Hay duelos que no tienen misa, ni permiso laboral, ni llamadas suficientes, ni un marco social que los sostenga. Hay pérdidas que ocurren dentro de una casa y dejan un silencio desproporcionado: el comedero lleno, la manta doblada, la correa en el recibidor, el sofá con una forma que ya no volverá a ocupar nadie.
Para muchas personas, la muerte de un perro, de un gato, de un conejo o de cualquier animal con el que han compartido años no es solo la pérdida de una mascota. Es la fractura de una rutina, de una compañía, de una forma de amor cotidiano que no pedía explicaciones.
Judith López no habla desde el sentimentalismo, sino desde la práctica, la observación y el respeto. Repite varias veces una idea central: el dolor de cada persona es suyo. No se mide desde fuera. No se compara. No se ridiculiza. Se acompaña.
"Cada vez hay más personas vinculadas a animales"
-¿Cómo empieza tu relación profesional con el duelo?
-Empiezo a trabajar en duelo alrededor de 2008. Venía de hacer un posgrado en psicooncología y ahí ya me interesó más profundamente todo lo que tiene que ver con el acompañamiento en la pérdida. Después empiezo a trabajar en una empresa en Barcelona especializada en duelo, donde hacía asistencia presencial, asistencia in situ, siempre en situaciones de duelo y también en situaciones de trauma.
Judith López, psicóloga experta en duelo, acompaña en la pérdida de mascotas. Foto: Cedidas/La Vanguardia
-¿Hay diversos tipos de duelo?
-Había duelos que podríamos llamar naturales; y también había duelos críticos, complejos, derivados de accidentes, de muertes traumáticas, de situaciones sobrevenidas como accidentes o situaciones de impacto. Todo aquello en lo que una persona, de repente, se encuentra con algo que no puede integrar fácilmente porque ha sucedido de una manera brusca, inesperada, violenta.
Estuve mucho tiempo vinculada a este ámbito. Después me fui de aquella empresa, pero continué con otra, siempre de alguna manera en la misma línea. Es algo que me interesa profundamente porque puedo acompañar. Y acompañar, para mí, es una palabra muy importante.
-¿En qué momento aparece el duelo por la pérdida de animales?
-Desde que estoy en Lleida, hace ya unos seis o siete años, aunque presencialmente quizá llevo unos cuatro porque combino trabajo online y presencial, empiezo a ver una realidad. Al final, cuando pasan muchas personas por consulta, hay una especie de estadística interna. No es una estadística académica, pero sí una realidad que ves repetirse.
Empiezo a observar que cada vez hay más personas vinculadas a animales. Animales que hacen una labor social impresionante. Animales que sostienen la soledad. Animales que acompañan situaciones críticas que el humano está viviendo. Y todo eso merece un respeto enorme y una gran admiración.
-¿Cómo procede?
-Voy haciendo progresivamente un cambio. Decido dedicarme también a las personas que están vinculadas con animales. Personas a las que les pasa algo y quieren tener cerca a su animal. Personas cuyo animal enferma o muere y necesitan acompañarlo con dignidad, y al mismo tiempo ayudarse a sí mismas.
Yo estoy ahí. Y esto no nace de una teoría. Nace de lo que la gente me ha enseñado. Son las personas que han confiado en mí las que me han mostrado la realidad que hay.
-Hablas de una realidad social todavía no está reconocida.
-Exacto. Cada vez hay más animales en los hogares. Cada vez hay más animales que niños en muchas casas. Hay estudios que hablan de millones de animales de compañía en España. En Cataluña también hay cifras muy altas. Esto nos está diciendo algo. Nos dice que la relación entre humanos y animales ya no es algo anecdótico. Es una realidad social.
Y, sin embargo, muchas estructuras todavía no se han adaptado. Si se pierde un animal o muere atropellado en una carretera, muchas veces no hay un protocolo claro para contactar con la familia. Imaginate a una persona desesperada buscando a su animal y nadie le comunica que ha muerto. También hay accidentes de tráfico en los que la persona lleva al animal en el coche.
