Las naciones y sus gobiernos son organismos cada vez más débiles. Esto se observa con particular claridad en Europa, un continente que históricamente ha sufrido el impacto del nacionalismo, con territorialidades e historias complejas que aún hoy generan fricción: pensemos en los casos del País Vasco o Cataluña, pero también del Reino Unido entre Escocia, Irlanda, Inglaterra, Gales, solo por mencionar algunos.
Ante esta complejidad, un nuevo paradigma se abre paso con rigor, arrollando lo que sea necesario: partidos políticos tradicionales, monarquías, religiones e incluso la constitución familiar y es sobre qué significa ser un francés, un español, un inglés, etc. La migración ha llevado nuevas culturas y formas de vida a Europa que movilizan a movimientos de extrema derecha, pero también generan reacciones en el progresismo para incorporar esas diversidades ¿En el medio? Una crisis de identidad aún irresoluta.
La identidad se construye a partir de lo que "sí somos", pero, también, de lo que "no somos". Tener un enemigo común o un chivo expiatorio permite reafirmar la seguridad colectiva y creer que se detentan los valores morales más altos. El fútbol como movilizador de pasiones, globalizado hasta el hartazgo, no puede ser ajeno a esa situación.
Desde el Mundial de Rusia 2018 se venía insistiendo en que "el fútbol de verdad" se jugaba en Europa. Esta premisa —que podría desmontarse y relativizarse desde múltiples ángulos y que valdría una nota aparte sobre la disputa discursiva entre América y Europa— chocó de frente con la consagración de Argentina en Qatar. Lo que siguió fue un ataque constante en redes sociales a lo largo de cuatro años, al que se sumaron otros países americanos, alimentando una posverdad en la que, de repente, un penal era un "regalo" y no una situación de juego. De nuevo, valdría la pena analizar en otro artículo las polémicas arbitrales y los lugares comunes donde siempre se sitúa a Argentina como la gran "beneficiada".
Esta animosidad se fue recargando a lo largo del torneo de 2026 y encontró su punto de ebullición en el partido contra Egipto. Bastó con señalar de racista a un equipo al que ya se venía estigmatizando por su "ausencia de heterogeneidad racial" (aún seguimos esperando las pruebas) para que se exigiera parar el partido, justamente en un momento en el que al combinado africano se le escapaba el resultado.
Pero, para salirnos un poco del foco propio: la FIFA implementó la extraña regla de sancionar a quien hablara a un rival tapándose la boca, producto de lo ocurrido meses atrás entre Gianluca Prestianni y Vinícius Júnior en el partido entre Benfica y Real Madrid. Vinícius lo acusó de llamarlo "mono" y, solo con la palabra del jugador brasileño y la presión de Kylian Mbappé, se logró que el futbolista argentino sufriera seis fechas de suspensión. Quizás lo dijo, quizás no, pero entramos en una dinámica de justicia donde se es culpable hasta que se demuestre lo contrario.
Resulta contradictorio que Mbappé se haya erigido en la cara visible del progresismo y los "buenos modales" europeos, cuando ha sido uno de los principales promotores de la división entre el fútbol europeo y el latinoamericano. De esos mismos "buenos modales" en la cancha, recordamos su burla a risotadas ante Harry Kane cuando erró el penal en 2022 o los duros insultos hacia los jugadores paraguayos durante este mundial, donde le negó el saludo al arquero Orlando Gill. No lo dijo con la boca tapada; había pruebas claras. Aun así, pudo jugar el resto del torneo.
La regla de la boca tapada solo la sufrieron dos futbolistas durante el Mundial: Hincapié en Ecuador y Almirón en Paraguay. No se aplicó en el Argentina-Inglaterra cuando lo hicieron los ingleses, ni se revisó el pedido de Messi cuando Cucurella se cubrió parcialmente la boca en la final. Esto no significa que el defensor español debiera ser expulsado, pero ¿no correspondía, al menos, revisar la jugada?
Existe desde hace tiempo una construcción discursiva de Europa hacia Latinoamérica. Argentina, por llegar más lejos en los últimos mundiales y por su carácter contestatario, recibe gran parte de esa agresión. ¿Por qué? Quizás por la incomodidad que genera.
Europa carga con el peso de haber protagonizado algunos de los episodios de colonización y saqueo más oscuros de la historia, un pasado sobre el cual un nacionalismo frágil con fachada progresista no logra construir una hegemonía discursiva sólida. Por eso vuelve a usar a América, como en siglos pasados, bajo la etiqueta de los "salvajes", los violentos y los tramposos. Para ese relato, no ganamos por esfuerzo, táctica, inteligencia o talento (el mismo que luego reclutan para sus clubes); ganamos por trampa y juego sucio. Y lo respaldarán con estadísticas sesgadas de tarjetas o con reglas poco equitativas.
Lo hacen con un encono mayor porque, mientras insisten en presentarse como el referente moral del mundo, los jugadores latinoamericanos les recuerdan en la cancha que el discurso no sostiene la realidad.
Basta comparar a la España campeona de 2010 con la de este último domingo. En la primera, la foto central es la de Iker Casillas levantando la Copa; en la más reciente, la figura predominante es el rey Felipe VI. Tal vez responda a la necesidad de validar a la monarquía como un sistema vigente que, mediante el respeto a la institución, conduce a logros compartidos por todo el pueblo.
A veces el fútbol es solo fútbol —qué bello sería que así fuera—, pero mientras los latinoamericanos no agachemos la cabeza ni aceptemos el rol del "buen salvaje".
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