Hay aprendizajes que llegan después de años de insistir en las mismas preguntas. No aparecen de golpe ni necesariamente después de una experiencia extraordinaria. A veces se construyen a partir de pequeños cambios, de errores que se repiten y de la necesidad de dejar atrás versiones de uno mismo que ya no encajan.

A los 37 años, la protagonista de esta historia reconoce que pasó buena parte de su vida intentando encontrar respuestas rápidas para problemas que, en realidad, necesitaban tiempo.

"Ya he aprendido por las malas que la autoestima requiere tiempo, que la sanación puede no ser lineal y que dejar ir es doloroso mientras aprendes a seguir adelante", resume al mirar hacia atrás.

La autoestima no aparece de un día para otro

Durante mucho tiempo, buscó sentirse valiosa a partir de cuestiones externas: los logros, la aprobación de otras personas o la expectativa de alcanzar determinados objetivos. El problema es que esa sensación siempre dependía de algo más.

Cuando llegaba un reconocimiento, duraba un tiempo. Cuando alguien aprobaba sus decisiones, se sentía mejor. Pero ante un fracaso o una crítica, todo podía tambalearse otra vez.

Con el tiempo entendió que la autoestima no consiste en convencerse de que todo está bien, sino en construir una relación más estable con uno mismo. Ese proceso puede ser lento y poco espectacular.

Durante mucho tiempo, buscó sentirse valiosa a partir de cuestiones externas. Foto ilustrativa: Pexels

Aprender algo nuevo y equivocarse. Mantener una rutina aunque los resultados no aparezcan inmediatamente. Cumplir pequeñas promesas personales. Tolerar la incomodidad sin buscar constantemente una confirmación externa.

Son acciones pequeñas, pero repetidas durante mucho tiempo pueden cambiar la manera en que una persona se percibe.

Sanar no significa avanzar siempre en línea recta

Otra de las ideas que tuvo que abandonar fue la de que sanar significa dejar atrás definitivamente aquello que alguna vez dolió. La realidad es diferente.

Puede haber semanas en las que una persona se sienta tranquila y, de repente, una canción, un recuerdo o una situación cotidiana vuelva a despertar emociones que creía superadas.

Otra de las ideas que tuvo que abandonar fue la de que sanar significa dejar atrás definitivamente aquello que alguna vez dolió.

Eso no significa necesariamente que haya retrocedido. "La sanación no es una línea recta", sostiene la protagonista. Hay momentos de avance y otros en los que reaparecen sentimientos conocidos. El error consiste en interpretar cada recaída emocional como una prueba de que todo el trabajo anterior no sirvió.

Aceptar que el proceso funciona por etapas permite vivir esos momentos de otra manera. No se trata de volver al punto de partida, sino de atravesar algo que todavía necesita ser procesado.

Dejar ir también implica hacer un duelo

Soltar tampoco tiene la apariencia serena que muchas veces se le atribuye. Dejar atrás una relación, una identidad o una expectativa puede doler incluso cuando se sabe que es lo correcto.

Porque no solo desaparece aquello que ya no funciona. También hay que despedirse de lo que se había imaginado que podía llegar a ser.

Puede tratarse de una relación que no terminó como se esperaba, de una etapa de la vida o incluso de una versión de uno mismo que durante años parecía necesaria.

Dejar atrás una relación, una identidad o una expectativa puede doler incluso cuando se sabe que es lo correcto.

"Dejar ir es doloroso porque también significa perder una posibilidad", explica al reflexionar sobre esa parte del proceso. Por eso, obligarse a olvidar rápidamente puede resultar contraproducente.

A veces avanzar implica reconocer que algo ocurrió, aceptar que dolió y dejar de regresar constantemente a la misma historia.

La importancia de tratarse con más paciencia

El punto en común entre construir autoestima, sanar y dejar ir terminó siendo la autocompasión. No significa justificarse todo ni renunciar a cambiar aquello que necesita ser cambiado. Significa dejar de convertir cada dificultad en una prueba contra uno mismo.

Una persona puede reconocer sus errores sin definirse exclusivamente por ellos. También puede estar atravesando un momento complicado sin pensar que eso invalida todo lo que consiguió hasta entonces.

A los 37 años, la mujer todavía está aprendiendo. No presenta estas conclusiones como una fórmula definitiva ni como una historia con un final cerrado. De hecho, parte de su aprendizaje consiste justamente en aceptar que todavía hay cosas que no sabe resolver.

Seguir adelante no significa olvidar

Quizás la idea más importante sea que avanzar no exige borrar el pasado. Las experiencias difíciles pueden seguir formando parte de una persona sin controlar permanentemente su presente.

La autoestima se construye con tiempo. La sanación puede tener días buenos y malos. Y dejar ir puede doler incluso cuando se trata de una decisión necesaria. Pero ninguna de esas dificultades significa que una persona esté fallando.

El punto en común entre construir autoestima, sanar y dejar ir terminó siendo la autocompasión. Foto: Pexels (Anastasiya Lobanovskaya)

A los 37 años, ella empieza a entender que quizás seguir adelante no consista en llegar finalmente a un punto en el que nada vuelva a doler. Consiste en aprender a vivir sin quedarse atrapada en aquello que ya pasó.

Y, sobre todo, en entender que sanar también puede significar dejar de exigirse estar completamente sanada.