En la película “La grazia”, de Paolo Sorrentino, un presidente ficticio, al fin de su mandato, carga con el peso de una decisión que no puede postergar: firmar o no una ley de eutanasia que su hija le reclama. Retrata a un hombre complejo, casi indolente, que duda. Sorrentino ilumina un rincón del alma humana que la política suele esconder: decidir por el bien común sin caer en dogmas ni cinismos, es decir, con gracia.
El primer ministro británico saliente, Keir Starmer, enfrentó algo similar. Anunció la prohibición de las redes sociales para menores de dieciséis años. “Hacen a los niños infelices e inseguros”, dijo, y, como padre y como primer ministro, no podía seguir dejando pasar eso. Sigue al movimiento “digital backlash”, o contrareacción al exceso de tecnología, iniciado en Australia, Francia y Suecia. Según la Unesco, los países que implementaron restricciones en escuelas alcanzaron el 60% este año.
Jonathan Haidt, con su influyente libro, La generación ansiosa, impulsó el debate al sostener que estamos viviendo un “gran recableado” de la mente infantil. Argumentó que los teléfonos inteligentes junto al diseño adictivo de redes sociales provocaron una epidemia de enfermedades mentales.
En EE. UU., los niveles de ansiedad en jóvenes aumentaron un 139% en 11 años y un 106% de depresión. Candice Odgers desplaza la causa de la crisis mental a padres con desequilibrios o adicciones graves. Las prohibiciones, observa, no mejoran la salud mental y, al estar solos, los llevan a consumos digitales aún más problemáticos.
El debate está abierto, pero el consenso sobre la epidemia de salud mental es sólido. En Argentina, según datos oficiales, la tasa de suicidios aumentó 21,6% en 2025 respecto al año anterior y pasó a ser desde 2022 la principal causa de muerte de jóvenes. En Uruguay, el presidente Orsi lanzó un plan nacional de salud mental con énfasis en las escuelas secundarias.
Ahora, ¿podríamos conformarnos solo con repartir culpas entre plataformas y padres abandónicos? No estaría mal, para mantener el estado de gracia, hacer doble clic en el malestar juvenil que afecta tanto al centro capitalista como al sur global. Un patrón común que encontramos en países tan diversos como China, Marruecos, Inglaterra, Argentina y Uruguay es la incertidumbre sobre el futuro, el desempleo juvenil y el endeudamiento crónico.
En EEUU, hasta egresados de Harvard tienen dificultades para el primer empleo, y abuchean a los speakers laudatorios de la IA en los actos de graduación. En Argentina hemos llegado a la distopía: el caso extremo de repartidores de plataformas endeudados con las mismas plataformas para reparar sus bicicletas y motos. Se trata del fenómeno de una nueva anomia del realismo capitalista que Mark Fisher supo describir con lucidez.
El concepto de anomia lo formuló Durkheim en El suicidio, publicado en 1897, en el que estableció la relación causal entre la salud mental y la transición hacia la sociedad industrial. Para pensar el desafío del capitalismo informacional, esta nueva anomIA emerge cuando el orden social no garantiza un umbral de proyectos de futuro para los jóvenes, provocando el deterioro de la cohesión que, en vez de canalizarse en protesta pública, los hunde en miedo, ansiedad, depresión y, en casos extremos, en el suicidio.
Las democracias desagraciadas, para no caer en el capitalismo digital autoritario, tienen que ser capaces de dar propósito. La crisis no es de naturaleza exclusivamente tecnológica ni puramente social, sino una amalgama íntima que desplaza a instituciones como la familia, el trabajo, la escuela o la comunidad hacia una supuesta obsolescencia programada, solo imaginada en las oscuras fantasías del Silicon Valley.
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