"Que le den a Canadá y a Francia y a Estados Unidos y a España, todos unos hijos de puta, unos colonizadores, unos esclavistas (…) la tierra entera está plagada de desalmados que solo piensan en llenarse los bolsillos". Así irrumpe la incontestable voz de la canadiense Juliana Léveillé-Trudel en su primera novela, Nirliit (Barrett).

Juliana Léveillé-Trudel es autora de Nirliit (Barrett). Foto: redes sociales.

La narradora se enoja, se angustia, siente impotencia. No es para menos: las huellas de un colonialismo salvaje y feroz que causa estragos en las comunidades inuit del Ártico canadiense la exasperan: el hacinamiento, las tasas alarmantes de suicidio juvenil, las adicciones, la violencia doméstica, la desnutrición impuesta por precios de alimentos astronómicos y las conductas de riesgo extremas conviven en un territorio azotado por el abandono estatal y la falta de oportunidades.

La autora también se emociona hasta las lágrimas en aquella geografía hostil: el frío extremo, la soledad absoluta y la inmensidad de la tundra. Las deslumbrantes auroras boreales y las puestas de sol tan sublimes la dejan extasiada.

Nacida en Montreal en 1985, Léveillé-Trudel proviene de la dramaturgia y la gestión cultural. Fundadora de la compañía Théâtre de la Marée Haute, desplegó obras teatrales como Chambre(s) (2009) y Écran de fumée (2011), antes de coordinar, durante varios veranos, campamentos de infancia en Salluit, “una comunidad inuit al norte del vasto y gélido territorio de Nunavik, una región donde todo es demasiado hermoso o demasiado duro”.

A partir de esa experiencia, empezó a llevar un diario personal para procesar el contraste entre el Norte y el Sur. Cada temporada, al regresar, se encontraba con que alguien que ella conocía y apreciaba se había suicidado o se había estrellado en una moto de nieve en medio de la tundra escarpada o había muerto asesinado a manos de un familiar.

Durante su tercer verano, en 2013, supo que una mujer inuit que conocía había desaparecido (luego se confirmó su asesinato): “Eso me perturbó profundamente y sentí la necesidad de escribir sobre lo sucedido. Comprendí que debía mostrar también el contexto de Salluit en la época moderna, porque casi no había escritos sobre el mundo inuit actual. Así, a partir de mis notas y de esa experiencia dolorosa, empecé a escribir la novela”, contó la autora en diálogo exclusivo con Clarín.

–Nirliit es un ave migratoria, ¿no? ¿Qué simboliza en tu historia?

–Sí, Nirliit es el ganso canadiense, ave nacional de Canadá. Pasa el verano en el Ártico criando a sus polluelos y migra al sur en invierno. Es muy simbólico tanto para los inuit como para los no inuit. Para las comunidades del norte, marca la temporada de caza y es parte de su alimentación. Para quienes vivimos más al sur, señala el paso de las estaciones: su vuelo, en primavera, anuncia el verano y, en otoño, el frío. Esa migración tiene también un aspecto poético, porque representa el viaje y el tránsito entre mundos. Para mí, simboliza la realidad de los personajes y la mía propia, al descubrir las desigualdades y discriminaciones en Nunavik, algo que desconocía viviendo en el sur de Quebec.

–Quizás mucha gente piensa que el colonialismo es algo del pasado. ¿Crees que la literatura puede ayudar a mostrar cómo todavía hoy se sufren sus consecuencias?

–Sí, creo que sí. Creo que la ficción tiene algo especial: aunque sigue siendo ficción, muchas cosas son ciertas. La gente puede leer artículos o ver reportajes, pero no hay nada como dejarse llevar por los personajes y sentirse más conmovido. Sé que mucha gente que lo leyó no estaba al tanto de lo que ocurría en el norte. Me dijeron: «Sí, he aprendido mucho, no lo sabía». Creo que la ficción tiene más impacto que un artículo o informe, porque estamos más abiertos al leer una historia. También porque sabemos que es real: es ficción, pero son cosas que suceden de verdad. Y la gente que conocía el Norte reconocía la realidad, la sentía creíble, así que sí, creo que sí.

–Hace unos días, Donald Trump compartió en sus redes sociales un mapa generado por IA, donde todo el territorio de Canadá, así como Groenlandia y México, aparece cubierto con la bandera de los Estados Unidos. ¿Qué opinás al respecto?

–Bueno, creo que demuestra hasta qué punto su mirada es estrecha al pensar en algo así. Me da pena que viva en un mundo tan limitado. Al mismo tiempo, está admitiendo una perspectiva estadounidense que siempre ha sustentado sus acciones, aunque nunca lo hubieran dicho públicamente. Si analizamos la historia de Estados Unidos, exterminaron poblaciones indígenas, esclavizaron gente, traficaron con esclavos y hoy construyen un muro que expulsa inmigrantes. Todos están horrorizados con Trump, pero de alguna manera es menos hipócrita, porque, si lo analizamos, siempre ha sido su misión. Solo que nunca lo habrían dicho tan abiertamente.

–¿Crees que hay un resurgimiento de este tipo de pensamiento?

