Remedios del Valle, capitana de la Patria; el sargento Cabral, escudo protector de San Martín en la batalla de San Lorenzo; Antonio Gonzaga, chef del menú de los festejos del Centenario; María Angélica Barreda, la primera abogada argentina, graduada en la Universidad Nacional de La Plata en 1909; Ramón Carrillo, el ministro de Salud de los dos primeros gobiernos peronistas.

(In)Visibles. Una interpelación sobre el legado de los afroargentinos en el Museo Pueyrredon de San Isidro. Foto: gentileza.

Las huellas de la presencia de afrodescendientes en Argentina existen, pero solían ser borradas. Mientras el mercado editorial aporta novedades como la reedición del imprescindible Una historia de la emancipación negra (Siglo XXI), de Magdalena Candioti, y la publicación de Cambundá. Historia de una nación afroargentina (Prometeo), de Lea Geler, y Argentina en blanco y negro. Afroporteños. 200 años de historia (Ciccus), de Virginia Martínez Verdier, cada 8 de noviembre, aniversario del fallecimiento de Remedios en 1847, se conmemora el Día Nacional de los Afroargentinos y de la Cultura Afro. Pese a todo el contexto y a las acusaciones por racismo contra Argentina en el Mundial, esa herencia puja por volverse más visible.

Ausencias intencionales

“Aún persiste una gran dificultad en reconocer la presencia africana en nuestra historia esclavista y colonial, la cual dejó un legado cultural fundante de nuestras tradiciones y expresiones populares (como el tango y la chacarera)”, dice a Clarín Lali Corvalán, comunicadora, artivista e investigadora especialista en Racismo y Estudios Afroargentinos.

Y agrega otro don de esa presencia: “Y dejó muchísimas personas afrodescendientes de aquella colonia, que lejos de desaparecer, son parte de nuestra sociedad y, en algunos sectores, continúan practicando sus músicas y costumbres familiares, como el candombe porteño y la rumba abierta en el conurbano bonaerense”.

Grandes silencios

En esa línea, Candioti, investigadora del Conicet y profesora de la Universidad Nacional del Litoral, recuerda en su libro cómo en Argentina “prevalecen grandes silencios en torno al arribo forzado de miles de africanos y africanas a la región, sus experiencias y, sobre todo, sus luchas por emanciparse”.

Comunidad Afroargentina de La Matanza. Foto: Lucía Merle.

La historiadora cita distintas fuentes que calculan en 200 mil las personas esclavizadas traídas desde África hasta la zona del Río de la Plata. Las víctimas eran transportadas en barcos que salían de puertos de Angola, Mozambique y la bahía de Benín.

Una vez desembarcadas en el barroso y poco profundo puerto de Buenos Aires, algunas eran compradas por porteños y otras enviadas a Córdoba, Santa Fe, Potosí o Lima. Fuese en la fabricación de jabones y velas, en el lavado de ropa o en cualquier tipo de trabajo doméstico, su rol era el de un objeto.

Como profundiza Candioti, descendiente de una “parda libre” de Santa Fe, la decisión de la Asamblea de 1813 no fue abolir la esclavitud, sino decretar la “libertad de vientres”, es decir, que quienes nacieran después del 31 de enero de ese año, de padres esclavizados, serían “libres”. Por supuesto, la reglamentación fue restrictiva, y los nacidos bajo el amparo de esa medida en la práctica terminaban tutelados por los amos de sus progenitores.

Cambundá, de la historiadora, antropóloga y también investigadora del Conicet Lea Geler, se focaliza en la creación y desarrollo de un espacio colectivo en un terreno adquirido en 1796 en el barrio porteño de Monserrat que funcionó durante más de un siglo como lugar de reunión, memoria y resistencia de africanos y sus descendientes.

En tanto, Argentina en blanco y negro, de Martínez Verdier, construye un relato “testimonial y conjetural, de investigación documental, histórica y personal” de la familia paterna de la autora, que proviene del “tronco colonial”, es decir, del conformado por aquellos africanos traídos como esclavos antes de 1810.

Magdalena Candioti, doctora en Historia de la UBA. Foto: archivo Clarín.

Testimonios

De esa rama desciende Lucía Molina, nacida en 1949 en Santa Fe e histórica activista por el reconocimiento de la presencia afro en el país. “Siempre existieron prejuicios que se naturalizaron hasta que se tomó la forma de discriminación, racismo, xenofobia”, dice a Clarín. Y advierte: “Últimamente se ha acrecentado ese odio a nosotros y nosotras”.

Tamara Barbará, por su parte, es empleada en la Biblioteca del Congreso de la Nación y cuenta: “Mi familia fue traída esclavizada hacia 1650” y reivindica a su madre, Elida Obella, y su tía María Elena Lamadrid, que hoy tiene 92 años, que junto a otras mujeres “empezaron a levantar la voz. Pasaron momentos duros, pero nada las detenía”.

Por fuera del “tronco colonial” y con padres caboverdeanos que llegaron a la Argentina a mediados del siglo XX, Miriam Gomes, profesora de Letras e histórica militante por los derechos de la población afro en el país, cuenta: “Ha cambiado la percepción, pero no en gran medida. Hay un sector más abierto de mente que está asumiendo esta realidad de la presencia negra en Argentina, y esto se debe también al trabajo que venimos haciendo desde las organizaciones”.

Otro caso es el de Emanuel Ntaka, famoso en su etapa de miembro de Mambrú, hijo de padre sudafricano y madre argentina, que relata: “Por medio de la música, luego la investigación y la gestión cultural, fui explorando distintas maneras de conectar mi historia personal con una historia colectiva más amplia”.

Otro sector afro del país está formado por quienes vinieron desde distintos países en épocas más recientes. Nuevamente, el estereotipo lo asocia solo con personas que provienen de Senegal y que se dedican a la venta ambulante.

“Hay un racismo epistémico, con esta idea de que los pueblos africanos no producen conocimiento. Hay que ‘ennegrecer” las currículas del sistema educativo argentino y restituir esa historia para todos”, reflexiona Anny Orongó, nacida en Cali, Colombia, radicada en Argentina desde 2007 y docente en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref).

Comunidad Afroargentina de La Matanza. Foto: Lucía Merle.

Cuando Nengumbi Sukama, licenciado en Administración de Empresas por una universidad de Kinshasa, la capital del por entonces Zaire, llegó a la Argentina en 1995, le costó horrores tener trabajo de lo que estudió.

“En lo profesional, siempre tener la piel oscura te lleva a la época colonial. Una vez, haciendo un trabajo de instalación eléctrica en un edificio en Caballito, la dueña se quejó diciendo: ‘¿Por qué mandaron a un negro a trabajar a mi casa?’”, dice desde Lanús, donde vive con su mujer argentina y espera que se resuelva el trámite de adopción de dos chicos de 14 y 11 años. Quizá todos juntos puedan conmemorar el 8 de noviembre.