Hay un cuadro de formato ovalado que está en el comienzo de un posible recorrido por la muestra Vida interior de Santiago García Sáenz: Autorretrato recibiendo la Primera comunión. Allí el niño rubio de ojos claros está a punto de aceptar la hostia que, para los católicos, es el momento culminante de la Eucaristía y sucede cuando el sacerdote pronuncia “Esto es mi Cuerpo”, las palabras de Jesús en la Última Cena. A partir de ese instante, ocurre la transubstanciación: la hostia conserva la apariencia externa de pan, su sustancia se transforma completa y espiritualmente en Cristo.
Esto se representa literalmente en el cuadro: Jesucristo está pintado sobre el círculo blanquecino que está a punto de entrar en la boca del pequeño. Al recibirla en la comunión, los fieles buscan la unión íntima y profunda con Dios y la renovación de la fe. Por su parte, la palabra hostia es un término latino que en la antigua Roma se utilizaba para designar a la “víctima del sacrificio” que se ofrecía a los dioses en señal de agradecimiento. Como se sabe, Jesús pasó a ocupar el lugar de todas las víctimas, ya no más sacrificios menores de animales, sino el sacrificio único.
Santiago García Sáenz. “Autorretrato recibiendo la Primera Comunión”, 1999.
En esta primera comunión con Cristo, una tela con predominio del dorado y tonos de amarillos está cifrada gran parte de la biografía estética y vital de este artista. La religión católica es practicada por el pintor desde la infancia y ese sacramento en especial crucial en su vida: “yo tomé la Primera Comunión antes de aprender a leer. Las reproducciones de Maurice Denis que me mostraban las monjas italianas del Colegio Santa Ana fueron una de mis más grandes influencias”, contaba en un reportaje, un año antes de su muerte en 2006, cuando publicó Ángel de la Guarda: 50 años de dulce compañía y una exhibición de autorretratos en el Museo Fernández Blanco. Un regreso a la infancia para vivir el asombro de la religión en las escenas de Jesús en la cama de los dolientes, a caballo, crucifixiones con rascacielos de fondo, ruinas jesuíticas bordeando un improvisado santuario.
La Sagrada Comunión o Misa, así también llamada, se define por la presencia real del cuerpo y la sangre, mientras que los otros ritos se reciben a través de acciones que son simbólicas (el agua en el bautismo, el aceite en la unción). Cada misa es una reactualización de la Última Cena y no, apenas un recordatorio. Es una unión comunitaria, de ahí “comunión”, entre esa presencia de Dios y los fieles.
Diarios ilustrados. Por primera vez se presentan sus cuadernos personales.
Además, están los colores que iluminarán sus otros cuadros. Una luz que irradia desde ese inicio a cada una de las apariciones de Cristo. Cuando García Sáenz pinta estas escenas donde se entrevera la enfermedad, el hospital o los paisajes místicos con la iconografía de Cristo, santos y martirios, hay un vínculo directo con el misterio de la Eucaristía. Para el artista, el cuerpo sufriente adquiere una dimensión sagrada porque la celebración máxima del catolicismo pasa, precisamente, por la entrega del cuerpo físico. Esta manifestación de Dios en lo terrenal es recurrente y poderosa. Fue su viaje espiritual con caídas para poder ponerse de pie, ayudar, encontrar en la naturaleza y en lo divino inspiración y reparo.
“Si lo quieres, Señor, hazme casto, pero no todavía” es una de las versiones de la frase de San Agustín en la que le pedía a Dios un tiempito para volverse, de manera definitiva, el “Doctor de la Gracia”, el máximo pensador del cristianismo del primer milenio. No es que no comprendiera la excelencia de la castidad, sino que solicitó una prórroga por la dificultad que le representaba practicarla. Luego, ya se sabe, fue el que la ejercitó con mucha severidad pero entendió mejor que nadie que “no quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad; y si hallares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo, mas no olvides que, al remontarte sobre las cimas de tu ser, te elevas sobre tu alma, dotada de razón. Encamina, pues, tus pasos allí donde la luz de la razón se enciende”. Esta es otra de las zonas iluminadas de sus obras de oro: la que concibe la manera religiosa y entiende la humanidad.
Mis documentos. El archivo de Santiago García Sáenz que gestiona la galería Hache.
Muy en contra de tomar la iconografía religiosa como gesto político de escarnio, el anticlericalismo alla italiana, furioso y radical, su enojo con León Ferrari en esa misma entrevista en el suplemento Radar de Página/12, lo constata: “Yo creo que León se quedó con el catecismo de su infancia, que es de hace 80 años. El Concilio Vaticano Segundo fue en el año 62; ahí se explica claramente que el infierno no existe, que no es más que la ausencia de Dios en la tierra. A mí, una de las cosas que más me molestaron de León fue que se burlara de la devoción popular, que se riera de la gente más humilde. La gente que va a los santuarios está rogando por trabajo, por salud, por lo que sea. La gente más humilde siempre es la más devota. Yo creo que en esa burla hay un espíritu muy clasista. Y no es casual que los que más lo apoyan a León son todos intelectuales de clase media alta, tipos descreídos de todo que al mismo tiempo son intransigentes e intolerantes, porque lo que pretenden es destruir la Iglesia”.
Por el contrario, él estuvo más cerca de ser un pintor de iconos; un Andréi Rubliov descolocado en tiempo y lugar, pero con el misticismo y la impronta que aparece en el retrato del santo iconógrafo de Rusia del siglo XV que hace su coterráneo Andréi Tarkovsky en la película de 1966. “No pinto para los hombre sino para Dios”, dice el protagonista del film. García Sáenz había encontrado una alternativa intermedia: su ángel custodia lo ponía en contacto con la divinidad y de algún modo, transaban voluntades.
Santiago García Sáenz. Sin título. Serie Mártires, 1998. Óleo sobre tela. 85 x 46,5 cm.
Por lo tanto, es una obra incómoda, si se la pretende pensar en las coordenadas de su tiempo. No responde ni establece vínculo con las tendencias de su contemporaneidad, no participa, metafórica ni literalmente, de la estética del Rojas, tampoco enlaza con una figuración matérica y crítica como la de Marcia Schvartz. Es demasiado compleja para asociarla con una pintura “primitiva” o “ingenua”. Tal vez, el error resida, con justeza, en estos intentos de explicar a García Saénz desde otros lados, de comparar. De asumir posiciones a partir de estereotipos que el propio artista prefirió callar. Mantener en el ámbito de lo privado su enfermedad, el VIH que terminó debilitándolo hasta morir a los 51 años, su sexualidad que eligió no presentar en sociedad. Optó por ser elegido para seguir el camino de Cristo, saber de su angustia y de su soledad, de anteponer su deseo para entregarse a los otros, a los enfermos, a los caídos.
Su arte se parece mucho a la concepción medieval de portal, un instrumento de elevación hacia lo alto. El devoto miraba la imagen no para contemplarla sino para que su mente y alma vieran a través de ella verdades espirituales: el icono era para rezar a través de él. Los cuadros de García Sáenz dotan a la pintura de esta función anagógica (de elevación), ya que en sus Cristos no sólo hay que mirar posibles notas o referencias sobre la crisis del VIH, los desamparados del sistema, sino la irradiación de forma clara o luz divina de la esencia, la belleza que hace que el sufrimiento tenga una dimensión sagrada.
- Vida interior - Santiago García Sáenz
- Lugar: HACHE, Loyola 32
- Horario: lun. a vie. de 14 a 19
- Fecha: hasta el 9 de octubre
- Entrada: gratuita
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