–Sí, creo que hay un verdadero giro hacia el fascismo y la extrema derecha, muy extendido en todo el mundo. La izquierda no ha tenido éxito y eso abrió espacio a discursos seductores. Frente a problemas graves como la crisis climática, es más fácil buscar chivos expiatorios: inmigrantes y personas vulnerables. En Estados Unidos, en lugar de reducir el consumo, buscan recursos en Canadá, Groenlandia o Venezuela. Durante años se descuidaron los servicios públicos y se recortó la red de seguridad social, y ahora se culpa a los inmigrantes o al envejecimiento de la población, cuando bastaría con que los más ricos paguen más. Lo triste es que las personas de entornos modestos, sin acceso a educación, son manipuladas para aceptar medidas que las perjudican. Se les hace creer que otro grupo es responsable de sus carencias. Esto ocurre en todo el mundo y es muy preocupante. Además, las nuevas tecnologías amplifican estas ideas: las mentes jóvenes se contaminan con discursos misóginos en internet, siguen a figuras como Andrew Tate y repiten que “las mujeres deberían quedarse en casa”. Oímos esos comentarios en las escuelas, es muy aterrador.

–Todas estas falencias que se desnudan en el libro ¿son consecuencia directa de los programas gubernamentales canadienses?

–Sí, porque estas poblaciones se vieron obligadas a cambiar drásticamente su modo de vida. Eran nómadas, se dedicaban a la caza y a la pesca, vivían en tiendas en verano y en iglús en invierno. De repente, se les dijo: «No, ya basta. Tienen que vivir en aldeas, en casas, tener un trabajo de lunes a viernes, de 9 a 5». Se les impuso abandonar la forma de vida que tenía sentido para ellos y adoptar la nuestra, pero sin darles los recursos básicos. Construir una casa en Nunavik es extremadamente caro: los materiales deben transportarse en barco, la mano de obra también, y no es posible que cada familia construya por sí misma. Así que dependen del gobierno para la vivienda, pero el gobierno no invierte lo suficiente. Es contradictorio: por un lado, se les impuso un estilo de vida ajeno; por otro, no se les garantizó lo mínimo, como una vivienda por familia. Eso generó hacinamiento, falta de infraestructura, lo que deriva en violencia, alcoholismo, alimentación deficiente y una ola de suicidios. En definitiva, sí: estas carencias son la consecuencia directa de políticas que transformaron radicalmente su modo de vida sin asegurarles los medios para sostenerlo.

–En vistas de este panorama, ¿cuáles serían las medidas más urgentes a adoptar desde el gobierno?

–Creo que lo más urgente es establecer un diálogo entre iguales, dejar de imponer medidas y permitir que los inuit decidan por sí mismos. Ya vemos algunos cambios: comunidades como los Atikamekw han negociado gestionar su propio sistema de protección infantil. El problema es que muchas veces el paternalismo del gobierno degenera en autoritarismo. Recuerdo un caso en el que el alcalde quería contratarme para dirigir un campamento de verano, pero la organización le prohibía hacerlo porque no era inuit, aunque no había nadie dispuesto a asumir ese rol. Situaciones absurdas como esa muestran que, bajo el pretexto de “dar poder a los inuit”, en realidad se les quita capacidad de decisión. Lo que se necesita es un reconocimiento real en igualdad de condiciones. No se trata de que el gobierno se retire por completo —porque aún faltan médicos, enfermeras y recursos básicos—, sino de trabajar juntos sin imponer dinámicas de poder ni condicionar la ayuda. Que las comunidades decidan sobre su territorio, con apoyo pero sin tutelaje. Solo así puede haber un cambio verdadero y positivo, con políticas que respeten su autonomía y fortalezcan sus servicios esenciales.

Nirliit, de Juliana Léveillé-Trudel (Barrett). Foto: gentileza.

–Al comienzo de la novela, decís que Nunavik es una región donde todo es demasiado hermoso o demasiado duro. ¿Cuál es el aspecto más hermoso y cuál el más duro de tu experiencia en el Ártico?

–Lo más duro es la tasa de suicidios, porque casi todos han perdido a alguien de esa manera y cada pérdida genera un sufrimiento enorme. Lo difícil es que ese dolor no siempre encuentra un modo de expresarse o de ser tratado. Lo más hermoso, en cambio, es el sentido de comunidad. En la tundra no se puede sobrevivir solo, y esa conciencia de necesitarse unos a otros se refleja en gestos cotidianos. En las aldeas existe el congelador comunitario, donde los cazadores dejan carne que no necesitan para que los ancianos o quienes no pueden cazar la tomen. O el ejemplo de un niño inuit que entra a clase con caramelos y los reparte entre todos, incluso con quienes se llevan mal, porque compartir es lo normal. Para mí, eso es lo más bello: la certeza de que nos necesitamos mutuamente y que ayudar a los demás es parte de la vida. Es un reflejo que nace de la necesidad de sobrevivir juntos, y que se convierte en una forma de humanidad profundamente conmovedora.


Juliana Léveillé-Trudel básico

  • Nació en Montreal, en 1985 y fundó en 2011, junto a un amigo, un campamento de verano en Salluit, en la región de Nunavik, muy al norte de Canadá.

  • Pasó tres veranos consecutivos allí como gerente del proyecto y en 2014, continuó su trabajo en el norte estableciendo otro campamento diurno en el pueblo de Quaqtaq, además de coordinar otros dos programas de campamentos diurnos en Salluit y Puvirnituq.

  • Poco después, en 2015, obtuvo el puesto de subdirectora de programación educativa para las comunidades inuit en Fusion Jeunesse, una organización que lucha contra el absentismo escolar mediante el uso de diferentes formas de arte para motivar a los jóvenes inuit a continuar con sus estudios.

  • Escribió Nirliit, publicada en su país en 2015 –causando cierto revuelo– y en Francia en 2018, donde ganó el Premio Pantagruel ese mismo año.


Nirliit, de Juliana Léveillé-Trudel (Barrett).