Voy a arrancar la columna de hoy con otra de mis confesiones pianta audiencia: no escucho música. Bueno, quizás estoy exagerando, a veces se me pega una canción y la pongo en youtube hasta gastarla.
También tengo una playlist que me ayuda a ordenar la casa y una radio que me acompaña cuando manejo. Pero hasta ahí llega mi melomanía.
No soy fan de ninguna banda, no me desvivo por ningún artista y no tengo esa necesidad imperiosa que ataca a muchos de mis amigos de acompañar cada minuto de su existencia con una cortina musical, como si la vida fuera una película que necesite banda sonora permanente.
A mí me gusta el silencio. Atender a mis pensamientos sin perturbaciones. Escuchar el ruido real de las cosas: el tintineo metálico de la cucharita contra los bordes de la taza cuando revuelvo el café, el rechinar del resorte del sillón viejo cuando me dejo caer encima sin mucho cálculo, el zumbido intermitente y a la vez monótono del motor de la heladera, el hipnótico y estimulante cantar de las teclas bajo mis dedos cuando escribo.
Esos son los acordes que mejor me acompañan hoy, pero esto no fue siempre así. Mi predilección por el silencio tiene un origen traumático.
En mi adolescencia, allá por los '90, elegir qué bandas te gustaban era una decisión de vida. La música era algo que te representaba y definía tu mundo. Asociada a cada estilo venía un comportamiento, una actitud, un vestuario específico, un panorama de eventos, y todo un círculo de pertenencia.
Era la época en que las tribus urbanas combatían entre sí como hinchadas de fútbol y yo sufría mucho no encontrar la mía. Tenía una crisis de identidad cada media cuadra: pasé por una etapa hippie, con Sui Géneris, símbolos de la paz y polleras de bambula. Después quise ser punk, me corté el pelo y me puse cinturones de tachas. Intenté con el rock, el tango, la cumbia y hasta incursioné en la movida electrónica, sin encontrar un estilo que me representara del todo. El asunto realmente me torturaba.
Por eso, cuando superé la tórrida etapa teenager decidí despedirme de la música como eje identitario y pasar a responder, cuando me preguntan qué escucho: “cualquier cosa, poné lo que quieras vos”.
Pero lo cierto es que no superé el trauma. Cada vez que veo la emoción de los fans en los estadios estallados o la pasión de los verdaderos cultures cuando una banda saca un tema nuevo, me vuelve la angustia de estar perdiéndome de algo enorme. Algo que moviliza a las masas y hace feliz a la gente.
Cuando murió el Indio me cayó una ficha grande. Me sentí bastante estúpida por estar glorificando el silencio, escuchando los ruidos de los muebles y los ladridos del perro del vecino, mientras perdíamos a uno de los próceres de nuestro rock.
Desde ese día, sigo disfrutando de los momentos callados, sigo admitiendo que no entiendo demasiado de ritmos, pero cuando me preguntan que quiero escuchar, siempre pido Los Redondos.
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