El martes 30 de junio por la tarde, en La Habana, Cuba, murió a los 84 años Aitana Alberti León, poeta, antropóloga e hija de los escritores María Teresa León y Rafael Alberti.

La conocí personalmente una tarde de mayo de 2009, cuando asistí a una conferencia que ofreció en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Me conmovieron la profundidad de su voz y ese acento argentino que nunca abandonó, pese a haber vivido gran parte de su vida lejos del país donde nació.

Aitana conocía los trabajos que realizábamos junto a Enrique Llopis sobre el exilio republicano español en la Argentina. Durante varios años intercambiamos numerosos correos electrónicos –ella desde La Habana y yo desde Buenos Aires–, unidos por una misma pasión por la memoria, el exilio y la historia compartida entre nuestros pueblos.

En uno de sus correos me escribió con una emoción que aún hoy resuena en mi memoria: "Me parece magnífico que hayan hecho libros sobre mis padres y este precioso documental". A partir de entonces, nuestros mensajes se poblaron de palabras de afecto y complicidad. En los encabezados dejó de llamarme "Alicia"; luego pasó a escribir "Ali querida" y, con el tiempo, simplemente "A.". Ese pequeño gesto resumía la cercanía que había nacido entre nosotras.

Hoy, mientras la despido con emoción, siento la necesidad de volver sobre su historia. Porque la vida de Aitana Alberti no comenzó en La Habana, ni en Roma, ni en ninguno de los tantos lugares que marcaron su exilio. Comenzó mucho antes, el 9 de agosto de 1941, en Buenos Aires, ciudad donde nació en medio de una de las travesías más dolorosas y fecundas de la cultura española del siglo XX.

Sus padres habían llegado a la Argentina en busca de refugio al finalizar la Guerra Civil Española. El 2 de marzo de 1940 descendieron del vapor Mendoza y este país les ofreció aquello que más necesitaban: paz, un lugar donde comenzar de nuevo y, poco después, una hija que se convertiría en la mayor fuente de esperanza de aquellos años.

A los pocos días de arribar a Buenos Aires viajaron a Villa del Totoral, en la provincia de Córdoba. Allí los recibió su amigo el abogado Rodolfo Aráoz Alfaro, quien puso a su disposición una casa para que permanecieran mientras regularizaban su residencia en el país. Fue también en Totoral donde el doctor Gregorio Bermann –médico, psiquiatra y entrañable amigo de ellos– les confirmó el embarazo de María Teresa León, anunciando el comienzo de una nueva vida en tierra americana. La propia escritora evocó ese instante en Memoria de la melancolía:

Rafael Alberti, María Teresa León y Aitana en su casa de Punta del Este, “La Gallarda”.

"...el doctor Bermann me besó la mano. ¡Enhorabuena! ¿Se dan cuenta de cómo se inflamó el aire?"

La noticia los llevó nuevamente a Buenos Aires. María Teresa recordaría que una tarde llegaron sus amigas, las escritoras Martha Brunet y Sara Rojas Paz, con las manos cargadas de bordados, encajes y pequeñas prendas para la niña que estaba por nacer: "todo lo que una criatura feliz va a necesitar al abrir sus ojitos".

Y llegó Aitana. Su nacimiento llenó de luz aquellos días marcados por el desarraigo. Poco después, la familia regresó a su refugio cordobés. La primavera, los árboles y la tranquilidad de Totoral acompañaron los primeros meses de aquella niña. Allí también estaba Ramona, una mujer criolla, fuerte y generosa, que la cuidó como si fuera su propia hija mientras Rafael Alberti y María Teresa León retomaban lentamente su trabajo literario. La poesía y la escritura volvían a poblar la vida cotidiana.

Aitana Alberti y el editor Víctor Redondo, el 28 de febrero de 2012, en un homenaje a Rafael Alberti en Buenos Aires. EFE/Cézaro De Luca

Una vez regularizada su situación migratoria, la familia se instaló definitivamente en Buenos Aires. Aitana dio sus primeros pasos en el departamento de la avenida Santa Fe, casi esquina República Árabe Siria. Esos instantes quedaron registrados en una cámara de cine y décadas después fueron rescatados por su hija Marina Alberti para su documental Aitana.

La familia creció al ritmo de la ciudad. Más tarde se mudaron a una casa con jardín sobre la calle Las Heras, muy cerca del Jardín Botánico, un lugar que Aitana evocó con profunda emoción en La arboleda compartida: "Hija al fin de la gran ciudad, tuve un primer atisbo de la Naturaleza, domesticado y reducido como cabecita de indio jíbaro, en el Jardín Botánico, a un tiro de piedra de nuestra casa de calle Las Heras. (...) Mi padre y yo elegimos, para desconsuelo de la tata Ramona, pasar la tarde pura de mi noveno cumpleaños a bordo del laberíntico jardín. Él se instalaba en un banco con un cuaderno en las manos y escribía o dibujaba, abstraído de mar y tierra, mientras yo descubría nuevos motivos de maravilla o espanto... Palermo, el amoroso y culto Botánico, lugares que juntos nos tuvieron. Recintos mágicos de mi infancia... Pasión por Buenos Aires, remoto amor perdido, que retorna en esta tarde diáfana de mi cumpleaños."

