Mary Shelley tenía 18 años cuando una tormenta la obligó a pasar varias noches dentro de una casa junto al lago de Ginebra. Allí, durante el verano de 1816, comenzó a imaginar la historia que terminaría convertida en Frankenstein.
La novela apareció de forma anónima en 1818 y abrió con una escena distinta de la que después popularizaron el cine y el teatro.
En esas páginas aparece una de las frases más citadas de la autora inglesa. Robert Walton lleva años preparando una expedición hacia el Polo Norte y busca sostener una decisión que puede costarle la vida.
La enseñanza de Mary Shelley
La frase está en la primera carta de Robert Walton. El capitán afirma que nada tranquiliza tanto la mente como un propósito firme, “un punto sobre el cual el alma puede fijar su mirada intelectual”.
Walton no habla desde un lugar seguro. Organiza un viaje por el Ártico, admite que sus esperanzas cambian y reconoce que su ánimo cae con frecuencia.
La preparación había comenzado seis años antes. Acompañó a balleneros por el Mar del Norte, soportó frío, hambre, sed y falta de sueño, y estudió ciencias útiles para la navegación.
Durante el verano de 1816, comenzó a imaginar la historia que terminaría convertida en Frankenstein.
La meta ordena esas decisiones, pero Frankenstein no la presenta como una garantía. Walton también confiesa su deseo de gloria y la necesidad de que alguien corrija sus planes.
Ese matiz se vuelve más claro cuando conoce a Víctor. Los dos quieren llegar donde otros no llegaron, aunque uno todavía puede escuchar a su tripulación y el otro pierde la salud y el control sobre su creación.
La vida de Mary Shelley y la noche en que nació Frankenstein
Mary Shelley nació en Londres el 30 de agosto de 1797. Era hija de la escritora Mary Wollstonecraft y del filósofo William Godwin; su madre murió once días después del parto. Creció en una casa frecuentada por autores e intelectuales y recibió educación de su padre. A los 16 años se marchó con el poeta Percy Bysshe Shelley.
En 1816, Mary, Percy Shelley, Lord Byron y John Polidori pasaron parte del verano cerca del lago de Ginebra. El mal tiempo los mantuvo bajo techo y Byron propuso que cada uno escribiera una historia de fantasmas.
Mary imaginó a un estudiante arrodillado junto a un cuerpo al que había dado vida. Esa escena se convirtió en Frankenstein o el moderno Prometeo, publicado anónimamente en 1818 y revisado para una nueva edición en 1831. La autora continuó escribiendo ficción, libros de viajes, relatos y biografías. Entre sus obras aparece El último hombre, publicada en 1826 y ambientada en un futuro devastado por una epidemia.
Qué encontró la investigación sobre propósito y estrés
La Asociación Estadounidense de Psicología (APA) define el propósito vital como la percepción mental de una meta o una dirección en la vida.
Puede estar relacionado con objetivos cotidianos, vínculos, actividades o proyectos considerados valiosos, sin que necesariamente implique una misión extraordinaria ni la desaparición de los problemas.
Una investigación publicada en 2024 en la revista científica Stress and Health y registrada en PubMed, la base de estudios médicos y psicológicos de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, siguió a 303 adultos.
Mary imaginó a un estudiante arrodillado junto a un cuerpo al que había dado vida. Esa escena se convirtió en Frankenstein.
Los participantes respondieron tres veces por día, durante ocho jornadas, preguntas sobre su propósito vital y el estrés experimentado en ese momento.
Las personas con un propósito general más alto informaron, en promedio, menos estrés cotidiano. Sin embargo, cuando un participante se sentía especialmente impulsado por una meta en un momento determinado, también podía registrar más tensión.
Todavia no hay comentarios aprobados.