-¿Qué pasa con ese animal si la persona acaba en el hospital? ¿Quién lo atiende? ¿Quién se responsabiliza?
-Hace poco, por ejemplo, cerca de Cervera, un señor sufrió un incendio en su casa y tuvo que estar ingresado unos días en el hospital de Igualada. El refugio de Cervera, que conozco, se hizo cargo de sus animales hasta que él pudo volver. Eso lo hicieron porque son así, porque tienen sensibilidad, pero no porque exista un sistema estipulado.
Y ahí hay un problema. Porque la persona está en el hospital, pero además sufre pensando: “¿Y mis animales qué?”. Hay toda una realidad social de la que no se está haciendo cargo nadie de manera suficiente. Y las personas sufren. Sufren mucho.
El cerebro no dice: “Esto era un perro, por tanto duele menos”
-Cuando una persona pierde a su animal, ¿el cerebro vive esa ruptura como una pérdida real?
-Si vamos a buscar una publicación científica que diga literalmente que perder a un animal es neurológicamente igual que perder a una persona, quizá no encontraremos esa frase exacta formulada así. Pero si vamos a cómo funciona el cerebro cuando se vincula a algo -un objeto, un lugar, una persona, un animal-, el vínculo activa circuitos.
"Cuando ese vínculo se rompe, el circuito de ruptura, de pérdida y de dolor es real". Foto: Shutterstock
Y cuando ese vínculo se rompe, el circuito de ruptura, de pérdida y de dolor es real.
-¿Cómo responde el cerebro ante eso?
-El cerebro no dice: “Esto era un perro, por tanto duele menos”. No funciona así. El vínculo existe. Y cuando se rompe, la persona sufre. El problema es que, si no hay una representación social de ese dolor, si no hay un sistema educativo, sanitario, político o social que lo reconozca, el humano se queda desamparado. Se queda solo con un gran sufrimiento.
Y encima puede recibir mensajes como: “Bueno, era un animal”, “no hay para tanto”, “te compras otro y ya está”. Pero eso no es verdad. Esa no es la realidad que muchas personas están viviendo.
-¿Te encuentras con personas que llegan por ansiedad o malestar y detrás aparece una pérdida animal no trabajada?
-Sí. Estoy atendiendo a personas que llegan con ansiedad, por ejemplo. Y cuando rascas, rascas, rascas, aparece algo. De repente descubres que esa persona llegó un día a casa y se encontró a su perro muerto. O vivió una muerte traumática de su animal. Y a partir de ahí se quedó algo abierto.
Puede haber un estrés postraumático, puede haber un trauma, puede haber un sufrimiento que no se ha integrado. Entonces, claro que hay ansiedad, pero tenemos que ir al trauma. Hay muchas cosas que no están bien nombradas, bien conocidas, bien colocadas. Y mientras no se trabaja, la persona sostiene ese sufrimiento durante mucho tiempo.
-¿Cuál sería el primer paso para quien acaba de perder su animal?
-Lo primero es el reconocimiento. Si yo tengo una pérdida y tengo un sufrimiento, tengo que reconocer que esto me ha sucedido y que es real para mí. Igual para ti no es real. Igual tú no lo entiendes. Pero me da igual. Esto me está sucediendo a mí y es real para mí.
Y si es real para mí, tengo que poder verbalizarlo. Tengo que poder llorar. Tengo que poder hablar. Si tú estás a mi lado, muchas veces no necesito que me digas grandes cosas. Necesito que me acompañes y me escuches. Presencia. Muchas veces no necesito nada más.
El sistema necesita ventilar. Yo ventilo, y luego cada persona lo vivirá a su manera. Cada uno necesitará unas cosas u otras. Es personal, único e intransferible.
-Hablas mucho de respeto.
-Porque es fundamental el máximo respeto por los procesos. Es mi realidad. Si para ti no lo es, no pasa nada. Pero respétame. A veces alguien sufre porque se le ha rayado un coche carísimo. A otra persona le puede parecer absurdo, pero para esa persona es su sufrimiento. Pues respétalo.
