El libro Escoria de Isaac Bashevis Singer llevaba años en la biblioteca esperando su momento cuando la periodista y escritora Tali Goldman lo abrió despreocupadamente por una página cualquiera y leyó esto: "–¿Qué se sabe de Tsírele, la hija del rabino? –Aléjese de ella como del fuego". Entonces, supo que había encontrado el epígrafe para su novela La hija del rabino (Ediciones B), una ficción que, como las mejores historias, está llena de verdad porque Tali Goldman es, en efecto, la hija de un rabino.

La priodista y escritora Tali Goldman. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

Sin embargo, no hay que confundirse. No es su vida la que se cuenta en el libro, ni tampoco el padre de la narradora es el rabino Daniel Goldman (que, por cierto, goza de mejor salud que el rabino de ficción), no existen Sarita Kopelman ni la comunidad Beit Iacov con su sinagoga en el corazón de Belgrano ni Débora Kleiman, de Kleiman Propiedades, ni tampoco son reales los chismes y aventuras que cuenta la narradora. Aunque todo ese universo se haya amasado laboriosamente como una mezcla en la que los recuerdos y la imaginación se integran obedientemente.

Sucede que Tali Goldman tiene trayectoria como periodista (trabaja en medios argentinos y extranjeros desde muy joven y es autora del libro La marea sindical y de las crónicas de Cómo se puede querer tanto a alguien); como escritora (es autora de los cuentos de Larga distancia); pero especialmente como hija disruptiva. De existir un manual de comportamiento para familias de un rabino, ella imcumpliría muchos de los mandatos. En su defensa habrá que señalar que su padre tampoco ha sido el más tradicional de los líderes judíos, algo que se le reprochó tanto como se le admiró.

Ese vínculo entre un padre singular y una hija igual de singular es el corazón de La hija del rabino. El libro articula la vida familiar en una casa que funciona como sucursal de la sinagoga, con el liderazgo religioso de un hombre capaz de decir: "¡Dios es rock!" o "Dios no es Dios, sino literatura" y un diálogo entre padre e hija, por momentos profundamente conmovedor y, por otros, hilarante.

En un momento histórico en el que reinan las dicotomías y el agrupamiento entre iguales, La hija del rabino hace algo necesario: mientras cuenta una historia, mientras lo hace desplegando emoción y belleza, muestra que toda diferencia entre seres humanos no es otra cosa que artificio.

–Durante años, mantuviste distancia entre tu trabajo y el judaísmo, que identificabas como el territorio de tu papá. ¿Qué tuvo que pasar para que llegaras a este libro?

–En el libro de cuentos Larga distancia ya había indicios: fue mi primer acercamiento al judaísmo desde la literatura. En la vida real y como periodista, siempre cubrí temas de política y de coyuntura, y jamás hubiera hecho algo vinculado al judaísmo: lo tenía especialmente lejos. Después apareció la nota sobre "Dany" Recanati (que aparece en el libro Cómo se puede querer tanto a alguien), que fue la primera vez que conecté el periodismo con ese mundo. También tuvo que ver mi papá, porque conocí esa historia a través de él. Más tarde hice la nota sobre Diana Malamud y, para entonces, ya había empezado a trabajar en la novela. Creo que algo me habilitó a entrar en ese universo desde afuera: mi papá empezó a jubilarse de la sinagoga. Por primera vez, después de treinta y tantos años, empezamos a tomar distancia de esa vida que conocíamos, de esa sinagoga que era también nuestra casa. Ese hilo dorado que cuento en el libro empezó a romperse, pero no por mí, sino por mi papá. Inconscientemente, eso me permitió despegarme y mirar de otra manera cosas que siempre había visto. Para la literatura es fundamental poder tomar distancia. En ese momento, había empezado a escribir otra novela, un policial, protagonizado por una periodista que era hija de un rabino. Tenía unas ochenta páginas y fui a hacer una tutoría con la escritora Marina Mariasch. Le pareció malísima y me dijo que todo lo que importaba era que esa chica fuera hija de un rabino. Le contesté que ni loca iba a escribir sobre eso. No quería escribir sobre mi vida, convertirla en un tema ni hacer una especie de terapia o autoficción psicoanalítica. Desde entonces, me llevó cinco años llegar a este texto. Hubo muchas versiones previas, mucho más ficcionalizadas. Necesité inventar situaciones y encontrar caminos para no llegar directamente al asunto. También tuve que entender de qué iba el libro.

–Usaste la palabra autoficción, pero el resultado es una novela. ¿Cómo fue cambiando tu relación con el género? ¿Por qué no querías hacer autoficción?

