Hace casi 200 años, Charles Darwin sentó las bases de la biología evolutiva con su teoría de la selección natural. Dos siglos después, cuando la investigación ya había refrendado ampliamente sus postulados, otro biólogo evolutivo, Stephen Jay Gould, hablaría, en un genial ensayo, de las “verdades terribles” de Darwin. La primera es que, cuando las cosas encajan, es decir, cuando hay un buen diseño de los organismos y los ecosistemas están en armonía, sólo se trata de epifenómenos, de consecuencias colaterales. La segunda es que la mayoría de los organismos y ecosistemas no pueden ser diseñados de forma óptima. Es decir, que no existe una concepción funcionalista de la vida.
Se trata de verdades que castigan de tal modo nuestro narcisismo que, pese a que hayan sido ampliamente aceptadas, aún no han podido ser asimiladas. Casi nadie sabe qué hacer con la demoledora evidencia de que el cuerpo humano no es en absoluto la máquina perfecta que nos han querido hacer creer, y con el hecho de que a la naturaleza no le importamos en absoluto.
Para lidiar con esta idea, que aparece con más fuerza cuando deja de ser una entelequia y se hace carne, hay que tener dosis importantes de sentido del humor, inteligencia y ateísmo, y pertenecer a un pueblo con una estrecha vinculación con la muerte. Habría que ser inglés. Habría que ser, por ejemplo, Julian Barnes.
El escritor, autor de la célebre novela El loro de Flaubert, acaba de publicar Despedidas. El título no es un eufemismo. Hace unos años, a Barnes le diagnosticaron una leucemia que gracias a un tratamiento se convirtió en enfermedad crónica, y ahora ha decidido dejar de escribir, para que, como él mismo dice, citando a su amigo, el escritor canadiense-irlandés Brian Moore, “la muerte no lo sorprenda a mitad de un libro y un hijo de puta lo termine por él”. Despedidas es a la vez un testimonio y un testamento. Sin embargo, cuando se trata de Barnes, hay que quitarle a estos términos la grandilocuencia de la que solemos revestirlos.
“Es un cáncer enraizado en la absoluta indiferencia del universo. Es aleatorio, carece de sentido”, escribe Barnes. Y después: “La actitud mental, contrariamente a lo que nos gustaría creer, no cambia en nada el desenlace de un cáncer”. “Llevamos suficientes milenios en este planeta para haber advertido ya que la vida no es justa ni equitativa”, dirá más adelante. Barnes sabe como nadie hasta qué punto somos un producto deficiente de la naturaleza, hasta qué punto la naturaleza nos ignora y todavía más: hasta qué punto nos traiciona.
Un escritor trabaja con la memoria, y las mayores traiciones a las que la naturaleza nos somete son las que competen a la memoria. Por eso Barnes empezará hablando de Proust y de su famosa magdalena, a raíz de un caso que una amiga médica le envía: un hombre, después de sufrir un accidente cerebrovascular, tiene recuerdos autobiográficos involuntarios motivados por una porción de tarta de manzana: un sabor desencadenaba recuerdos de todas las tartas que había probado en su vida. ¿Pero son certeros esos recuerdos involuntarios? Y Marcel, ¿no mentía acaso? ¿Sus recuerdos eran tan involuntarios como confesaba en En busca del tiempo perdido? ¿Cómo funciona, en definitiva, la memoria? A los 80 años, es algo que cabe preguntarse.
Sobre todo porque, ironías y dudas aparte, en Despedidas, se cuenta una historia remota en el tiempo, más allá de la historia que dispara el libro (la de la enfermedad crónica). Una historia “sin en medio”, como él mismo dice, porque sin solución de continuidad transcurren 40 años: la de dos amigos -Jean y Stephen- con quienes se conoció en la Universidad, en su lejana juventud, que fueron pareja y se separaron, para volver a encontrarse (y casarse).
Dice Barnes que, a pesar de su intervención en esta historia (él es el nexo que une y reúne a la pareja), no quiere jugar a ser Dios, y le creemos. Despedidas es todo lo que su autor promete: ligereza y profundidad, cinismo y aceptación del absurdo. Porque, en el fondo, nadie se queda, y los muertos, como él mismo señala, son muchos más en número que los vivos.
Pasaron décadas desde que Barnes fuera incluido por la revista Granta en la lista de los mejores novelistas británicos (entre ellos estaban Kazuo Ishiguro, Ian McEwan, Martin Amis y Salman Rushdie). El camino recorrido es el de la literatura como forma de vida. El escritor como expoliador de cualquier historia, porque suena lógico desoír a Jean y a Stephen, a pesar de su pedido explícito de no contar sus intimidades en ningún libro. Jean y Stephen están muertos ahora, y Barnes está vivo, y lo que no puede desoírse, en todo caso, es la posibilidad de hacer literatura con la enfermedad, el amor, la muerte, lo aleatorio. En definitiva, todos los inciertos materiales que ofrece la vida.
Qué duda cabe, ya lo decía Faulkner: un escritor es capaz de traicionar hasta a su propia madre con tal de sacar adelante su libro. Pero esta traición de Barnes no suena en absoluto a traición: es un homenaje, no a sus amigos, sino a la naturaleza humana, eso de lo que queda poco resto en esta época donde la subjetividad parece haber desaparecido.
Donde todos miran, Barnes sigue viendo: “¿Adónde va tan deprisa ese cura?” “¿Qué significa ese beso?” “Una pareja de ancianos tomados de la mano siempre me enternece”. Así que al final son las preguntas, la curiosidad que permaneció a salvo, la compañía de un perro heredado (qué inglés no ama a un perro), y el reconocimiento de todos nosotros, lectores, de que todavía es posible hacer literatura en este mundo.
Despedidas, Julian Barnes. Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, 216 págs.
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