Me debo estar poniendo grande porque me descubro con ganas de contar anécdotas que nadie me pidió. Sobre todo de mi juventud, cuando nos comunicábamos sin celulares, nos entreteníamos sin plataformas y hacíamos y periodismo sin Internet. Mi primer trabajo es un buen ejemplo. Promediaban los noventa, las computadoras eran una novedad, y para conectarse al modem había que aguantar tres minutos de una sinfonía de pitidos como de tostadora poseída.
Yo tenía quince años y - por primera y única vez en mi vida- fui emprendedora, aunque esa palabra todavía ni se usaba. Estaba en tercer año del secundario y decidí crear mi propia revista. Era la época dorada del papel, cuando para informarse no había más remedio que ir al kiosko a comprar el diario. Mi idea era modesta pero viable: un fanzine para consumo interno del colegio que abordara temas estudiantiles, criticara las materias aburridas y parodiara a las autoridades antipáticas, con humor, ironía y una onda de comic casero. Me lancé a escribir y las notas salían solas: rankings de preceptores odiados, identikits de estudiantes cancheros, crónicas del campo de deportes... Pensé un título, un diseño de tapa, ilustré todo con mis propios dibujos y armé el primer original.
Pero para llevar el sueño de mi pupitre al de todos mis compañeros, me faltaba una pieza fundamental: la producción comercial. Necesitaba sponsors para pagar las fotocopias. Entonces salí a recorrer los kioskos, bares y librerías de los alrededores y convencí a varios comerciantes de convertirse en anunciantes. Mi principal patrocinador fue la propia fotocopiadora del colegio que, con un descuento importante, me permitió imprimir mis primeras trescientas copias.
Esa tarde volví a casa sintiéndome Clark Kent, aunque para levantar todo ese papel me hubiera convenido más ser Superman. Pasé la noche doblando y armando los ejemplares y al día siguiente volví a cargarlos, haciendo equilibrio en el subte, y sin saber si terminarían juntando polvo debajo de mi banco. Pero el resultado fue mejor de lo que esperaba: en solo dos días me sacaron de las manos las trescientas copias y pronto la revista se volvió un objeto de culto entre la estudiantada. Las vendí a un peso cada una y esa semana gané mis primeros trescientos pesos. Eran trescientos dólares, porque estábamos en convertibilidad, una pequeña fortuna para una adolescente. Era la primera vez que me ganaba mi propia moneda y pensé que en adelante todo iba a ser así de sencillo. Saqué dos números al año hasta que egresé, seis en total, con lo que armé mis primeros ahorros.
Al terminar el colegio ingresé al mercado de trabajo formal y tuve que adaptarme a otras lógicas. Nunca más escribí con tal libertad, ni me divertí tanto, ni gané plata tan fácil como en esos años. Pero el bichito del periodismo jamás me abandonó, y aquí sigo, tratando de sacarle una sonrisa a mis lectores, aunque no me haya ocupado personalmente de doblar y vender este diario.
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