Dolly Oesterreich tenía todo lo que había buscado desde chica. Había crecido en una familia de inmigrantes alemanes que vivía con lo justo y trabajar desde muy joven en una granja le dejó claro que no quería pasar el resto de su vida entre privaciones.
Cuando se casó con Fred Oesterreich, un empresario textil de Milwaukee, creyó haber encontrado la salida definitiva. Él tenía dinero, un negocio en expansión y podía darle la comodidad que siempre había deseado.
Pero el éxito también lo convirtió en un hombre ausente. Pasaba cada vez más horas en la fábrica y el alcohol terminó de romper una convivencia que ya hacía agua. Mientras Fred se refugiaba en la bebida, Dolly empezó a buscar en otros hombres la atención que sentía que había perdido.
En 1913, una máquina de coser averiada cambió el rumbo de su vida. Fred envió a arreglarla a Otto St. Hubert, un empleado de apenas 16 o 17 años, huérfano y sin una fecha de nacimiento conocida.
Dolly ya lo había visto trabajar en la fábrica y, cuando abrió la puerta para recibirlo, se aseguró de que sus intenciones fueran imposibles de malinterpretar. Vestida con una bata de satén y medias de seda, dio inicio a una relación
Dolly y Fred Oesterreich en la puerta de su casa antes de una fiesta. Foto: Observador/Daily Vintage
De un romance clandestino a una obsesión compartida
Al principio se encontraban en hoteles, pero los gastos y el riesgo de ser descubiertos hicieron que buscaran una alternativa más extrema.
La propuesta fue de Dolly. Le pidió a Otto que dejara su trabajo y se mudara al altillo de casa donde vivía con su marido. No tendría una habitación ni un vida normal. Dormiría en un pequeño espacio oculto, saldría únicamente cuando Fred estuviera en la fábrica y desaparecería antes de que llegara.
Ella le compró una cama, una lámpara, una mesa, un orinal, le llevaba comida, libros y todo lo que necesitara para sobrevivir. Otto aceptó sin demasiadas dudas. Además de estar enamorado, soñaba con convertirse en escritor de relatos pulp -historias para revistas baratas- y aquella vida le permitía escribir sin pagar un alquiler o conseguir trabajo.
Durante el día ayudaba a Dolly con las tareas de la casa, preparaba ginebra casera y escribía cuentos que ella enviaba a distintas revistas para conseguirle algunos ingresos.
El plan parecía perfecto hasta que Fred empezó a notar algo que no le cerraba. Escuchaba pasos cuando estaba solo, desaparecían cigarrillos, faltaba comida y algunos objetos cambiaban misteriosamente de lugar.
En más de una ocasión aseguró haber visto sombras cruzando la casa e, incluso, llegó a distinguir el rostro de un hombre asomado por la ventana. Dolly transformó cada sospecha en una prueba de que su marido estaba volviéndose loco.
Le repetía que todo era consecuencia del alcohol, que seguramente olvidaba haberse fumado sus propios cigarrillos o haber comido durante alguna borrachera y hasta consiguió convencerlo de consultar a un psicólogo.
Otto Hubert en el tribunal. Foto: Observador/Vintage Everyday
Ningún profesional encontró señales de un trastorno, pero Fred siguió creyendo que la casa estaba embrujada porque jamás imaginó que el supuesto fantasma llevaba años viviendo sobre su cabeza.
Cinco años después decidió mudarse a Los Ángeles convencido de que así dejaría atrás los extraños fenómenos. Dolly aceptó con la única condición de que la casa debía tener altillo.
Otto viajó primero para instalarse antes que llegara el matrimonio y el ciclo volvió a empezar. Sin embargo, la convivencia empeoró.
Fred estaba cada vez más paranoico y las discusiones con Dolly eran constantes. Otto, aislado del resto del mundo y completamente dependiente de ella, empezó a volverse posesivo. Ya no soportaba verla compartiendo la vida con otro hombre, aunque ese hombre fuera quien financiaba la existencia de ambos.
Otto se arriesgó por Dolly y salió de su escondite
El 22 de agosto de 1922 todo explotó. Mientras el matrimonio discutía a los gritos, Otto escuchaba la pelea desde el altillo. Convencido de que Fred podía lastimar a Dolly, bajó, agarró dos pistolas del dueño de la casa y entró en la habitación.
Fred se dio vuelta demasiado tarde. Reconoció al joven que años antes había trabajado para él y, en cuestión de segundos, todas las piezas encajaron. Los ruidos, las sombras, las cosas fuera de lugar y esa sensación de compañía tenían una explicación.
Intentó forcejear con Otto, pero terminó recibiendo varios disparos en el pecho que lo mataron en el acto. Dolly, sorprendentemente fría, se sentó con Otto a pensar cómo escapar y entre los dos construyeron una escena de robo.
