Tres salas con ocho artistas de distintas trayectorias y generaciones reflexionan desde sus propias poéticas sobre la fragilidad como una tensión palpable en el presente. Las curadoras, Sol Santich, de amplia trayectoria en armar recorridos curatoriales de colecciones y, Viviana Zargón, artista visual, investigadora y conocedora de quienes transitan espacios de formación, durante dos años seleccionaron un grupo de obras que pudieran expresar lo que el título declara: Yo, frágil.

El pronombre o primera persona del singular es evidencia de una postura que la curaduría necesitó remarcar, que el arte no funciona como una respuesta sino como espacio de pregunta. Instalaciones, esculturas, videos y objetos con múltiples materialidades que señalan a la humanidad, tanto como a los cielos, los suelos, los sonidos o las piedras como formas de habitar, como bien sostienen en el texto que acompaña la muestra: la fragilidad es una condición colectiva que atraviesa todas las especies en múltiples temporalidades y contextos.

Matilde Marín. Manto de la utopía. Un muro de papel sobre las cenizas del mundo.

En una primera sala, conviven de una manera armoniosa algunas piezas de Matilde Marín que van desde 1997 a la actualidad, dando un giro estelar a una versión de sus reconocidos mantos que, esta vez, opera también como pantalla en una vibración visualmente potente entre los segmentos de papel de fibra y esencia de perla hecho a mano, de casi 5 metros por 8 de alto que articula muy bien la pared de fondo. Las obras seleccionadas de Marín tienen un señalamiento a los humos y las huellas que estos dejan, tanto sobre el papel enrollado como fotografiadas o proyectadas, efímeras o persistentes, departen sobre el lugar de la utopía.

La Tierra Prometida I, 1997; Papel y fuego, París indemnizará a los afectados por más de 200 pruebas nucleares... (El País 2009) de la serie Cuando divisé el humo azul de Ítaca, 2017 y la instalación Manto de la Utopía. Un muro de papel sobre las cenizas del mundo, 1997-2026 funcionan como preguntas lanzadas al espectador en torno a lo que ha sido dañado, lo que intenta una reparación y lo que podemos soñar con lo que se proyecta sobre ese muro, unos bellos árboles de distintos contextos y un humo que enseguida se desvanece.

Matilde Marín La tierra prometida II.

Enfrente, con una retórica muy delicada en formatos, materias y textualidades, Soledad Dahbar coloca sobre un estante piezas hechas de metales y minerales que provienen de economías extractivistas donde la materia deja de ser soporte para abrir un conocimiento intuitivo que abra una experiencia poética, ya enunciada con claridad en el título: Los lapidarios.

La sala tiene otro ángulo donde Silvia Rivas despliega tres videoinstalaciones. La más reciente, Barca silenciosa de la serie Igual el paraíso es nuestro (2026) reproduce en tres pantallas apaisadas conectadas con un nivel externo que tiene un hilo rojo tensionado entre dos pinzas de cirugía; todo da cuenta de un paisaje capturado desde un bote cercano navegando por el Lago Nahuel Huapi, en Bariloche.

Silvia Rivas. Barca silenciosa Serie Igual el paraíso es nuestro.

Hace más de cinco años que Silvia registra no solo los árboles secos sino las marcas de los niveles de agua en la orilla de piedra, que están entre los más bajos desde hace tiempo. El sonido del viento se silencia para darle una densidad de ausencia y sólo se escucha el movimiento del agua que produce un mareo por el dispositivo del hilo tensado en línea recta sobre un nivel que cambia. El sonido del viento II tiene tres pantallas pequeñas sostenidas por trípodes de fotografía. De lejos parecen fotos, pero de cerca se perciben movimientos que dan cuenta del viento patagónico sobre un paisaje de estepa.

En la misma sala, pero separado del resto por una cuestión de iluminación, una instalación del ecuatoriano residente en Argentina, Ángel Salazar, toma como motivo el Triángulo del litio que abarca las provincias de la Puna: Jujuy, Salta y Catamarca. Cristalizar el vacío (2024) es una combinación muy bien llevada a lo estético, de una serie de conocimientos a partir de tres esculturas con baterías que funcionan con reacciones químicas que van degradando el agua salada a lo largo del tiempo que dure la muestra. Se conectan a pantallas verticales que muestran paisajes extraños tomados desde Google Earth de la zona en cuestión que, operados por IA, van cambiando, creciendo y decreciendo como organismos vivos que funcionan como posibles lecturas del presente y del futuro de estos territorios amenazados por posibles crisis ecológicas.