–La autoficción está un poco de moda, como esa escritura del yo que por momentos me agota. Parece que cualquier cosa se puede convertir en un relato, cualquier anécdota parece merecer una narración. Yo creo que no todo tiene que convertirse en un relato. En mi caso no tenía una anécdota, tenía una vida. Incluso el elemento que dispara la narración es ficcional: el padre de la narradora tiene un infarto, pero nada de eso sucedió en la realidad. Necesité construir esa excusa para poder ir hacia atrás. Dos libros fueron fundamentales para mí: Apegos feroces, de Vivian Gornick, y Léxico familiar, de Natalia Ginzburg. Los dos trabajan sobre vínculos familiares sin partir de una anécdota puntual. Recuerdo que alguien definía el libro de Gornick como un perfil de su madre y otra persona decía que era un libro sobre un vínculo. Eso me quedó muy presente. Yo tampoco quería hacer un perfil de mi padre. Quería escribir sobre el vínculo de ese hombre y su hija, y eso era mucho más complejo. Hacer un retrato de él hubiera sido más sencillo, incluso desde la no ficción, pero no era lo que me interesaba. Además, mi padre está vivo, sigue ejerciendo su rol y tengo un excelente vínculo con él. Muchas veces pensé que quizá este era un libro para escribir cuando muriera, pero después entendí que podía hacerlo ahora. Quería contar un universo, no algo que hubiera ocurrido en particular.

–La narración alterna los recuerdos de la protagonista con pequeños capítulos de diálogo, casi como una entrevista con el padre. ¿Cuánto hay de una conversación real y qué función le fuiste dando a esa trama?

–Esa trama fue lo último que apareció. Mi editora, Magalí Etchebarne, me sugirió incorporar una subtrama y algunas voces. En el taller en el que trabajé la novela durante años, probé distintas posibilidades. Probé con un recorrido por los libros de mi papá, pero seguía faltaba otra voz. Entonces pensé que tenía que ser la del padre. Decidí que la protagonista, que es periodista, le hiciera una entrevista. Llamé a mi papá y fui a su casa a probarlo. Era una situación rara porque la entrevista era una ficción: yo no le preguntaba cosas que no supiera. En un momento me preguntó si se moría en el libro. Le dije que creía que no y él respondió: “La muerte hay que ganársela”. Esa frase me disparó algo. Grabé la conversación, la desgrabé y llevé algunos fragmentos al taller. La reacción fue inmediata: “Es esto”. A partir de ahí, empezó un proceso de ficcionalización. También busqué artículos que él había escrito y le pedí que reconstruyera algunas anécdotas. Por eso digo que es un híbrido: hubo un diálogo con mi padre real, pero no existió esa entrevista larga tal como aparece en el libro.

–El rabino de la novela tiene mucho de tu papá: es un hombre que lee literatura, que se piensa como lector. También es alguien que no encaja en el estereotipo de un rabino.

–Eso era muy particular en mi vida real. Uno tiene un estereotipo de un rabino, como lo tiene de un cura o de un médico, y mi papá no encajaba. Yo siempre tenía que explicar: “Sí, es rabino, pero no es ortodoxo”. Vivía en un estado de explicación permanente. Esas particularidades y esos detalles me interesan para la literatura. Pero ese padre no es un retrato de mi padre: está atravesado por mi subjetividad.

–Hay una experiencia muy particular en ser hija de un rabino. La frase de uno de los personajes que opina que la narradora “es demasiado de izquierda”, por ejemplo, es real. Ni vos ni tu hermana encajaban en lo que se esperaba de las hijas de un rabino. ¿Cuánto de esa experiencia terminó en el libro?

–Siempre estuvo todo un poco corrido. Aunque el material parecía estar servido, necesité muchos años de búsqueda para entender de qué estaba hablando. Mi caso es muy particular, pero hay algo que puede interpelar a cualquiera: todos somos hijos de alguien y nuestra identidad también se construye en función de quiénes son nuestros padres. Hay una pregunta más general: quién sos vos en relación con tus padres.

–El libro puede leerse desde dos lugares. Para alguien que conoce la liturgia judía, abre una serie de sentidos; para quien no conoce ese mundo, funciona como una ventana. ¿Cómo construiste esa mirada infantil extrañada sobre algo que era tan cotidiano para vos?

