En Laborde, un pequeño pueblo del sur de Córdoba, la familia Sorasio lleva casi cuatro décadas dedicada a la genética bovina. Sin embargo, hace veinte años decidió abrir un nuevo camino que hoy los encuentra, por undécima vez consecutiva en la pista del Pabellón Ocre de la Exposición Rural de Palermo. Allí, Pablo Sorasio y su hija Martina presentan una selección de ovinos que sintetiza años de inversión en genética, incorporación de biotecnología y una firme apuesta por una actividad que, a su juicio, todavía tiene un enorme potencial de crecimiento en la Argentina.

Veterinario de profesión, Sorasio recuerda que el ingreso a la producción ovina fue casi casual. La familia contaba con una cabaña Angus y un pequeño lote de ovejas destinadas al consumo, pero decidió cambiar el enfoque y apostar por animales de pedigree. "Es una especie que me atrapó. Ya veía que tenía mucho futuro y creo que lo sigue teniendo", resume. Así comenzó un trabajo que primero se apoyó en la raza Pampinta -la primera raza ovina desarrollada íntegramente en la Argentina por el INTA- y que luego incorporó otras razas carniceras para consolidar un programa de mejoramiento genético.

El punto de partida fueron 50 ovejas Pampinta. Con esa base, la familia eliminó la majada general y comenzó a registrar sus animales en la Sociedad Rural Argentina, participando primero en exposiciones del interior hasta animarse, una década más tarde, a competir en Palermo. Desde entonces, el crecimiento fue sostenido tanto en calidad como en reconocimiento.

La búsqueda de genética superior nunca se limitó al mercado local. A lo largo de estos años, la cabaña sumó otras razas e incorporó animales, semen y embriones provenientes de Inglaterra, Nueva Zelanda y Paraguay, al tiempo que desarrolló un programa de exportación de reproductores hacia Bolivia, Paraguay y Uruguay, principalmente de las razas Hampshire, Dorper y Pampinta. Ese intercambio permanente con la genética internacional permitió acelerar el progreso del plantel y posicionar a la cabaña como referente regional.

Actualmente, el establecimiento trabaja principalmente con Hampshire Down y Dorper, y decidió desarmar la majada de Pampinta. La decisión de concentrarse en menos razas respondió principalmente al desafío logístico que representa manejar programas de pedigree. Cada servicio requiere un seguimiento minucioso de los padres y madres, controles de ADN para verificar la filiación y un riguroso trabajo de selección. "Necesitás saber qué padre sirvió a cada madre porque los corderos deben hacerse ADN y tiene que coincidir con lo declarado", explica Sorasio.

La incorporación de herramientas como la inseminación artificial y el trasplante embrionario también forma parte del esquema de mejoramiento. En el campo mantienen unas 350 ovejas, de las cuales alrededor del 95% pertenece a planteles de pedigree. La mayor parte de la producción se comercializa como reproductores, aunque los animales descartados por cuestiones de conformación o estándar racial también encuentran destino comercial como corderos para consumo.

Para esos animales destinados a carne, la cabaña desarrolló un sistema propio de terminación. Los corderos permanecen alrededor de dos meses en corrales donde reciben una dieta basada en fibra, pasturas, maíz y suplementos minerales hasta alcanzar entre 60 y 70 kilos de peso vivo (35-40 kilos limpios), lo que permite obtener un cordero pesado de excelente calidad. Sorasio enfatiza que la producción ovina no puede compararse con otras especies como el cerdo: "La oveja es un rumiante, es como una vaca chiquita", explica al remarcar que tanto la alimentación como la fisiología reproductiva y la calidad de la carne responden a una lógica completamente distinta.

Para esta edición de la Rural de Palermo, la cabaña trajo siete animales: un borrego Dorper White, un borrego y dos borregas Dorper Black, y dos hembras y un macho Hampshire. La presencia ininterrumpida durante once años refleja la importancia que la exposición tiene como vidriera para mostrar el progreso genético alcanzado y establecer contacto con productores interesados en incorporar reproductores de alto valor.

Pero quizá el dato más alentador para el futuro de la empresa familiar no esté dentro de los corrales sino al lado de ellos. Martina Sorasio, que este año finalizará la carrera de Veterinaria, ya decidió continuar el camino iniciado por su padre. "Mi idea es seguir con los ovinos, seguir un poco sus pasos y hacer alguna especialidad en la especie", cuenta con entusiasmo mientras acompaña el trabajo diario de la cabaña en Palermo.

Ese recambio generacional representa mucho más que una continuidad familiar. En una actividad donde el mejoramiento genético exige décadas de trabajo, la decisión de una nueva generación de asumir el desafío garantiza que el proyecto siga evolucionando. Desde un pequeño establecimiento del sur cordobés hasta la pista más importante de la ganadería argentina, la historia de los Sorasio demuestra que la inversión constante en genética, tecnología y conocimiento también encuentra en los ovinos un camino para agregar valor y proyectarse hacia los mercados nacionales e internacionales.