Esa mañana, en el tren, miré los rostros de quienes compartían el vagón y tuve la sensación de que eran los mismos de cualquier lunes. Cansados, concentrados o en silencio. Apenas unas horas antes Argentina había perdido una final frente a España. Sin embargo, la vida seguía igual. O casi.
La noche anterior miles de personas salieron a las calles. Hubo banderas, bocinazos, caravanas y canciones. Se festejó un subcampeonato con una intensidad que en muchos países resultaría difícil de explicar. Lo mismo había ocurrido, con una potencia aún mayor, después del triunfo frente a Inglaterra. Balcones y autos convertidos en altares patrióticos, familias enteras abrazadas por un resultado deportivo.
Durante meses, esas banderas permanecen dobladas en un placard. Sólo recuperan la atención cuando un árbitro hace sonar el silbato. No obstante, sería injusto reducir todo a una pasión exagerada. La selección argentina de fútbol de Lionel Scaloni construyó una cultura. En tiempos de egos y frases excedidas, dio ejemplos de humildad, capacidad de escucha y respeto. Formó un grupo antes que un conjunto de estrellas (aun cuando las había, claramente). Despertó una profunda identificación porque transmitió valores que una sociedad necesita volver a reconocer.
Sería absurdo desconocer la importancia cultural que el fútbol tiene para la Argentina. Pero inquieta la comparación con el escaso fervor que despiertan las fechas fundacionales de nuestra historia. El 25 de Mayo y el 9 de Julio apenas consiguen alterar la rutina o un plan turístico.
¿Qué significa que una Nación encuentre su expresión patriótica más intensa alrededor de un espectáculo deportivo y no de los acontecimientos que le dieron origen? Muchos responden con orgullo que los argentinos vivimos el fútbol como nadie. Que el mundo nos admira por esa intensidad. Por eso es clave identificar qué otras formas de pertenencia hemos dejado vacantes.
Aristóteles sostenía que una democracia madura educa a sus ciudadanos para sentir las emociones correctas, hacia los objetos adecuados y con la intensidad justa. Nuestra memoria colectiva parece delegar buena parte de sus funciones en el fixture deportivo. Recordamos sin esfuerzo la formación de México '86, pero vacilamos ante la pregunta de qué poderes integran la República. En las escuelas todavía ensayamos el Himno con un entusiasmo moderado. En cambio, "Muchachos..." se aprendió espontáneamente. Toda sociedad recuerda aquello que ejercita.
Si un extraterrestre aterrizara durante un Mundial probablemente concluiría en que el principal prócer argentino fue Lionel Messi y que Manuel Belgrano tuvo la feliz ocurrencia de diseñar una camiseta. Lo cierto es que Messi ocupa un lugar excepcional en el imaginario argentino. Millones de chicos dicen que quieren ser como él, emociona escucharlos. A diferencia de otros ídolos, además de su zurda seguramente impactan en la percepción de esos niños su constancia, su sencillez, su respeto por los compañeros y esa manera serena de conducirlos.
Una cara luminosa de esta historia es que en los días de celebración del equipo nacional desaparecieron las diferencias sociales, económicas y políticas. Millones de personas sintieron que formaban parte de un mismo "nosotros". Esa capacidad de construir comunidad es muy encomiable. La segunda cara es la exaltación de las emociones como sustituto del pensamiento. La pasión se convierte en una forma de compensación colectiva. Donde la política desencanta, genera desconfianza y no ofrece un proyecto común, aparece la Selección y con su épica devuelve la sensación de pertenecer a algo más grande que uno mismo.
Por eso son tan justificables las imágenes de frustración que dejó la final frente a España. Hubo discusiones, gestos de enojo e intolerancia. Pero ese no es el retrato definitivo del equipo, cuando después de la lógica desilusión Messi, Scaloni y otros futbolistas felicitaron a los campeones. Un indicador más de la cultura que esta Selección construyó. La humildad consiste en saber qué hacer con la derrota una vez que pasa el primer impacto. En aceptar que algunas veces la copa la levanta el adversario y que el éxito ajeno no disminuye nuestra dignidad. Los valores sólo existen cuando sobreviven al resultado.
La democracia es una forma de vida compartida, tal como nos enseñó John Dewey, y solo puede sostenerse cuando los ciudadanos aprenden a convivir con el desacuerdo. En ese desafío, la educación cumple la tarea insustituible de enseñar que las emociones enriquecen la vida pública, pero se vuelven un problema cuando reemplazan el juicio. No es casual que los romanos comprendieran que el espectáculo también organiza políticamente a una sociedad; el panem et circenses servía para adormecer a los ciudadanos.
Hoy, en cambio, el fervor que despierta la Selección podría convertirse en una oportunidad cívica. Nos organizamos con admirable eficacia para celebrar un gol, pero con bastante menos éxito para construir acuerdos sobre la educación y el futuro común. Esa desbordada efusión colectiva podría ponerse al servicio de la decisión fundamental de valorar la escuela tanto como el campo de juego.
Mientras el tren corría pensé que la verdadera Argentina viajaba en ese vagón. Las sociedades necesitan símbolos y celebraciones, y el fútbol cumple esa función como pocos fenómenos culturales. Pero cuando las caravanas y los cánticos se apagan, comienza el partido que se juega todos los días en casa, en la escuela, en el trabajo y en la vida pública. Imaginemos que una parte de la energía emocional que volcamos en el fútbol pudiera transformarse en compromiso cívico, en educación y en construcción democrática. Entonces, el patriotismo dejaría de medirse por el volumen de un festejo para medirse por la profundidad del vínculo que una sociedad decide construir con su historia y, sobre todo, con su futuro.
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