Entrar en una gran cadena, elegir una prenda, probársela de prisa y pagar es un gesto habitual. Cada vez se hace más rápido y, en muchos casos, sin pensarlo demasiado. Incluso ha cambiado el entorno en el que se hace: ya no hace falta ni entrar en la tienda física, basta con hacerlo desde el móvil, en plataformas que todos conocemos. La ropa nos llega en unos días y cuesta muy poco dinero, a pesar de que su calidad no es, ni mucho menos, la mejor.

Joan Baseiria, sastre en Barcelona desde hace casi medio siglo, lleva años observando ese cambio de tendencia a la hora de comprar ropa, algo que contrasta con lo que él ha visto desde que apenas era un adolescente en su taller. Ya no solo por la forma de tratar al cliente, cada vez más degradada, sino especialmente por la calidad que ofrecen ese tipo de prendas.

“Ahora entras en una tienda grande y parece que molestes, no sabes ni quién te atiende”, dice en La Vanguardia. Un detalle que, para él, no es menor, pues durante décadas su trabajo ha empezado precisamente en el trato, en observar quién tiene delante y en entender qué le puede ir bien, algo que no tiene nada que ver con elegir una talla estándar.

Baseiria, cuarta generación de sastres, pone el foco en el ajuste, los tejidos y los errores más habituales al elegir ropa en grandes cadenas (La Vanguardia).

A partir de ahí, el criterio cambia por completo. Cuando se trata de acertar al comprar una prenda, Baseiria asegura que la clave está en algo muy básico: fijarse en cómo le sienta a quien la lleva. Porque la ropa que se vende en serie está pensada para un tipo de cuerpo muy concreto, y a partir de ahí el resto se adapta como puede. “Quienes compran confección, van vestidos todos iguales”, explica, aludiendo a que en las grandes cadenas la ropa se fabrica siguiendo los mismos patrones.

Ese desajuste es habitual. Por eso defiende que la ropa debería adaptarse a la persona, y no al revés, algo que en la práctica casi nunca ocurre cuando se compra sin probar con calma o sin prestar atención a cómo queda la prenda en el cuerpo.

Lo barato acaba saliendo caro

Otro de los puntos en los que insiste que deberíamos fijarnos a la hora de comprar ropa es en el tejido, un aspecto importantísimo que pasa desapercibido para muchos. “Ahora, la mayoría de prendas actuales ya no son ni de algodón ni de lana”, explica. Según Baseiria, el problema con muchos de los tejidos actuales, sobre todo sintéticos o con mezclas, es que no están pensados para durar y que con el tiempo pierden forma, resultan menos cómodos o incluso pueden provocar molestias. Es algo que, asegura, se nota con el uso, aunque en tienda no siempre sea evidente.

En su taller los clientes vuelven con ropa antigua para cambiar botones o hacer pequeños arreglos y seguir utilizándolas (La Vanguardia).

A partir de ahí, según el sastre, lo siguiente que debemos tener en cuenta es el precio, pero no tanto por lo que cuesta en ese momento, sino por lo que pasa después. “Te venden ropa que parece barata, pero acaba saliendo más cara”, dice, porque muchas de esas prendas duran poco y obligan a volver a comprar antes de lo esperado. Frente a eso, sigue defendiendo esas piezas que, aunque con precios más elevados, se mantienen, se pueden arreglar, ajustar y seguir llevando durante prácticamente toda la vida.

En su taller lo ve a menudo. Clientes que vuelven con americanas antiguas para cambiar botones o hacer pequeños arreglos y seguir utilizándolas. Esa posibilidad de mantener la prenda, de no tener que sustituirla cada poco tiempo, es lo que, según él, marca la diferencia.

Aun así, Baseiria también matiza ese discurso y reconoce una realidad evidente. Entiende que no todo el mundo puede permitirse invertir en ropa de más calidad, especialmente los más jóvenes. “Hoy bastante tienen con que ni siquiera pueden acceder a un piso”, comenta, señalando que, en ese contexto, es lógico que muchos acaben optando por prendas más baratas, aunque no sean las mejores.

Con todo, no plantea dejar de comprar en grandes cadenas, sino hacerlo con más criterio. Probarse la ropa con calma, fijarse en cómo queda, tocar el tejido y no decidir solo por el precio. Son gestos que, según defiende, influyen mucho más de lo que parece en el resultado final.

La Vanguardia.

GML