En el océano Pacífico existen algunos de los arrecifes de coral más impactantes del mundo, con formaciones superiores a un auto en tamaño que forman un denso laberinto bajo el agua. Sobre ellos, el cielo se llena de aves marinas que salen a buscar peces. Los científicos descubrieron que estas especies, separadas por la tierra y el mar, están mucho más conectadas de lo que se creía.
La clave está en algo poco glamoroso: el excremento de las aves. Los arrecifes de coral cercanos a colonias de aves marinas suelen ser más saludables gracias a los nutrientes que estas depositan en su guano. Esa es una de las razones por las que las islas tropicales y los atolones son verdaderos puntos de biodiversidad en el vasto Pacífico.
El problema es que, en muchas islas, esa alianza se rompió. Las colonias de aves marinas disminuyeron por la pérdida de hábitat y por especies invasoras como las ratas. Con menos aves, llegan menos nutrientes al océano. Por eso, los proyectos de restauración de corales ahora también buscan recuperar a las aves, en un momento en que los arrecifes son cada vez más vulnerables al aumento de la temperatura del océano.
Una bandada de aves se posa en un árbol cuyas ramas están sobre el agua del mar., Foto: imagen ilustrativa generada con Gemini IA.
«Si logramos encontrar la manera de frenar las amenazas locales a los ecosistemas, en muchos casos, estos encontrarán la forma de recuperarse», afirmó Alex Wegmann, científico principal de la estrategia de resiliencia insular de The Nature Conservancy.
El mejor ejemplo está en el atolón de Palmyra, un pequeño grupo de islas ubicado a más de mil millas (unos 1,600 kilómetros) al sur de Hawái. Allí, en plena selva tropical, conviven decenas de miles de aves. Casi todas dependen del océano: vuelan a diario al mar para alimentarse de peces o calamares y traen parte de esa comida a sus crías. El lugar alberga una de las poblaciones de piqueros petirrojos más grandes del mundo y unos 100,000 charranes sombríos.
Cómo las aves alimentan a los arrecifes de coral
Un grupo de científicos notó hace más de una década que las mantarrayas, algunas con una envergadura de 2.7 metros, se veían con más frecuencia cerca de las colonias de aves marinas. Eso los llevó a descubrir un eficiente sistema de reciclaje de nutrientes que empieza en el aire.
Cuando las aves regresan del mar, se posan en los árboles y dejan allí grandes cantidades de nutrientes. Un estudio en casi 200 atolones estimó que las aves marinas llevaron a tierra más de 100,000 libras de nitrógeno (unos 45,000 kilos). Ese guano funciona como fertilizante natural para árboles y plantas.
Después, las lluvias frecuentes e intensas arrastran esos nutrientes hasta el océano, lo que fomenta el crecimiento del plancton microscópico, que alimenta a un plancton más grande, y este a su vez a peces y mantarrayas. Incluso los corales consumen plancton, aunque no sea su principal fuente de alimento.
El ecosistema marino se ve beneficiado por las aves. EFE/ Andre Coelho
«El guano ayudará a nutrir el ecosistema desde la selva tropical hasta el arrecife, así que nuestro objetivo es aumentar su presencia», explicó Katie Franklin, que trabaja en la estrategia de conservación del atolón para The Nature Conservancy.
Palmeras y ratas, los enemigos de las aves
Los investigadores entendieron el papel de las aves porque hay zonas de Palmyra donde casi no aparecen: los bosques de cocoteros, herencia de plantaciones de hace más de un siglo. «Estamos en medio de un denso monocultivo de cocoteros», contó Franklin. «Literalmente, solo crecen cocoteros. Hay muchísimas menos aves en este tipo de bosque».
En el año 2000, casi la mitad del atolón estaba cubierta de palmeras. Por eso, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos y The Nature Conservancy pusieron en marcha un proyecto para recuperar el bosque nativo. Desde 2019 ya se eliminaron más de un millón de palmeras y brotes, y la vegetación original vuelve con rapidez.
La majestuosidad de un arrecife de coral. EFE/ Andre Coelho
El otro invasor fueron las ratas, que probablemente llegaron durante la Segunda Guerra Mundial y alcanzaron unos 30,000 ejemplares. Las aves que anidan en el suelo fueron las más afectadas. Tras su erradicación en 2011, el ecosistema se recuperó: «Observamos cada vez más aves marinas anidando en los árboles de todo el atolón», relató Wegmann.
Hoy, los científicos usan aves señuelo para atraer a ocho especies que dejaron de anidar en Palmyra. Una de ellas, el charrán dorsigrís, ya volvió a hacerlo durante cuatro años seguidos.
Por qué proteger a las aves puede salvar a los arrecifes
Ni siquiera Palmyra está a salvo del cambio climático: en 2013, una ola de calor marina provocó el blanqueamiento de corales. Según el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, si el planeta se calienta más de 1.5 grados Celsius, entre el 70% y el 90% de los arrecifes del mundo no sobrevivirán. Por eso, es clave que se recuperen lo más rápido posible entre cada episodio.
«Creemos que al crear el hábitat para las aves marinas y maximizar el beneficio nutricional que obtienen de ellas, le daremos al arrecife la mejor oportunidad de sobrevivir a cualquier futuro climático que se presente», dijo Wegmann.
Estas lecciones ya se aplican en otros lugares, como el archipiélago de Chagos, en el océano Índico. Y la escala importa: cerca de una cuarta parte de las aves marinas tropicales del mundo depende de los atolones para anidar. «Si sumamos la superficie oceánica de todos los atolones del Pacífico, es aproximadamente del mismo tamaño que Sudamérica», resumió el científico.
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