Durante años, la expansión de la energía solar y la necesidad de conservar tierras agrícolas parecían objetivos difíciles de compatibilizar. Instalar paneles solares implicaba ocupar superficies que dejaban de destinarse al cultivo. Sin embargo, una experiencia desarrollada en una granja de Massachusetts demostró que ambas actividades pueden convivir y, en algunos casos, beneficiar a las plantas.

El proyecto consistió en instalar 832 paneles solares elevados sobre un campo de frutos rojos. El objetivo inicial era producir electricidad sin abandonar la actividad agrícola, pero los resultados sorprendieron incluso a los investigadores: las frutas cultivadas bajo los paneles resultaron más dulces, más jugosas y de mayor tamaño que las expuestas al sol directo.

Cómo funciona el sistema que combina agricultura y energía solar

La experiencia se desarrolló en la granja Czajkowski, en Hadley, Massachusetts, Estados Unidos, donde los paneles fueron instalados a suficiente altura para permitir el paso de maquinaria agrícola y el crecimiento normal de los cultivos.

El sistema, conocido como agrivoltaica, propone un uso dual del terreno: mientras los paneles generan electricidad, debajo de ellos continúan desarrollándose frutas, verduras u otros cultivos, confía Realtor.com.

En este caso, la instalación ocupa unas 2,2 acres (casi una hectárea) y cuenta con 832 módulos solares bifaciales montados sobre estructuras con seguimiento del Sol, capaces de producir energía renovable sin retirar la tierra de la actividad agrícola.

Los frutos rojos crecieron de manera inesperada. Foto Shutterstock.

El efecto inesperado sobre las frutas

Los investigadores comprobaron que la sombra parcial creada por los paneles modificó el microclima del cultivo.

En lugar de perjudicar el crecimiento, la reducción de la radiación solar directa disminuyó el estrés térmico sobre las plantas durante los días más calurosos del verano. Ese ambiente más fresco también redujo la evaporación del agua del suelo y permitió que las plantas conservaran mejor la humedad.

Durante la cosecha apareció la mayor sorpresa. Las pruebas realizadas mostraron que los frutos cultivados bajo los paneles desarrollaron bayas más grandes, más jugosas y con un sabor más dulce que las producidas en zonas totalmente expuestas al Sol. Los especialistas creen que el proceso de maduración fue ligeramente más lento, lo que permitió una mayor acumulación natural de azúcares.

Una alternativa frente al cambio climático

El proyecto forma parte de una línea de investigación que busca adaptar la agricultura a veranos cada vez más calurosos y períodos prolongados de sequía.

Con el aumento de las temperaturas, numerosos cultivos sufren estrés por exceso de radiación y requieren mayores cantidades de agua para mantenerse productivos. La sombra parcial generada por los paneles ayuda a moderar esas condiciones sin impedir que las plantas reciban la luz necesaria para crecer.

La electricidad producida por los paneles representa una fuente adicional de ingresos para los agricultores.

Al mismo tiempo, la electricidad producida por los paneles representa una fuente adicional de ingresos para los agricultores, lo que permite diversificar la rentabilidad de las explotaciones sin dejar de producir alimentos.

Un modelo que podría expandirse en Estados Unidos

La agrivoltaica no es una idea nueva, pero su adopción se ha acelerado en distintos estados de Estados Unidos a medida que aumentan las inversiones en energías renovables.

La Universidad de Massachusetts (UMass Amherst) participa desde hace varios años en proyectos para evaluar cómo este tipo de instalaciones afecta tanto a la producción agrícola como a la economía de las explotaciones rurales.

Los investigadores sostienen que no todos los cultivos responden de la misma manera.

Los investigadores sostienen que no todos los cultivos responden de la misma manera a la sombra parcial, por lo que continúan estudiando qué especies obtienen mayores beneficios y cuáles requieren otras configuraciones.

La experiencia desarrollada en Massachusetts, sin embargo, ya dejó una conclusión inesperada: en determinadas condiciones, producir electricidad y cultivar alimentos no solo puede compartir el mismo terreno, sino también mejorar la calidad de la cosecha mientras ayuda a enfrentar los desafíos que plantea el cambio climático.