La revolución americana de 1776 fue una novedad en el mundo. Probablemente el viaje de Colón a América haya sido el más importante de la humanidad desde el comienzo de la era cristiana. Y prodigiosamente desde este continente salió la expedición que aún sigue siendo la más relevante de los últimos dos siglos: la llegada del hombre a la Luna.
No son pocos los analistas que suelen datar la aparición del primer gobierno del pueblo para el pueblo en 1789, la Revolución Francesa. Pero es un anacronismo deliberado: la primera y gran democracia contemporánea fueron los Estados Unidos de América, y como reflexiona Alexis de Tocqueville en La Democracia en América, los franceses copiaron casi todos sus defectos, pero no siempre sus virtudes.
En los dos últimos dos siglos América salvó a la humanidad de las dos peores amenazas contra la libertad y se constituyó en el muro de contención contra la tercera: derrotaron a los nazis en la Segunda Guerra Mundial, a los soviéticos en la Guerra Fría y son la potencia más poderosa en la lucha contra el islamonazismo.
El odio contra América es también el odio contra la igualdad. América es el único país en la historia de la humanidad en el que una persona de piel negra fue elegida por una mayoría de piel blanca para presidir a la nación geopolíticamente más importante.
Es cierto que América, como otros países, arrastró el pecado de la esclavitud incluso después de su fundación como democracia. Pero, a diferencia de cualquier otro país, se sumergió en una guerra civil sangrienta para redimirse de esa afrenta.
Los padres fundadores conllevaban en la génesis de su experimento una referencia explícita a la saga del pueblo de Israel, y una tácita a la civilización greco romana. La distribución burocrática de las formas representativas del pueblo recuerdan al senado de la Roma imperial. Pero América nunca fue ni es un imperio: no mantiene relaciones de vasallaje ni coloniza a nación alguna.
Ha mantenido relaciones de conveniencia, con aliados, con enemigos, y con neutrales. Pero también se ha involucrado en conflictos motivada por la defensa de la libertad más que por una idea propia de prosperidad o estabilidad.
En una ucronía siniestra titulada Fatherland, el escritor Robert Harris imagina una América que llega a los años 60 del siglo XX sin involucrarse en la lucha contra el nazismo. En esa novela, los nazis aún perduran cuando asume Kennedy. Pero lo que lleva al presidente norteamericano a declararle la guerra a Hitler en esa ficción no es una amenaza directa al territorio americano- como lo fue en la realidad Pearl Harbor-, sino el descubrimiento de la ejecución del Holocausto.
En la serie de televisión John Adams, cuando los padres fundadores declaran la independencia, no estallan en gritos eufóricos, ni disparan al aire, ni matan a tal o cual. Se miran a unos a otros alelados, dramáticamente conscientes de la realidad que han asumido, estupefactos del paso que han dado, como el primero del hombre en la Luna.
Desde entonces, incluso antes de ser construida, la estatua de la libertad, en cuyo dorso se inscribe un poema de la americana judía sefaradí Emma Lazarus, es la aliada de los hombres libres. América ha resultado imperfectamente la esperanza de los cautivos, la menos mala de las costas para los desesperados. América no siempre fue la primera en ver la luz, pero sí la más perdurable en mantenerla encendida.
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, no han existido guerras entre las democracias desarrolladas. Y la garantía de la supervivencia de las democracias, desde el Plan Marshall hasta la actualidad, ha sido el paraguas de seguridad y la hegemonía política norteamericana. Con otros doscientos cincuenta años, la humanidad seguirá en la senda de aquel tercer y más importante viaje previo a la era cristiana: el que emprendieron los hebreos de Egipto a la libertad, en los tiempos del legislador Moisés.
El presidente Milei ha sido audaz y acertado a la vez en asociar su administración con la saga americana en defensa de la libertad. No es exagerada ni extemporánea su alianza: por el contrario. La Argentina representa en el sur del continente la simbiosis con la libertad que Norteamérica representa para el mundo. Unir esfuerzos es ineludible desde el punto de vista estratégico y también de principios.
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