La casa familiar de Los Ángeles donde tuvo lugar el asesinato. Foto: Observador/Vintage Everyday
Escondieron el reloj de diamantes de Fred para simular que había sido sustraído, Otto ocultó las armas en el altillo, encerró a Dolly dentro de un placard y dejó la llave tirada en el suelo antes de desaparecer nuevamente.
Cuando llegaron los policías, encontraron a un hombre muerto y a una mujer encerrada que aseguraba haber sido atacada por un ladrón. Aunque su relato tenía inconsistencias y despertó sospechas desde el principio, nadie podía explicar cómo había logrado encerrarse sola.
Mientras tanto, el verdadero testigo de todo seguía oculto a pocos metros de los investigadores, esperando en silencio dentro del altillo.
Después del asesinato
Dolly no tardó demasiado en dejar atrás la casa donde había muerto su marido. Buscó una nueva casa con altillo. Otto creyó que, con Fred fuera del camino, podría comenzar una vida junto a Dolly. Eso nunca pasó.
Dolly volvió a esconderlo junto a una máquina de escribir y dependiendo de ella para comer. Al poco tiempo, mientras el seguía escondido entre cuatro paredes, ella volvió a su vida social.
Poco después apareció un nuevo hombre. Hermann Safiro, un abogado que empezó a frecuentar la casa y terminó convirtiéndose en su pareja.
Dolly incluso le regaló el reloj de diamantes de Fred, el mismo que supuestamente había sido robado durante el asalto. Hermann reconoció la joya, pero ella logró convencerlo que lo encontró tiempo después y que revolver en el asunto sería para problemas.
Sin embargo, la historia anterior se repitió y eventualmente se aburrió de él. Mientras Hermann pasaba largas jornadas de trabajo, Dolly comenzó una relación secreta con Roy Klumb, un empresario que soñaba con convertirse en actor.
Roy Klumb, amante durante segundo matrimonio de Dolly. Foto: Medium
Roy terminó más involucrado de lo que esperaba. Dolly le entregó una de las pistolas utilizadas para matar a Fred y le pidió que la hiciera desaparecer. Con la excusa de que el arma se parecía demasiado a la utilizada en el crimen, Roy la tiró al lago.
La otra terminó enterrada en el patio de un vecino, a quien Dolly le hizo el mismo pedido. Durante un tiempo estuvo todo bien, hasta que Dolly terminó con Roy y él, despechado, fue a la policía a contar todo lo que sabía. Su declaración reabrió la investigación.
Las autoridades recuperaron una de las armas y el vecino, al enterarse de lo que estaba pasando, entregó la otra. También descubrieron que Hermann conservaba el reloj de diamantes.
Dolly fue detenida. Mientras, Otto seguía en el altillo, dependiendo de ella para poder comer y sin saber que estaba presa.
Desde la cárcel, le pidió a Hermann un extraño favor. Tenía que ir a la casa, tocar tres veces la puerta de un placar y entregarle comida a su supuesto medio hermano. El abogado obedeció y se encontró con Otto.
A esa altura ya habían pasado diez años. Cansado de una década de encierro, le confesó cómo había vivido durante esos años y que seguía manteniendo relaciones con Dolly, incluso mientras ella salía con otros hombres. Hermann, furioso, le ordenó abandonar la casa y desaparecer para siempre.
La evidencia seguía resultando inconclusa y Dolly recuperó la libertad. Hermann decidió convivir con ella durante siete años más, hasta que volvió a descubrirla con otro hombre. Esa fue la gota que rebalsó el vaso.
Hermann Safiro. Foto: Medium
En 1930 acudió a la policía y contó todo lo que sabía sobre el amante que había permanecido oculto durante una década y sobre el verdadero motivo por el que Dolly había logrado encerrarse en aquel armario el día del asesinato.
La búsqueda de Otto terminó en Canadá. Allí había cambiado su nombre por Walter Klein, se había casado e intentado comenzar una vida de cero. Poco después volvió a Los Ángeles, donde finalmente fue localizado y detenido.
No negó nada. Confesó haber matado a Fred y relató con detalle la década que pasó escondido por pedido de Dolly. La prensa lo bautizó "el hombre murciélago", varios años antes de que existiera Batman, mientras que ella era considerada una femme fatale capaz de manipular a cualquiera que se cruzara en su camino.
Durante el juicio, la defensa de Otto sostuvo que había sido manipulado desde la juventud por una mujer mucho mayor, que aprovechó su vulnerabilidad para convertirlo en un hombre dependiente.
El jurado lo declaró culpable por el asesinato de Fred, pero la condena nunca llegó. Habían pasado tantos años que el delito ya había prescripto y Otto quedó en libertad.
El proceso de Dolly tampoco terminó con una sentencia. El jurado no consiguió ponerse de acuerdo, el juicio fue declarado nulo y, en 1336, fue absuelta de todos los cargos.
Ninguno de los dos volvió a verse jamás. Ella murió en Los Ángeles en 1961, dos semanas después de casarse con el hombre con el que pasó sus últimos treinta años. Otto desapareció definitivamente del mapa.
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