Cuando los hijos son pequeños, los padres son el refugio lleno de amor y el centro de las enseñanzas. Para decirlo más claro: lo son casi todo en la vida de los niños y los adultos viven para ellos. Pero... cuando estos crecen y ocurre lo inevitable, los padres ya no son el centro y las relaciones se reconfiguran, muchas veces, con distintas necesidades entre cada uno.

Una madre reflexionó acerca del sentimiento que la invade con su hija de cuarenta y tantos años, que tiene su vida llena de actividades y que no está presente como le gustaría. Dice que sí tienen constante comunicación y no le falta contacto, pero sin embargo le pesa la diferencia que siente de cuando ella era el centro de su vida.

Las diferencias de relación cuando los chicos son pequeños a cuando ya tienen su propia vida: "Entiendo lo diferente que es de cuando yo era el centro de su vida". (Foto: Shutterstock).

La autora de esta historia asegura lo que muchos padres al llegar a la vejez sienten. No se trata de un abandono explícito de los hijos, pero sí es un vacío silencioso, una necesidad que no se llena con algunas llamadas o contacto.

Por lo general y en el grueso de los casos, madres y padres desde el nacimiento de los hijos viven para su cuidado y preparándolos para la vida adulta. Son su modelo. Como es lógico, cuando estos crecen los hijos ya no tienen el mismo contacto que antes sus padres.

Además, pueden estar inmersos en el mismo ciclo que hace un tiempo les tocó a ellos, y la visita a la casa de los viejos ya no es una prioridad. Ahí está el choque de sentimientos.

La reflexión de una mujer sobre su hija: "Me quiere como su vida se lo permite"

La mujer repasa lo que se dijo antes y que es una lógica de la vida misma: cuando su hija era un bebé, ella era todo su mundo. Repasó las noches en las que ella era su único refugio, cuidándola de los llantos, repasando el amor que le supo dar a esa pequeña. Así, repasó cada etapa de su vida de niña, jugando por la casa, cómo le contaba y preguntaba todo, los abrazos a la salida del colegio, etc.

Aseguró también que, incluso de adolescente, cuando ya no había confesiones y sí enojo contra ella, incluso seguía siendo a quien buscaba por un abrazo silencioso, sobreacogedor. "Seguía fluyendo a través de mí", rememoró. Dijo que, si bien ya corrigió su pensamiento para entender que su hija ya no es esa, una parte de ella la sigue pensando como a esa nena.

Pero ahora tiene cuarenta años, una casa que paga, un trabajo al que ella no entiende del todo y a los hijos (sus nietos). "Y la forma en que me ama ha cambiado a algo que no vi venir, aunque supongo que debería haberlo previsto", confesó sobre el quid de la cuestión.

La confesión de una madre que sabe que ya no es el centro de la vida de su hija y extraña ser parte de eso. (Foto: Shutterstock).

Repasó que la llama cuando puede, y eso encierra un significado profundo. Lo hace desde el coche, diez minutos, apurada entre la oficina y la salida del colegio de los nietos, o le manda un mensaje cuando se acuerda, también en medio de tareas que la desbordan y que casi siempre terminan con la frase: "Perdón, mamá, semana de locos. Te quiero".

La escritora entiende de la ley de la vida y el paso del tiempo. Sabe de lo que se trata, lo que vive su hija: "Yo viví la misma", reflexiona y sabe que no significa que la quiera menos. Sin embargo, sus sentimientos no pueden taparse.

Por el contrario, dice estar orgullosa de que su hija sea el centro del mundo de dos niños pequeños, que tenga un matrimonio qué cuidar y que no tenga tiempo para largas llamadas telefónicas. Sin embargo, confiesa, por las noches el silencio de su casa la hacen sentarse en el sillón con el teléfono, esperando un mensaje o llamado.

Testimonio citado de "As Told to Bolde" elaborado con narraciones de sus lectores.