Ninguna mirada es inocente, la mirada siempre tiene una intención”, esboza el artista, crítico y curador de arte Emmanuel Franco, mientras tantea, previo a su inauguración, la nueva serie de dibujos que montó en la galería Selvanegra. Al entrar a este espacio –con vidriera a través de la cual el movimiento frenético de una tarde en hora pico en la Av. Córdoba, se introduce y amalgama a la situación–, miles de ojos en las paredes se clavan sobre nosotros. Así, como cuando uno llega solo a una fiesta y se deja encerrar por miradas desconocidas que aún sin hablar “escudriñan, cuchichean”, según bien dice la artista Verónica Gómez.

En estos dibujos hay, bosquejados con distintas puntas de tinta negra –tan pura que parece metálica–, ojos abiertos, insomnes; otros con un brillo magnético, codicioso, en las pupilas en forma de luna. Algunos entrecerrados, como sospechosos, cansados o desorientados. Y otros sin pupila, con algo más macabro.

Emmanuel Franco, La monarca y su tristeza, Tinta sobre papel, 50 x 65 cm, 2026.

El artista parte de los ojos para componer otros cuerpos: hay un cielo oscuro y debajo la tierra, más clara, ambos con muchos ojos dentro, incluso también del tótem que los une. Todos expresan algo, es ahí cuando dejan de ser solo ojos y se convierten en mirada. Es en esa gestualidad que el ser se expone.

Titulada La Zoncera, esta muestra de Emmanuel Franco es un comentario sobre esa paradoja: “Hacerse el zonzo es una deliciosa estrategia de supervivencia”, continúa Gómez, invitada como curadora, en el texto. Ese título evoca a la “ingenuidad” con la cual una mirada puede esconder lo que quiere, lo que busca. A través de la cual un contenido también puede ser pesado, hasta pesadillesco, encriptado en lo liviano: “los surrealistas a través del garabato, que parece simple, condensaban algo súper denso”, sugiere Gómez. El texto también cita al libro de cuentos Conejo maldito, de Bora Chung: “Los objetos que van a contener una maldición deben ser hermosos”.

Emmanuel Franco, El linaje, Tinta sobre papel, 29,7x 42 cm, 2025.

También con eso tiene que ver la elección del rosa, asociado a lo tierno e infantil, para contrastar con el negro profundo que prima. Además, dicho color funciona como guiño a la disyuntiva del arte local propuesta por Roberto Jacoby, que enfrentaba al “arte rosa light” (despolitizado o superficial) con el “arte Rosa Luxemburgo” (políticamente comprometido). “Disfruto mucho de las cosas bellas pero que tengan también una picazón emocional, un peso. Me interesa lo enroscado”, remarca el artista.

Franco es licenciado en Curaduría por la UNA, publica crítica en medios especializados y coordinó los Programas Públicos del Moderno; hoy, el área de educación del Palais de Glace.

Emmanuel Franco, La niña Punk,Tinta sobre papel, 50x 65 cm, 2026.

El espíritu de estos dibujos, improvisados en el encuentro con el papel sin boceto previo, intercede en el espacio con unas cortinas fucsias que evocan al misterio de mirar de reojo, espiar, esconderse. A la noche y la fiestita de cumpleaños en los brillos. Hay distintos ánimos representados en rostros que se multiplican, soles que remiten al imaginario precolombino. Algo carnavalesco, con las emociones y la intensidad que aquello desentierra, las penas y alegrías y la noche y el día casi indiferenciados. También hay un autorretrato del artista disfrazado de New Romantic, con esa cosa barroca, montada, andrógina; la seda, el terciopelo y el maquillaje, que agregan capas y capas de secretos.

La muestra se puede visitar en la galería Selvanegra, Av. Córdoba 433 hasta fines de julio de 2026.