Ángel Salazar, Cristalizar el vacío.

La segunda sala pone en diálogo tres dimensiones materiales. La gran instalación de ladrillos huecos de Nicolas Oks, Maqueta del tiempo II (2026), construida especialmente para la exposición, donde el material constructivo real es sometido artificialmente a un desgaste y erosión para dar cuenta de un tiempo comprimido que profundiza en la lógica de la descomposición.

Delicadamente contrasta con otra obra de Dahbar, Desclasificar. Cooperar. Articular. Descomponer (2024), realizada en obsidiana grabada con esas palabras, buscando que el espectador las aborde con una cierta intuición. Remata la sala con tres dípticos de Nicolás Bacal, La arquitectura de la soledad (2013-2019), un trabajo complejo de xilografías de gran tamaño copiadas a la vieja usanza con cuchara de madera. Basado en un atlas de estrellas intervenido, expandido y transferido sobre placas enteras de madera de construcción, están para dar cuenta de una posible conexión entre lo mundano y lo sublime, y de lo pequeño con lo inconmensurable.

Nicolás OKS, "Maqueta del tiempo II", y detrás "La arquitectura de la soledad", de Nicolás Bacal.

La última sala destaca por su diversidad de materialidades. Juan Sorrentino instala 14 aros de guatambú, en una distancia que recorre 120 x 600 cm, para dar cuenta de lo que expresa el título: Una gota cayendo en el agua (2024). Traduciendo esa expansión a una experiencia física y espacial, no representa sólo la gota sino también la misma huella en expansión que produce el sonido. Como artista sonoro, Juan señala una energía en desplazamiento. Cercana, una pieza de Dahbar, Las partículas, se compone de una serie de piezas donde el vidrio astillado aloja en su centro obsidiana y metal. Más que representar una explosión o un daño, la obra señala una cartografía de propagaciones, donde el impacto se vuelve un método para pensar la transmisión de energía, memoria y materia en el espacio.

"Los Lapidarios", de Soledad Dahbar.

Una gran pantalla recoge en video la experiencia de un grupo que, en Balcarce, provincia de Buenos Aires, retoma un oficio italiano de recoger los helechos entre las piedras de una manera eficaz para no dañar su reproducción, a través de esporas esparcidas por el viento. Marcela Cabutti viene indagando en estos territorios intentando reconstruir el Cratón del Río de la Plata que unía Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil con el Cratón de Kalahari, que abarca grandes extensiones de Sudáfrica, Botsuana, Namibia y Zimbabwe. En ambos, la reproducción de helechos, hongos y líquenes siguen el mismo proceso que hace 3.600 millones de años. Los Helecheros y sus rostros en retratos tradicionales honran esa tradición en la obra de Cabutti.

Cierra una serie de piezas sonoras de Juan Sorentino, inspiradas en el cuento “Cefalea” que Julio Cortázar publicó en su Bestiario de 1951. Las mancuspias, una pseudopalabra, es decir, una creación léxica inventada por Cortázar, son criaturas fantásticas e imaginarias, inestables que sufren constantes dolores de cabezas producidos por el murmullo de quienes los crían. Extrañas piezas que recolectan trozos donados por distintos amigos o rescatados de la basura, son tratados por Sorrentino como piezas sonoras que se activan con el movimiento y son capaces de generar un concierto que traduce, de alguna manera, su procedencia. Un tablón de una cancha de fútbol, un piano o el sonido de los pájaros.

Vista de sala de "Yo, Frágil", en el Palacio Libertad.

Yo, frágil nos alienta a enfrentar una vulnerabilidad inquieta, un espejo de nuestra propia experiencia, la conciencia de que todos habitamos y construimos un tejido de profunda interdependencia. Los invitamos a recorrer este rizoma y a ser parte de esta polifonía sensorial en donde podremos escuchar aquello que los materiales, las superficies y los silencios también tienen para decir”. En suma, un recorrido que trabaja múltiples sensorialidades y poéticas que invitan a pensar.

  • Yo, frágil - VV.AA.
  • Lugar: Palacio Libertad,, Sarmiento 151, .4° piso, salas 402, 403 y 404
  • Horario: mié. a dom. de 14 a 20
  • Fecha: hasta el 13 de septiembre
  • Entrada: libre y gratuita.