Durante más de setenta años, la Afrodita de Hamilton permaneció casi olvidada en una residencia de Barrio Parque. Cuando la escultura fue subastada en Sotheby's y alcanzó los 24,5 millones de dólares, parecía una historia más del mercado del arte. Federico Fahsbender vio allí el comienzo de otra historia. Durante tres años siguió el rastro de esa escultura hasta reconstruir la intimidad de una de las familias más poderosas y reservadas de la Argentina.
Federico Fahsbender es periodista de investigación. Foto: redes sociales.
No es casual que Fahsbender haya llegado hasta allí. Después de más de dos décadas dedicado al periodismo de investigación –primero en la revista Gente y luego como creador de la sección Policiales de Infobae– desarrolló un método apoyado en documentos, expedientes y testimonios antes que en versiones interesadas.
Esa experiencia atraviesa La Diosa de Thyssen (Aguilar), donde reconstruye la caída de un linaje acostumbrado a vivir lejos de la mirada pública.
Heredero de un imperio
En el centro del relato está Federico Augusto Zichy Thyssen, heredero del imperio del acero y nieto de Fritz Thyssen, el empresario alemán que financió el ascenso de Adolf Hitler antes de romper con el régimen nazi y terminar exiliado en la Argentina.
Dueño de una fortuna extraordinaria y de una existencia marcada por el exceso, Federico convivió con una severa adicción al Demerol, litigó contra sus propios hijos y terminó aislado de casi todos quienes lo rodeaban.
“Al menos en los papeles, Federico Zichy Thyssen pasaba en pocas semanas de ser un paciente psiquiátrico... a un apasionado estratega judicial”, describe la transformación del hombre. De la vulnerabilidad absoluta a la contraofensiva legal.
La fuerza del libro está en el trabajo documental. Miles de fojas judiciales, cartas privadas, expedientes civiles y penales e informes médicos permiten seguir la lenta descomposición de una familia acostumbrada a resolver sus conflictos puertas adentro.
Entre esos documentos aparecen escenas difíciles de olvidar. En una carta escrita en 1990, Federico les recomienda a sus hijos: “No aspiren sólo a ser ricos y sólo trabajar para ser ricos. Esfuércense, en vez de eso, para encontrar la felicidad para amar y ser amado, y más importante todavía, para adquirir paz de espíritu y serenidad”. Leída luego de cerrar el libro, esa frase adquiere una dimensión inesperada.
También impacta el episodio de su funeral, interrumpido por la Policía Federal tras una denuncia por muerte sospechosa, una escena que resume la escalada de la disputa familiar.
Fahsbender no se limita a ordenar documentos. Lee los expedientes como un cronista y encuentra en ellos una trama donde cada hallazgo abre una nueva pregunta. No le interesan tanto las extravagancias de la riqueza como las huellas que el poder deja en cartas, causas judiciales y conflictos familiares. El lujo está presente, pero nunca desplaza lo esencial.
El séptimo hijo del conde
Entre los nombres que aparecen en la investigación, Larry Vega ocupa un lugar singular. Empleado estatal de Curuzú Cuatiá, sostiene ser el séptimo hijo del conde y espera que una exhumación permita realizar un estudio de ADN para confirmar su identidad. Mientras los herederos reconocidos disputan bienes en tribunales europeos, él busca algo mucho más elemental: saber si realmente pertenece a esa familia.
Federico Fahsbender es periodista de investigación. Foto: Clara Muschietti, gentileza.
Son los detalles los que terminan de darle espesor al relato: los salones donde circulaban langostinos y caviar mientras el conde se consumía físicamente; el estandarte de seda con el escudo familiar; el Patek Philippe en la muñeca de un hombre que seguía aferrado a los símbolos del poder cuando todo a su alrededor empezaba a desmoronarse.
En una de las secuencias más reveladoras, Federico viaja en primera clase con un vaso de scotch en la mano y admite, casi como una confesión: "Firmé algo que no debía." Lo dicho condensa el tono de toda la investigación.
Aunque el despliegue documental obliga por momentos a seguir con atención una compleja trama de parentescos, litigios y acuerdos patrimoniales, esa densidad nunca termina por desviar el eje principal del relato. Fahsbender administra la información con inteligencia y consigue que cada documento encuentre su lugar dentro de una historia que avanza con naturalidad.
Cuando empezó a seguir el rastro de la Afrodita de Hamilton, Fahsbender investigaba la historia de una escultura. Al terminar el libro, esa estatua ya no representa una pieza extraordinaria del mercado del arte, sino el vestigio más elocuente de una dinastía en ruinas.
La Diosa de Thyssen, de Federico Fahsbender (Aguilar).
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