Paul Groussac, conocido por detallista, asegura que mientras el marino franco-español Santiago de Liniers comandaba su columna de milicianos el 12 de agosto de 1806, cruzó su marcha con Ana Périchon –como él, nacida en territorio francés– que, desde un balcón, arrojó a su paso un pañuelo bordado en señal de admiración a quien se intuía ya como vencedor de la lucha.
Según al autor –también francés– quien fungía de hecho y por derecho como jefe de la resistencia, recogió el presente con la punta de su espada y, con el pañuelo en alto, contestó el saludo con gesto gentil. Con 53 años –casi veinte más que ella– y viudo dos veces, pronto entablarán una relación sentimental.
Aquella casa de altos, en señal inequívoca, lucía una bandera tricolor napoleónica, por lo que el mayor King, del 5° regimiento inglés trató de tomarla, aunque sin éxito. Días antes, esa emblemática vivienda de Corrientes y Reconquista –que hoy se continúa en Defensa–, había alojado a un coronel británico ya mortalmente herido.
Tras la recuperación de la ciudad, Liniers vivirá con Mme. O’Gorman –apellido del padre de sus cinco hijos–, en esa misma residencia convertida en uno de los principales salones de tertulia. No muy lejos de los fríos pasillos del Fuerte era donde, con la mediación de Marie Anne, se conseguían favores oficiales como ascensos, puestos y concesiones de toda clase.
Francia era aliada de España contra Inglaterra, pero el estilo rumboso y a la vez desenfadado, tan sutil como descomedido, y la agitada vida social, erótica y política de la dama despertaba recelos: en los corrillos pasó a ser “la Perichona”.
Señalemos, además, que el romance de los franceses no ocultó que Mme. Périchon fue considerada, según pasen los años, inicial espía de los británicos y de los portugueses y asociada a intereses franceses, como, a la vez, protectora de contrabandistas y gestora de negocios turbios: una hábil intrigante que tuvo su efímera hora de gloria y que, tras el triunfo de la Revolución pasará aislada en una quinta más de 35 años, hasta su muerte.
Por si lo anterior no fuera suficiente, era vox populi que su ex esposo Thomas O’Gorman, era amigo y socio del espía británico James Burke –también sindicado como amante de Ana– y que, en 1805, había hecho un sonado desfalco con la carga de dos buques. Fue famoso también su papel como colaborador de los invasores: se hizo amigo del coronel William Carr Beresford quien lo nombró administrador del tabaco, donde se recaudaban fuertes sumas.
Este aventurero tomó con tanto entusiasmo su nuevo empleo, que al producirse la capitulación británica debió embarcarse rápidamente y, sin rendir cuentas, buscó refugio en Brasil. Como se aprecia el “trigo limpio” no era justamente lo que rodeaba la nueva vida de estilo muy cortesano que gustaba llevar el Jefe de la Reconquista, Santiago de Liniers y Bremond, quien en mayo de 1809 será galardonado como “conde de Buenos Aires”, para ser así uno de los dos únicos habitantes del virreinato con título nobiliario.
Es de destacar, sin embargo, que esta enrevesada vida personal no le restó en lo inmediato mérito ni prestigio popular. Liniers emergió de la pelea como un verdadero caudillo, respetado y amado por su valentía por los “americanos”, incluyendo franjas de las “castas de indios y negros”.
Por otro lado, era un hombre culto, afable y de excelente disposición social. Su liderazgo y su lealtad se constatarán en los meses siguientes: dos días después de la Reconquista, un Cabildo Abierto lo designó Comandante de Armas quitándole el poder militar a Sobremonte, desacreditado y tildado de cobarde hasta en difundidos panfletos populares. Luego, y mientras se armaban las milicias ante un eventual regreso de los “britanos”, la dinámica de los sucesos desembocó en un hecho revolucionario: el completo desplazamiento del virrey.
En un acto contra-natura, el 19 de febrero de 1807 los jefes militares y vecinos notables reunidos en Cabildo Abierto designaron a Liniers como máxima autoridad por aclamación popular, un verdadero ensayo general de la Revolución de 1810. Después de la gloriosa Defensa, el 3 de diciembre este virrey curiosamente “electo” fue confirmado con carácter de interino por las autoridades metropolitanas.
Liniers parecía así alcanzar la cumbre de su carrera política, pero en verdad, era un hombre de transición que, a la vez, iniciaba el tránsito hacia su trágico fin. Su indudable popularidad era flanqueada por el poder de las milicias criollas y su origen galo multiplicaba las prevenciones, aspecto que se potenció con la invasión napoleónica a España de 1808. Cuando asuma la Primera Junta el ex virrey, residente en Alta Gracia, será el principal líder de la contrarrevolución pero, capturado, fue fusilado el 26 de agosto de 1810.
De la gloria al escarnio en solo tres años. Tal vez Liniers haya pensado que su vida disipada era natural a la función de gobernar y que los acuerdos espurios e impunes con círculos afines y corruptos pueden considerarse propios del ejercicio del poder. Por fin, no supo congeniar ese doble perfil –que las inclinaciones íntimas y las frivolidades licenciosas permanezcan al margen de la gestión pública– y dejó huellas.
Más temprano que tarde, el rigor de la política contra las desmesuras coloniales se impuso por vía de los “hombres de bien”, recatados y ajenos al exhibicionismo como Moreno, Castelli y French y cobró su revancha. Es sabido: las revoluciones, por su propia e implacable lógica, son devoradoras de hombres.
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