–Siempre vi ese universo como si estuviera compuesto por personajes. Las personas que aparecen existen, pero no se llaman como en el libro. A veces tomé un poco de una persona y un poco de otra, las pasé por la licuadora y de ahí salió un personaje. Para mí, la comunidad también es un personaje. Sarita Kopelman, por ejemplo, es la voz de la comunidad, ese deber ser. En el taller, una de las chicas me pidió una foto de Sarita porque creía que existía. Tuve que explicarle que no existía. Eso me pareció una señal de que había literatura. Pero en definitiva, siempre fui muy observadora y miré a esa comunidad con ojos de personaje: esta es la chusma, esta se cree la dueña de la sinagoga, este es un facho, este es el más copado. Inconscientemente, siempre vi personajes en la sinagoga.

–Y esos personajes también son sociales, no pertenecen exclusivamente a la comunidad judía.

–Exactamente. En todas las comunidades está la chusma, el chanta, el que se cree dueño del lugar. Pasa en todos los clubes y en todos los grupos. Es una pequeña porción de la sociedad.

–Ese ejercicio va en contra de la construcción de dicotomías del presente. Mostrás un pequeño universo que es igual al de cualquiera. ¿Cómo encontraste ese tono y esa mirada extrañada sobre los rituales?

–El libro no tiene buenos y malos. Todos son buenos y malos al mismo tiempo: a todos se les ven las virtudes y las miserias. Encontrar el tono fue dificilísimo. Había que construir una mirada infantil y, al mismo tiempo, hacer que el lector supiera lo que estaba ocurriendo aunque la narradora no lo supiera. El capítulo sobre el atentado contra la AMIA apareció bastante tarde, aunque está ubicado al principio. Es uno de mis primeros recuerdos: la puerta de mi casa abierta, gente que entraba todo el tiempo. La casa se convirtió en una sucursal de la sinagoga. Ahí se ve que el rol del rabino excedía la comunidad y entraba en la vida familiar. Para escribirla tuve que volver a ponerme en el lugar de esa niña que vivía la situación como algo extraordinario. Para ella era una experiencia espectacular, casi la mejor noche de su vida, aunque alrededor estuviera ocurriendo algo terrible.

La priodista y escritora Tali Goldman. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–Ahora que construiste este universo, ¿te vas a quedar en él o te vas a ir?

–Por ahora no me voy a ir. Lo próximo será un libro de no ficción, pero no quiero abandonar este universo. Tenía dos comienzos posibles y uno era una frase de García Márquez sobre Aracataca en la que decía que, si empezaba a hablar de ese lugar, no terminaba más porque era todo su universo. Pero me pasó algo bastante místico. Agarré un ejemplar de Escoria, de Isaac Bashevis Singer, otro libro muy importante para mí porque también era hijo de un rabino. Lo abrí por la mitad y leí: “¿Qué se sabe de la hija del rabino? Aléjese de ella como del fuego”. Borré todo lo que tenía y puse esa frase como epígrafe. Quizá me vaya de esta sinagoga o de este rabino, pero no de este universo: todavía tengo mucho para pensar.

–¿Cómo se está leyendo el libro en la comunidad de la sinagoga?

–No me llegaron comentarios de indignación; al contrario, recibí muchos mensajes de gente emocionada. Algunos quieren aparecer en el libro y otros preguntan quién es tal personaje. Les aclaro que es todo ficción, porque no voy a andar contando intimidades de nadie. La gente de la sinagoga se identifica y me cuenta que la novela la llevó a determinados recuerdos. Pero también me escribieron personas que no son judías y que no conocen ese mundo, muy conmovidas. Creo que hay algo que excede a este padre, esta hija y esta sinagoga: tiene que ver con pertenecer a algo y con el vínculo con un padre. Hay fibras que van más allá de esa historia particular.


Tali Goldman básico

  • Nació en Buenos Aires, en 1987. Es licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

  • Trabaja como periodista gráfica y en radio desde hace más de diez años.

  • Publicó La marea sindical (Editorial Octubre, 2018), libro con el cual ganó el Premio Estímulo de la escuela de periodismo TEA, Larga distancia (Concreto Editorial, 2020) e Ídolos (Ediciones UDP, 2023, editado por Leila Guerriero).

  • Fue finalista del concurso de No Ficción de La Agenda Revista en la categoría Crónicas con su crónica “Cómo se puede querer tanto a alguien”.

  • Su cuento "La doctora Venturini" fue ganador de la convocatoria de cuento de la Bienal Arte Joven 2019 y su libro Larga distancia fue mención especial en los Premios Nacionales 2022. La hija del rabino (Ediciones B, 2026) es su primera novela.


La hija del rabino, de Tali Goldman (Ediciones B).