La instructora Esperanza Moksha parte de un malentendido muy extendido: que el yoga es solo para personas flexibles, livianas o capaces de doblarse en posturas imposibles.

La frase difundida desde la revista Clara lo ataca de frente: “Muchas personas creen que se necesita ser flexible o practicar algún tipo de contorsionismo para empezar con el yoga, cuando no es así”. Ese textual ya marca bastante bien el tono de su intervención: quitarle al yoga el halo intimidante que a veces lo rodea.

La misma idea aparece casi calcada en un reel asociado a su participación, donde se escucha: “Obviamente, puedes llegar a yoga siendo flexible, pero no es un requisito”. La flexibilidad puede estar, pero no es la condición de entrada. Eso desplaza el foco desde el rendimiento físico hacia algo más accesible: empezar como uno está.

En las publicaciones ligadas a un evento realizado en David Lloyd Clubs, además, se insiste en otros dos conceptos que ayudan a completar su visión: “movimiento consciente” y “sentimiento de comunidad”.

Esperanza Moksha no parece estar defendiendo solo una práctica corporal, sino una experiencia en la que importan tanto la forma de moverse como el clima que se genera alrededor. El yoga, en ese marco, no se presenta como una disciplina narcisista ni competitiva, sino como una vía de bienestar compartido.

Esperanza Moksha. Foto: Cuerpo y Mente

También en sus propios perfiles en redes sociales, como su cuenta en Instagram, aparece repetidamente la idea de “movimiento consciente”, un concepto que encaja con la forma en que se la presenta en estas piezas. No se trata de ejecutar posturas vistosas, sino de aprender a moverse “con atención”, con respiración y presencia.

Esa perspectiva vuelve mucho más comprensible su frase: el problema de exigir flexibilidad previa es que convierte al yoga en meta, cuando para ella parece ser más bien camino.

Esperanza Moksha parece decir que el yoga no comienza cuando tu cuerpo “da”, sino cuando decides empezar a escuchar lo que ese cuerpo necesita. Y en un contexto en el que mucha gente se frena antes de intentarlo porque se siente poco capaz, su mensaje tiene bastante potencia: no hace falta ser contorsionista para empezar; hace falta, en todo caso, dejar de creer que el yoga es solo para quienes ya parecen dominarlo.