Mientras escribo estas líneas me encuentro en Europa, adonde viajo todos los años para visitar a mi familia. Debo decir que nunca, en mis viajes anteriores al viejo continente, recibí tantas veces la pregunta de si Argentina es en verdad una sociedad racista. Este tipo de conversación fue algo tan sorprendente e inesperado para mí que incluso tuve que actualizarme para entender el contexto del debate.
Desde ya, negar el racismo y la discriminación por completo en una población es equivalente a rechazar la naturaleza humana. Creo que coincidimos todos en que acuñar una sociedad libre de odio, de rencor y de discriminación es algo que anhelamos, sin distinción de religión, ideología o preferencia política. Pero, hay una triste realidad: no existe un paraíso así en esta tierra, o al menos por ahora en ninguna parte de nuestro planeta. Me atrevo a afirmar que es inherente al ser humano sostener prejuicios contra el “otro” y contra lo que no se conoce. Me resuenan en este momento las famosas palabras del científico, quizás más importante del siglo pasado, Albert Einstein: “Es más fácil romper el núcleo de un átomo que un prejuicio.”
De hecho, si bien vivimos en un mundo globalizado, aún queda mucha distancia en nuestro vínculo con el otro. Uno de los obstáculos más antiguos en esta convivencia son los rumores y la falsa información sobre los demás grupos y comunidades. Así, el miedo y el desconocimiento ahondan esa distancia. Es el mismo campo de batalla de siempre, pero ahora usamos las redes sociales como una nueva arma para atacar y perjudicar. Me consta recordar que no fue casual que el Papa León en su primer mensaje dirigido a los periodistas les haya pedido “desarmar sus palabras”.
Siento que es vital en esta discusión sobre el racismo separar la reacción de un jugador de fútbol, de un hincha o de cualquier individuo particular de la realidad social que se vive en nuestra querida Argentina. El objetivo de esta reflexión es compartir mi propio testimonio como extranjero y, a su vez, señalar los peligros de generalizar eventos aislados que se esgrimen contra un pueblo o una comunidad entera. En mi caso personal, como musulmán, que nací y viví toda mi vida en el Occidente, ya es parte de mi ADN este desafío de derribar preconceptos y luchar contra toda estigmatización.
Hace ya diez años que vivo aquí con mi esposa y tenemos dos hijos argentinos. Somos felices en este país. En lo personal, nunca hemos experimentado una discriminación ni un rechazo por ser extranjeros ni por ser musulmanes. Todo lo contrario, ya estamos “argentinizados” y nos sentimos parte integral de la sociedad. Incluso, pienso que Argentina es un buen ejemplo de convivencia interreligiosa y un crisol de distintas comunidades y olas migratorias.
Esta nación se ha caracterizado por abrazar la diversidad cultural, étnica y religiosa. Por otro lado, es cierto que hay ciertos malentendidos y miradas erróneas sobre el islam que se arraigan en la ignorancia. En este sentido, es preocupante el papel de las “fake news” que circulan por las redes sociales, no solo contra los musulmanes sino contra otras comunidades, porque un simple tuit o cierta elección de palabras en una expresión pueden generar un impacto y un daño irreparable en la vida del otro.
Por ello, el islam garantiza la libertad de expresión y de opinión, pero enseña que cada derecho es al mismo tiempo una enorme responsabilidad. La libertad no se puede utilizar como una licencia abierta para atacar, profanar o dañar, especialmente cuando se trata de minorías en una sociedad.
En conclusión, posicionarse contra todo tipo de racismo, discriminación y xenofobia debe ser nuestra responsabilidad compartida como familia humana. La raíz de la enfermedad que envenena la convivencia armónica en nuestras sociedades pluralistas es el odio. Si esta semilla de odio se desarrolla, sin ser detectada a tiempo, termina convertida en un árbol de agresión y violencia, cuyas ramas se manifiestan algunas veces como islamofobia, otras veces como judeofobia, como cristianofobia o como diversas expresiones de discriminación. Mientras tanto, el lema de la comunidad musulmana Ahmadía, a la que pertenezco: “Amor para todos, odio para nadie”, que resume todos los preceptos del islam, podría servir como receta para cualquier sociedad donde la paz social esté en peligro.
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