Las relaciones familiares, como cualquier otra, van forjándose día a día. Construyéndose en base a momentos, charlas, silencios, mimos, abrazos y más. A veces, el choque generacional queda en evidencia y hace que sea difícil avanzar a una profundidad mayor. Ahora, el testimonio de una mujer de 80 años exhibe lo difícil que puede llegar a ser confesarle a una persona querida un pensamiento muy íntimo.

Los vínculos parentales cambian con el correr de los años. Cuando los hijos son pequeños, los padres se transforman en una máquina de "marcar la cancha": lo que se puede y lo que no. Y educar en base a lo que cree mejor. Hay tiempo de disfrute, pero el trabajo es arduo. Cuando los hijos crecen y forman su propia familia, la relación muta.

Madres e hijas se deben charlas más profundas. Foto: Pexels.

Madres e hijas, o padres e hijos, pasan a tener otro tipo de contacto. Los hijos toman lo que más les gustó (o lo que inconscientemente repiten) y lo replican en sus hijos. Pero después está lo otro: lo que no les gustó de sus padres, y no quieren heredar bajo ninguna circunstancia. A veces esto sobrevive en forma de reproches a los más grandes.

El sitio digital Bolde recopiló la palabra de una mujer de 80 años que pone de manifiesto cómo a esa edad aún hay muchas personas a las que les cuesta hablar con sus hijos de ciertos temas, y las diferencias de pensamiento en muchos planos. Esto es algo que afecta a miles de personas a lo largo del mundo, muy normal y lógico, pero que puede dejar huellas para quienes lo creen una carga.

Una conversación difícil... que espera el momento adecuado

La mujer cuenta que una llamada de su hija de una hora fue la que le dio ganas de contar lo que le pasaba. Adelantó que ella le contó que su nieto menor tenía problemas en la escuela, que su esposo viaja demasiado y el trabajo se le había complicado. Aseguró que, tras escucharla, le contestó "lo que dice una madre".

Definió la conversación como cálida y sincera, como las que espera con ansias toda la semana, continuó. Sin embargo, cuando terminó el llamado se dio cuenta de que no dijo todo lo que quería decirle. Aseguró que no se trata ni de quejas ni de correcciones.

Según su relato, se trata de cosas que están dentro de ella durante años, esperando una conversación y que siente que no tiene el espacio para decirlas. Contarle cosas sobre quién era "antes de que ella me conociera".

La relación entre una madre ya mayor y su hija: el tiempo apremia. Foto ilustración Shutterstock.

Aseguró que son temas pesados, sobre decisiones malas y buenas, lo que piensa de sí misma a los 80 años, y no la versión que arma de sí misma cuando alguien le pregunta. Son temas profundos, que atraviesan su vida entera, y sobre los que quiere hablar con su hija, pero poco puede decir en el día a día.

Dice que no hay nada malo en la relación que tienen con su hija, que la llama con frecuencia. "Es mejor que lo que tienen muchas madres e hijas, y mejor que lo que algunas versiones de nosotras tuvimos en el pasado", definió. Y, aunque agradecida de ello, asegura que las conversaciones tienen una estructura que gira en torno a la vida de la más joven.

Los hijos, el matrimonio, el trabajo, los proyectos, etc. No hay espacio para la profundidad de pensamiento de esa mujer de 80 y tantos años. Reflexiona en que eso tiene sentido porque su hija está en el centro de las cosas diarias de una manera en la que ella yo ya no.

Si bien admite lo que ocurre, dice que eso tiene un precio: no decir las cosas que realmente quiere. Concluyó que debería darse en otro tipo de conversación a la que suelen tener. Un problema que muchas personas mayores pueden llegar a sentir.