Se habla de una campaña antiargentina. La explicación más inmediata es la envidia. Pero ¿qué podría envidiarse de un país que no es económicamente rico ni poderoso? Quizá aquello que la Argentina siempre quiso ser: un país excepcional.

Desde hace semanas, una expresión se repite en los medios, las redes sociales y las conversaciones argentinas: existe en el mundo una campaña antiargentina.

La sucesión de mensajes, burlas y acusaciones parece darle sustento. La Argentina es presentada como un país arrogante, tramposo y racista. Un canto ofensivo deja de ser la conducta de un grupo y se convierte en la definición moral de toda una sociedad. Una derrota deportiva provoca una celebración internacional desproporcionada.

La explicación más sencilla es la envidia. Pero esa respuesta conduce de inmediato a otra pregunta: ¿envidia de qué?

La Argentina no es una potencia económica ni posee una influencia militar decisiva. Arrastra décadas de crisis y estancamiento que los propios argentinos conocen demasiado bien.

¿Por qué, entonces, genera tanta atención? ¿Por qué provoca admiración, rechazo, fascinación y resentimiento en proporciones semejantes?

Quizá porque nunca aspiró simplemente a ser un país próspero. Aspiró a ser un país excepcional.

Durante buena parte de su historia imaginó que podía construir, en el extremo sur de América, una sociedad moderna, educada y cosmopolita, vinculada culturalmente con Europa sin dejar de ser americana. No quiso limitarse a crecer. Quiso distinguirse.

Esa ambición produjo instituciones, ciudades, universidades, escritores, científicos, artistas y deportistas cuya influencia excedió el tamaño del país. También produjo frustraciones enormes. Quien se considera excepcional no vive su decadencia como una dificultad económica, sino como una contradicción existencial.

La Argentina no se pregunta únicamente por qué no crece. Se pregunta por qué no llegó a ser aquello que una vez creyó estar destinada a ser.

Ese sentimiento también forma parte de la mirada extranjera. Pocos países con una economía relativamente pequeña y escaso peso militar poseen una presencia semejante en el imaginario mundial.

La Argentina produce símbolos globales con una frecuencia difícil de explicar: Gardel, Borges, Fangio, Piazzolla, Favaloro, Maradona, Messi, el Papa Francisco, o la Reina Máxima. Figuras provenientes de ámbitos muy distintos, pero capaces de trascender ampliamente las fronteras nacionales.

La Argentina tiene mucho más poder narrativo que poder material.

Esa desproporción ayuda a comprender por qué nunca pasa inadvertida. Países más ricos y estables rara vez monopolizan el debate cultural mundial. La Argentina sí. Puede hacerlo por una victoria, una derrota, una canción, una declaración o un gesto, como la bandera “Las Malvinas son Argentinas” desplegada por los jugadores en el Mundial.

Durante décadas, esa excepcionalidad despertó simpatía en amplias zonas de América Latina, África, Asia y Medio Oriente. La Argentina era percibida como una nación occidental, aunque no enteramente subordinada a las potencias occidentales. Había recibido millones de inmigrantes y construido una cultura cosmopolita, pero conservaba una tradición de autonomía política.

Era demasiado europea para ajustarse al estereotipo latinoamericano, pero demasiado latinoamericana para ser aceptada como europea. Participaba del orden internacional sin identificarse por completo con quienes lo dirigían. Esa ambigüedad contribuía a su atractivo: demostraba que era posible incorporar elementos de la modernidad occidental sin renunciar a una identidad propia.

Pero esa percepción parece estar cambiando. Sin haber alterado su peso relativo, la Argentina comienza a ser leída de otra manera. Para una parte del mundo ya no representa aquella nación occidental, moderna y autónoma que despertaba simpatía. No cambió su tamaño, sino el significado atribuido a su excepcionalidad.

Ese cambio coincide, además, con un nuevo posicionamiento internacional de la Argentina. Tras años en los que procuró mantener mayores márgenes de autonomía en política exterior, el país optó por un alineamiento mucho más explícito con Estados Unidos, Israel y las principales democracias occidentales. Ese giro también modificó la forma en que distintos actores internacionales comenzaron a mirar al país.

Ese cambio de percepción no ocurrió en el vacío. Ha sido amplificado por sectores del progresismo internacional que interpretan la realidad a través de categorías de raza, colonialismo y privilegio. En ese contexto, también han surgido denuncias sobre posibles operaciones de influencia extranjeras destinadas a reforzar esa imagen de la Argentina. Desde esa mirada, el país dejó de ser una excepción histórica para convertirse en otro ejemplo de una sociedad occidental que debía ser juzgada bajo esos mismos parámetros.

La discusión sobre el racismo es el ejemplo más evidente. No se trata de negar conductas discriminatorias ni de convertir toda crítica en una conspiración. En la Argentina hay racismo y prejuicios de clase, color de piel, nacionalidad y origen social. Pero de allí a presentarla como una sociedad especialmente racista hay una distancia enorme.

Un canto ofensivo puede y debe ser condenado. Lo difícil de justificar es que se lo utilice para construir una teoría completa sobre la identidad moral de cuarenta y siete millones de personas.

La historia argentina, además, contradice esa simplificación. El país no fue una potencia imperial ni edificó su prosperidad mediante la conquista de territorios lejanos. Su proyecto nacional se construyó, sobre todo, mediante la incorporación masiva de inmigrantes.

La propia Constitución prometió los beneficios de la libertad “para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. No fue una frase ornamental. Expresaba la voluntad de construir una nación abierta, capaz de convertir al extranjero en ciudadano.

Descendientes de italianos, españoles, judíos, árabes, armenios, japoneses o africanos no suelen presentarse entre nosotros mediante identidades nacionales compuestas. Son argentinos. Eso no elimina la discriminación, pero revela una concepción particular de la nación: una comunidad de destino antes que una continuidad de sangre.

En buena parte de Europa se habla de inmigrantes de segunda o tercera generación, incluso cuando se trata de personas nacidas y educadas en el país. La expresión supone que el origen familiar sigue condicionando la pertenencia nacional. La Argentina, con todas sus imperfecciones, aspiró a otro ideal.

La Argentina construyó ese ideal. No siempre estuvo a su altura, pero el ideal importa, porque define aquello que el país quiso ser.

Por eso la llamada campaña antiargentina no debería analizarse únicamente como una suma de provocaciones deportivas o digitales. Tampoco alcanza con atribuirla, sin más, a la envidia. La envidia puede existir, pero solo se envidia aquello que se considera valioso.

La Argentina no despierta esas emociones porque sea hoy una gran potencia. Las despierta porque conserva una presencia simbólica que supera ampliamente su poder efectivo. Porque continúa produciendo figuras, relatos y pasiones reconocibles en todo el mundo. Porque incluso sus fracasos poseen una dimensión teatral que pocos países consiguen alcanzar.

Quizá ese sea el verdadero costo de la excepcionalidad: los países comunes pueden pasar inadvertidos. La Argentina, nunca.