Aquella niña siguió creciendo rodeada por algunas de las figuras más importantes de la cultura hispanoamericana del siglo XX. Por la casa familiar pasaban, además de sus padres, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Norah Lange, León Felipe, María Carmen Portela, Gregorio Bermann, Lino Enea Spilimbergo, Ilyá Ehrenburg, Luis Seoane, Delia Garcés, María Rosa Oliver, Victoria Ocampo, Perla Rotzait, Pablo Picasso y tantos otros que hicieron de su infancia un territorio excepcional, donde la vida cotidiana se entrelazaba con la creación artística, el pensamiento y la memoria del exilio.

Aitana Alberti en el Centro Cultural de España en Buenos Aires en un homenaje a su padre, el 19 de noviembre de 2003. Foto EFE / Leo La Valle.

En 1947 llegaron los pinares de Punta del Este. Aitana descubrió allí otro de los paisajes luminosos de su infancia. La familia pasaba los veranos en la casa que el arquitecto Antonio Bonet les había proyectado, construida gracias al éxito de La dama duende, la película dirigida por Luis Saslavsky, con guion de Rafael Alberti y María Teresa León, y protagonizada por Delia Garcés y Enrique Álvarez Diosdado. Uruguay fue el refugio de los meses cálidos: las playas, la bicicleta, los amigos y el amor de sus padres fueron el universo feliz de aquella niña.

En una entrevista publicada en 1949 por la revista Mucho Gusto, le preguntaron a María Teresa León cómo educaba a su hija. La respuesta parecía anticipar el destino de Aitana:"Como soy una madre presuntuosa, convencida de las dotes de Aitana, pretendo que se acerque a la perfección, sin quemarse en ella. Pues a mi hija yo quisiera dotarla de todas las armas defensivas y ofensivas que puede dar la vida."

A mediados de los años cincuenta la casa de Punta del Este ya no estaba, pero los veranos conservaron su refugio. El mar fue reemplazado por el majestuoso Paraná, ese "río que sueña en ser mar". En la célebre Quinta del Mayor Loco, en San Pedro, a orillas del río "ocre y quieto", como lo llamó Rafael Alberti, la niña americana siguió creciendo. Allí la paz dejaba de ser un deseo para convertirse en una forma de vida.

Alberti le escribió a Buenos Aires cuando se fue de aquí, donde nació su hija Aitana.

La niña se transformó en una adolescente de extraordinaria sensibilidad, lectora incansable y poeta precoz. Aitana ya volaba hacia otros horizontes. Estudió Antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires durante los intensos años sesenta. Quienes compartieron aquellas aulas –entre ellos Elena Frondizi, hija del expresidente Arturo Frondizi– la recuerdan como una joven brillante, inquieta y rebelde.

Pero en 1963 llegó otra despedida. Rafael Alberti, María Teresa León y Aitana dejaron la Argentina para continuar su largo destierro en Italia. Más tarde vendrían las visitas a Pablo Picasso en Mougins, una intensa producción literaria y una tarea incansable de difusión de la obra de sus padres y de los escritores de la Generación del 27. En sus memorias, reunidas en La arboleda compartida, también dejó testimonio de aquella infancia argentina que nunca dejó de habitarla.

Fue madre de Marina y Altea. Finalmente encontró su hogar en La Habana, donde presidió la Cátedra Rafael Alberti de la Universidad de La Habana y dirigió el espacio cultural Fe de vida: Imagen y palabra. Publicó los poemarios Pupila al viento (1998), Y de nuevo nacer (1999) y Amazona en la centella (2016), además de los libros de relatos Inquilinos de la soledad (2006) y Cuentos persas (2018).

María Teresa León con Aitana en 1949, en la revista Mucho Gusto.

Cuando regresó a Buenos Aires para participar de la Feria del Libro, en aquella conferencia donde tuve la fortuna de conocerla, un periodista le preguntó qué significaba esta ciudad para ella. Aitana respondió con una frase que resumía toda una vida:"Buenos Aires es tener un punto de retorno en el planeta; es el lugar del regreso."

Quizá por eso nunca perdió su acento argentino. Tampoco perdió la memoria de aquellos árboles de Totoral, del Jardín Botánico, del Paraná, de las calles porteñas ni de esa patria afectiva que había nacido del exilio.

Hoy vuelve definitivamente a ese territorio de la memoria. Y quienes tuvimos el privilegio de conocerla, de leerla o de escucharla, sabemos que seguirá regresando cada vez que alguien pronuncie su nombre.

Hasta siempre, Aitana. Bella niña americana.

Alicia Ovando es autora de Amigas mías. El exilio argentino de María Teresa León (1940-1963).

"Amigas mías", de Alicia Ovando.