veces esperanza y, otras tantas, la duda más cruel: ¿se puede hacer algo más?

Cuando Santiago tenía 8 años su madre advirtió las primeras señales de alarma, algunas reacciones extremas que no tenían explicación lógica. “Se desbordaba frente a un ‘no’: se reventaba la cabeza contra algo, salía corriendo, se escapaba”. Ni pediatras, ni psicólogos que lo atendieron en su infancia le otorgaron un diagnóstico.

El gran estallido se dio cuando el joven cumplió 14 años y un “amigo” le regaló una dosis de cocaína. Poco después, quedó atrapado en el consumo de drogas. “Al principio yo no me doy cuenta. Hasta que un día, llega Santiago, lo miro y lo veo duro”, reconstruyó la autora.

Carolina Fernández y Santiago grabaron en la cárcel las entrevistas que aparecerán en el biodrama "Putamadre". Foto gentileza.

Y aunque la situación que se estaba destapando ya era lo suficientemente grave, había algo peor. Ante la consulta de su madre, el chico admitió estar drogado y añadió otro dato: “Sí, mamá, tomé merca; pero ese no es el problema: debo mucha plata y me van a matar, la tengo que pagar ya”.

Todo sucedía en Carmen de Patagones, la localidad bonaerense donde Fernández se crio y a la cual volvió cuando su hijo era chiquito, pensando que la tranquilidad del lugar iba a ser positiva para todos. Los planes no salieron como pensaba. Tras la revelación de Santiago, se escribió otro capítulo: “Ahí empieza mi conexión con los dealers del pueblo, porque yo le digo, ‘listo, deciles que les pagamos, pero vos te vas’”.

El adolescente ya había abandonado la escuela secundaria y su madre lo único que deseaba era salvarlo. Con esa ilusión se decidió la mudanza del chico a otra ciudad, a empezar de nuevo y dedicarse al skate, algo que en ese momento era su pasión. Esa estrategia duró poco: un día, practicando, se accidentó. Y así volvió a Patagones. Tiempo después, “ya era todo un quilombo, mucha falopa y él en un estado muy malo”, dijo Carolina.

Carolina Fernández y Santiago, antes del estallido: a los 14 años un "amigo" del chico le regaló una dosis de cocaína por su cumpleaños. Foto gentileza.

“Yo sentía que no había institución o lugar donde Santi estuviera a salvo”

La situación era dramática, pero rendirse no era una opción. “Tengo un costado inocente y fantasioso: siento que con el amor, la alegría y la buena energía vas a poder. Empecé a trabajar con mi psicoanalista la posibilidad de diferentes terapias, buscaba de todo. Y no daba pie con bola, era un quilombo llevarlo a terapia, escándalo cada vez que iba, no quería ir”, reconstruyó Fernández.

Así fue como probó una vez más: con la promesa de aceptar el tratamiento, Carolina organizó una nueva mudanza. Santiago y un amigo en circunstancias similares se fueron a vivir a Mar del Plata: el primero, siguiendo la idea de avanzar con el skate; el segundo, con el surf.

“Armo el cuentito perfecto y alquilo un departamento en Mar de Plata que era un pañuelito (había que meter la cama para que salga la mesa). Santi no va convencido, va a ver qué podía hacer en la cresta de la locura. Los instalé y todos los fines de semana viajaba a llevarles cosas de supermercado y a verlo”. Ese proyecto tampoco funcionó: un tiempo después, el amigo le avisó a Fernández que Santiago se negaba a ir a terapia.

Carolina Fernández, Sofía y Santiago. Foto gentileza.

La madre viajó hasta allí una vez más: su hijo ya había vendido las tablas de skate, estaba fumando crack y no quería ni abrirle la puerta. De regreso, la mujer logra una audiencia con una jueza y, como el joven aún era menor de edad, se realiza un internación compulsiva. En el hospital, estuvo cuatro días en coma inducido por la abstinencia. El paso siguiente fue una clínica de rehabilitación.

Pese a que en general en la primera etapa de este tipo de internaciones no se permite el contacto con familiares, en este caso hicieron una excepción. Dijo la autora: “A los 15 días me llama el director de la clínica y me dice, ‘señora, yo nunca vi una cosa igual. Este chico si no la ve a usted se muere. Venga antes, él no no tiene conexión con la vida si no está usted’”.

Yo sentía que no había institución o lugar donde Santi estuviera a salvo”, resumió. Hacía mucho tiempo que vivía con esa sensación: “Te acostumbrás a dormir con un ojo abierto y otro cerrado, en alerta constante”. Como si todo esto fuera poco, la mujer y su hija vivían con custodia permanente, tras denunciar a los dealers que los amenazaban y a los que ya les habían pagado la deuda.

Pasó la clínica de rehabilitación, Santiago volvió a irse, siguió consumiendo y la repetición de secuencias entre el peligro y el arrepentimiento se sucedían ante una madre que ya no sabía qué hacer, pero seguía haciendo. Entonces sucedió: hubo un día clave donde ya no sería Carolina quien buscara soluciones posibles.

