No es extraño que entren con perros al café en el que suelo instalarme para trabajar. Pero sí me llamó la atención cuando vi ingresar a una señora preguntándole a su caniche en qué mesa prefería ubicarse. Es que ciertas actitudes vienen desplazando -a la conversación entre humanos- del paradigma habitual.
Especialmente en WhatsApp, con sus mensajes asincrónicos, con tiempos impredecibles para ser escuchados y respondidos. Todo concebido para agilizar la comunicación, pero desde una asimetría total, evitando que emisor y receptor coincidan en esa nueva “incomodidad” del encuentro.
Ya en 2013, la película Her contaba el intento del protagonista de superar su aislamiento enamorándose de Samantha, su sistema operativo, sin las fricciones que supone relacionarse con otro humano. Como hoy pasa con Chat GPT.
Muchas apps, diseñadas para facilitarle la vida a la especie, son también las responsables de la conversación elusiva, la que se esconde tras los mensajes que viajan por WhatsApp. Ya sea para rumiar en paz respuestas incómodas o para alimentar la novedosa resistencia a revivir la tertulia telefónica. O para pedir permiso para entablarla.
Paradójicamente, estas aplicaciones aumentaron la comunicación, pero no siempre la conversación. Y menos aún, la que se daba cara a cara y que hoy ya casi ni soporta la competencia del móvil con sus múltiples opciones de mensajes encriptados.
El apogeo de la conversación desfasada o asincrónica, o de la superficialización de una charla ante la amenaza de interrupción encarnada por un teléfono a la vista, no hace más que conspirar contra la fluidez y la frescura del encuentro. Byung-Chul Han sostiene que la sociedad digital viene privilegiando la velocidad, la reacción inmediata y la producción permanente de estímulos.
La conversación auténtica, en cambio, demanda tiempo, incertidumbre y atención. De ahí la preocupación por que los seres humanos estén perdiendo memoria, concentración o capacidad de cálculo, a causa de la mente extendida, como la llama Andy Clark, restándole gravedad al fenómeno. Los libros, Internet o los dispositivos son -para él- formas de descargar parte del trabajo mental fuera del cerebro.
Sin embargo, una biblioteca o un smartphone no saben nada por sí mismos. El único sistema que comprende es el cerebro humano. Decir que el conocimiento de alguien está operando fuera de su mente, como si un almacenamiento de datos razonara con autonomía, parece una exageración.
“Las relaciones humanas se ordenan desde la emoción y no desde la razón, aunque la razón dé forma al hacer que el emocionar decide”. Lo sostenía Humberto Maturana, para explicar por qué el amor es el dominio de las acciones que, entrelazadas con el goce del lenguaje, constituyen al otro como un legítimo otro en la convivencia y en la conversación con uno. Y la agresión es el dominio de las acciones que niegan al otro en la convivencia con uno. Por eso, con las palabras, nos podemos herir. O acariciar.
Porque “no hay posibilidad de que uno entienda el razonar de otro en una conversación, si no se encuentran ambos en el mismo emocionar”. Lejos de la conversación asincrónica y coincidiendo en algún dominio emocional compartido. Un territorio en el que nadie se permita olvidar que todos los días sale el sol. Que conversar es un regalo. Y que mañana volveremos a encontrarnos.
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