El sufrimiento no se juzga desde fuera. En el duelo por un animal pasa lo mismo. Respeta mi sufrimiento. Respeta mi proceso. Respeta mi percepción de la realidad; porque puede ser una, pero nadie la percibe igual.
Judith López junto a sus perros. Foto: Cedidas/La Vanguardia
-¿A qué te refieres?
-A que todos la vivimos desde percepciones psíquicas individuales. Si no eres capaz de acompañar desde el máximo respeto, mejor deja a la persona tranquila. No toques el tema. A veces, incluso frases socialmente aceptadas como “te acompaño en el sentimiento” pueden molestar a alguien. Hay personas que no quieren escuchar eso. Porque sienten que su dolor es un territorio íntimo, privado.
-Entonces no hay una fórmula universal.
-No. No quiero una fórmula genérica. Quiero mi fórmula. La persona tiene que encontrar su manera. Igual tiene que reconocerla, buscarla, construirla. Además, cada pérdida no tiene por qué ser igual. Una persona puede tener dos perros y vivir la pérdida de cada uno de manera distinta, porque el vínculo con cada animal es diferente.
La representación interna de cada uno será distinta. Por eso no sirve decir: “A mí me fue bien esto, hazlo tú”. Me parece perfecto que a ti te funcionara, pero igual yo necesito otra cosa. Ese proceso requiere tiempo. No es “lo entierras y te olvidas”. No funciona así.
-¿Qué ocurre después del primer impacto de la pérdida?
-Después llega algo muy importante: aprender a vivir con el recuerdo. Antes vivíamos con la presencia de la mascota y ahora tenemos que aprender a vivir con su recuerdo.
Es otra fase de la vida. Hay que aprender a vivir con el recuerdo de ese animal, porque ese recuerdo también da anclajes mentales, apoyos, muletas internas para vivir una vida sin esa presencia física, pero con la información emocional de lo que ha sido.
Porque para mí ha sido. Ha existido. Ha formado parte de mi vida. Y con el paso del tiempo, si el proceso se acompaña de una forma respetuosa, la persona podrá soltar, respirar y vivir más tranquila. Y si quiere volver a vincularse con otro animal, precioso. Y si no quiere, también. Cada uno tiene su ritmo.
-¿Puede una persona quedarse encerrada en la negación?
-Sí. Puede pasar. Pero es importante entender que la resistencia a la aceptación no suele ser algo voluntario. Es fruto del propio sufrimiento. Es fruto de lo que duele aceptar que eso que yo quiero ya no está en mi vida.
Por eso tienen que ser procesos tan respetuosos. No puede ser de otra manera. La no aceptación puede durar mucho, porque el tiempo no se puede medir de una forma estándar. Son procesos individuales.
Hay personas que llegan a un punto y dicen: “Vale, ha llegado el momento de aceptar esto, de integrarlo, de soltarlo”. Y hay otras que dicen: “No puedo. Necesito vivir todavía así. No puedo aceptar que esto ya no está”. Y hay que acompañarlo desde ahí.
-Se dice mucho que el tiempo lo cura todo. ¿Es verdad?
-No exactamente. El tiempo acompaña y ayuda. Pero la persona también tiene que responsabilizarse de sus procesos. Y aquí hay un problema: no nos han educado para eso. No nos han enseñado. Hay cosas que deberían estar en las escuelas: educación emocional, trabajo emocional, respeto, herramientas para vivir. Y no están.
Entonces llegamos a la edad adulta con una gran falta de información y de conocimiento sobre cómo atravesar de una forma sana y natural las complejidades de la vida. Faltan herramientas. Falta información. Falta conocimiento sobre quiénes somos como seres vivos y cómo funcionamos como humanos.
-¿El duelo por un animal se vive de forma distinta según la edad?
-Más que una diferencia generacional, creo que hay formas distintas de abordarlo según el conocimiento y las experiencias previas. Un niño de cuatro años que pierde a su animal no tiene un mapa de referencia previo. Su cerebro no sabe dónde colocar eso.