La cárcel: “Ese día, sin tapujos, el sistema arrasó con nuestra familia”

Un día Fernández llegó a su casa y se encontró con un allanamiento. De allí se llevaron detenido a Santiago por comercialización de estupefacientes (pese a que en el operativo no hallaron droga, aclaró la autora).

Ese día, sin tapujos, el sistema arrasó con nuestra familia, arrasó con nuestra vida. En el momento en que a Santi le leyeron las cosas y le pusieron las esposas supe que yo iba a ser otra persona y que él iba a hacer a otra persona. Estaban matando al hijo que tuve hasta ese momento y me estaban matando a mí como mamá de ese hijo”, resumió Carolina.

“Estaban matando al hijo que tuve hasta ese momento y me estaban matando a mí como mamá de ese hijo”, dijo Carolina Fernández sobre el día de la detención.

Y amplió: “Fue el momento de mayor locura, porque uno no sabe cómo es el mundo carcelario, está muy alejado de todo eso. Lo tienen en Prefectura 6 meses en un lugar donde no hablaba con nadie, lo medicaban como a un caballo, tomaba hasta 50 pastillas por día. Ahí vos ves que tu hijo pasa a ser un pedazo de carne sin importancia para el sistema”.

A pesar de la enorme cantidad de pruebas que demostraban los consumos problemáticos de Santiago, sus internaciones y tratamientos previos, lo condenaron a 4 años y 8 meses de cárcel. “Por su condición no se bancaba un juicio y tuvimos que ir a un abreviado. El abogado me dijo: ‘Si nosotros vamos a juicio, con tu palabra, la del perito forense, la de tu mamá y la de Santiago, podemos llegar a la absolución. Pero no sabemos qué va a decir él’. Entonces, tuvimos que aceptar una condena sabiendo que era injusta”.

“¿Cómo no voy a estar orgullosa del hijo que tengo?”

Lo que atravesaron Carolina, Santiago, Sofía –la hermana menor- y el papá del joven es inenarrable. No hay palabras que describan con exactitud la impotencia que genera intentarlo todo y llegar a la cárcel como única respuesta institucional.

En el medio, cantidad de unidades penitenciarias, con experiencias paupérrimas y otras dignas de elogios, aclaró Fernández. Tan duro y grave era todo que, por momentos, Carolina no asistió a algunos de esos penales: fue el padre de Santiago (la pareja se divorció cuando su hijo era chiquito) quien iba a las visitas en esa etapa.

Hoy Santi es un hombre con proyectos, con ganas de estar en libertad; es el mejor hijo que puedo tener; es mi compañero; es la única referencia masculina que tiene Sofi y a quien está esperando; es un hombre al que admiro por haber sido tan sobreviviente”, destacó la mujer, emocionada, cuando aún faltan aproximadamente dos años para que Santiago cumpla la pena.

Carolina Fernández: “Hoy Santi es un hombre con proyectos, con ganas de estar en libertad; es el mejor hijo que puedo tener”. Foto gentileza.

Y ella, ¿quién es hoy? “Yo soy una mamá que aprendió a ser mamá de un hijo en consumo, después de un hijo preso y hoy de un hijo sano. Soy mamá de un hijo sano, un hijo con herramientas, un hijo que cuando salga va a poder decidir qué vida hacer. Soy una mamá que sobreviví a mi propia locura, porque este camino es enloquecedor”, respondió.

La relación actual entre ambos es de mucho amor. “Mi hijo preso está mucho más presente que un pibe de su edad libre. Hablamos todos los días, voy mucho al penal. Empezamos a renacer y a reconstruir. Mi hijo le puso el cuerpo a la tortura, a la abstinencia, al hambre, al frío, al encierro y se dedicó a sobrevivir y, en paralelo, a decirme ‘te amo’ todas las veces que tuvo celular”, enfatizó.

El presente del joven lo muestra distinto, mejor, esperanzado. Santiago empezó a presentar una serie de proyectos que le fueron aprobados en el Servicio Penitenciario: “Está armando una como una empresa de herrería y carpintería, hacen cosas a pedido, muebles. ¿Cómo no voy a estar orgullosa del hijo que tengo?”, se preguntó Fernández.

Carolina Fernández: “Mi hijo le puso el cuerpo a la tortura, a la abstinencia, al hambre, al frío, al encierro y se dedicó a sobrevivir”. Foto gentileza.

Y, en ese marco, se estrena en octubre en el teatro Dumont, Putamadre, un biodrama basado en el libro de Carolina Fernández, donde ella se interpreta a sí misma y su hijo aparece a través de una pantalla gracias a una serie de entrevistas que realizaron en la cárcel. Allí Santiago trabajó fuertemente, con el fin de que su historia pueda servir a otros. “La obra y el documental me sanan. Putamadre es un propósito de vida”, concluyó.