¿Tengo miedo de que algún día las máquinas se rebelen contra los humanos y acaben con nuestra civilización? No demasiado. Me da bastante más miedo que mañana me encuentren un bulto intratable en cualquier parte del cuerpo.

Tengo la sensación de que alrededor del miedo a la inteligencia artificial hay bastante de performance. Una especie de competición por ver quién imagina el futuro más aterrador. El desconocimiento general, combinado con décadas de películas sobre máquinas asesinas, ha preparado el terreno para que cualquier predicción apocalíptica parezca razonable.

Naomi Klein explicaba en La doctrina del shock hasta qué punto una sociedad desorientada por el miedo puede aceptar transformaciones que, en otras circunstancias, cuestionaría. Conviene recordar esta idea cuando escuchamos a los grandes líderes de Silicon Valley advertirnos sobre los peligros de una tecnología que ellos mismos desarrollan. El mensaje tiene algo contradictorio: estamos creando algo que podría destruirnos, pero tranquilos, también somos los únicos capaces de salvarlos.

No hace falta imaginar una conspiración para reconocer que el miedo es un magnífico instrumento de poder. Una población aterrorizada por el futuro está más dispuesta a entregar las decisiones sobre ese futuro a quienes prometen protegerla.

No me malinterpreten. La inteligencia artificial será revolucionaria. Como lo fue Internet. ¿Cambió nuestras vidas? Absolutamente. Pero lo hizo de forma progresiva, dándonos tiempo para incorporar nuevas costumbres y aprender a desenvolvernos en un mundo diferente. No sin víctimas ni contradicciones.

La historia de nuestra especie es la historia de su adaptación. Hemos aprendido a convivir con tecnologías que habrían resultado incomprensibles para nuestros antepasados. Y probablemente nuestros descendientes aceptarán con naturalidad cosas que hoy nos parecen monstruosas.

Ahora discutimos cuántas horas deberían pasar nuestros hijos delante de una pantalla. Imaginen las conversaciones de unos padres dentro de veinte años: ¿implantamos a nuestro hijo un chip de inteligencia artificial al nacer o dejamos que crezca en inferioridad de condiciones frente a sus compañeros? Quizá el debate ya no sea cuánto tiempo pasan conectados, sino si tienen derecho a desconectarse.

Por supuesto que existen riesgos. Empleos que desaparecerán, nuevas formas de manipulación y una concentración de poder tecnológico que debería preocuparnos mucho más que cualquier película de ciencia ficción. Precisamente por eso necesitamos conservar la capacidad de discutirlos sin dejarnos paralizar.

La Biblia repite una y otra vez una idea sencilla: “No tengas miedo”. No porque el mundo sea un lugar seguro, sino porque el miedo no puede convertirse en nuestra manera de habitarlo. De poco sirve conquistar más años de vida si vamos a dedicarlos a temer lo que viene.

Trato de vivir sin demasiado miedo. Ni a lo que pueda hacer la inteligencia artificial con nuestras vidas ni a lo que pueda pasar con la chica que estoy conociendo. No sé si dentro de unos años seguiremos juntos. Pero tampoco necesito saberlo. Hay algo extraordinario en descubrir a una persona sin conocer el final de la historia.

Quizá el amor sea algo así. No nos garantiza que las cosas vayan a salir bien, pero consigue que merezca la pena descubrirlo.

Lo que sí sé es que, desde que apareció ella, el futuro me parece un lugar bastante más amable.