Una persona de cuarenta años quizá sí ha tenido pérdidas anteriores, o quizá no. Quizá también es su primer mapa. El cerebro necesita mapas previos. Si no los tiene, los tiene que construir. Cuando ya has vivido algo parecido, aunque no sea igual, puedes decir: “Vale, ya sé un poco cómo funciona esto”.
Pero cuando no hay referencia, todo es más difícil. En cualquier caso, cada suceso es diferente. Cada vínculo es diferente. Cada pérdida enseña algo distinto.
-¿Cuánto puede durar un acompañamiento psicológico en estos casos?
-Es personal, individual e intransferible. Hay personas que con cuatro pinceladas tienen suficiente. Otras necesitan venir de vez en cuando. Lo importante es entender que los procesos de acompañamiento psicológico no tienen por qué ser largos.
Hay una falsa creencia sobre eso. Yo me adapto al ritmo de la persona. Porque es su proceso, no el mío. Yo no soy nadie para decidir por ella. Puedo recomendar. Puedo decir: “Mira, estamos en una situación aguda, quizá en lugar de vernos dentro de un mes nos vemos dentro de quince días”.
Y la persona puede decir que sí o puede decir: “Judith, necesito más tiempo”. Y entonces yo estoy aquí. Es un trabajo a medida. Quien está viviendo la situación manda. Yo estoy al servicio. No mando, no ordeno. Acompaño.
-¿Cuál es, para ti, el gran reto social en torno al vínculo animal-humano?
-Creo que hay una gran falta de humildad sobre quiénes somos. No somos nada por encima de la vida. Necesitamos una aceptación profunda de nuestra humildad y un gran respeto por quienes nos acompañan: los animales, la naturaleza, todos los seres vivos. Todos formamos una unidad. Todos nos necesitamos. El problema es que nos falta conciencia y nos falta acompañamiento.
El gran reto es reconocer, acompañar, ayudarnos. Entender que nos necesitamos y nos complementamos. Cuando nos encerraron durante los primeros meses de la pandemia, el planeta Tierra hizo un cambio. Eso también debería hacernos pensar en el lugar que ocupamos. Necesitamos colocarnos donde realmente estamos. No por encima de todo, sino formando parte de algo.
"El gran reto es reconocer, acompañar, ayudarnos". Foto Shutterstock
-¿Qué deberían hacer las administraciones y los responsables políticos?
-Primero, escuchar. Luego reconocer. Aceptar que esto está pasando. Y después poner la maquinaria a funcionar. Para eso están. Hace falta legislación, sí, pero también sistemas reales que acompañen al animal y al humano. Porque el vínculo animal-humano tiene que estar encima de la mesa ya.
Es una realidad social, política y económica. Si los políticos no se ponen las pilas, van a tener un gran problema. De hecho, ya empiezan a tenerlo. Y esto no va solo de dinero ni de abrir centros de salud mental. Va de reconocer una realidad que ya existe. Va de crear estructuras que acompañen.
-¿Qué mensaje te gustaría dejar a quienes lean esta entrevista?
-Primero, dar las gracias a todas las personas que han confiado en mí, que me han dado esta información y me han permitido hacer también un cambio de vida profesional. Y agradecer a todos los animales lo que aportan a la sociedad, que es mucho.
Creo que el nivel sociopolítico, socioeconómico y sociosanitario todavía no lo está representando bien. Y, por tanto, no está ayudando ni al animal ni al humano.
-¿Es un tema que debe ir a debate?
El vínculo animal-humano tiene que estar encima de la mesa ya. No es una cuestión menor. No es una exageración. Es una realidad. Y cuando un animal muere, no desaparece “solo un animal”. A veces desaparece una forma de compañía, de rutina, de amor y de sostén que había mantenido en pie a una persona durante años.
Por eso el duelo merece respeto. Merece escucha. Merece tiempo. Y merece ser reconocido como lo que es: una pérdida real para quien la vive.
David Escamilla, La Vanguardia.
Video
Por qué son tan importantes los animales en nuestra vida
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