En el océano Spotify hay una contraseña de desbloqueo. Basta buscar "Mochín Marafioti" para que la caja negra se abra y entendamos que muchas veces vivimos en amnesia hasta que algo se activa adentro con apenas una frase, con un estribillo o un eslogan.

Qué animalito monstruoso la memoria. Esa bestia traicionera que edita, esconde, amputa, tajea, poda y devuelve cuando quiere el pedacito que se le antoja.

"Algo para recordar", lanza un locutor de voz limpia y apunta la metralleta directo al pecho: "Toda la música que usted siempre quiso volver a escuchar, la inolvidable música de nuestro pasado cercano".

Francisco Marafioti, para todos Mochín, ya había nacido con la musicalidad en el apellido. No era una identidad "neutra". Traía consigo la sonoridad juguetona y la grandilocuencia italiana de esas letras combinadas.

Hijo del violinista de las orquestas de Radio El Mundo y Radio Splendid "Mocho" (de allí el Mochín como buen junior), tuvo una vida breve de 53 años. El corazón le falló pronto, pero vivió el suficiente tiempo como para tocar otros corazones (otros oídos) que crecieron con Radio Continental y Mitre de fondo.

Imagine a un hombre entrando a la radio con una valija de vinilos como un cocinero que carga la materia prima para su manjar. El tipo anotaba, etiquetaba, desechaba y armaba un menú. Nada de minutas ni comida chatarra al paso. Lo suyo era "gastronomía" de autor.

Melómano, arqueólogo de canciones, acumulador de claves de sol, productor discográfico, curador musical, playlister artesanal, abrió un universo a muchos cuando compartía esa discoteca frondosa que en un minuto podía vomitar Multiplicación, por Los Salvajes y, al siguiente, cambiar a Donna, de Ritchie Valens. Su don era inventar un paisaje, que viéramos lo imposible, la música.

Mochín Marafioti y sus tesoros, los discos. (Archivo Clarín)

Corrían los ochenta y noventa y los canales de distribución de la música eran otros. Las canciones llegaban como regalos o como maldiciones, tocaba escuchar lo que sonaba aleatoriamente en la radio y, con suerte, la autonomía musical pasaba por los discos y casetes de los que se disponía, un número limitado. Por eso Mochín, fuente inagotable de intérpretes menos abordados, era una "Biblioteca de Alejandría" sonora. Sintonizarlo era viajar a otra galaxia, una vintage que podía desentonar con la música del momento, pero cuyos acetatos ilustraban incluso a esos niños distraídos que se nutrían sin saberlo con la melodía de fondo.

Es cierto que su recuerdo quedó desdibujado por la demencial tecnología relacionada a la música que vino después, pero a M.M le debemos la educación de millones de tímpanos y la ambientación de miles de hogares por las noches. Sabía jugar amorosamente con la nostalgia ajena, con esa idea de que las canciones guardan versiones de los que ya no somos y a veces son heridas con buena acústica. Era como un mensajero del tiempo que nos ubicaba en épocas en las que no habíamos nacido, pero a la vez que aprenderíamos a extrañar.

Tuvo la dicha de llegar a los oyentes mucho antes de que fueran creadores y/o consumidores de "contenido". Tenía una forma de intervenir sin querer protagonismo y, pese a eso, para su radioescucha él era un verdadero influencer. Tanto que lo llamaban asiduamente para conducciones de bailes multitudinarios de carnaval, por ejemplo, en el Club Comunicaciones. No era estrella de la radio, pero sí algo mejor. Tenía esa cualidad de los que están siempre, y aunque no son del todo vistos, un día trascienden por permanencia.

El álbum de Mochin Marafioti

El 7 de noviembre se cumplirán 29 años de la muerte de ese que cantó bajo el seudónimo Sonny Sande. Hay álbumes propios y de recopilaciones dando vueltas en mercados de pulga o compra venta de usados online. También quedan las memorias de su pareja, María Graña, y algunas viejas notas perdidas en los archivos, como esa de Clarín que titulaba "El capopúa" y ponderaba su maestría para combinar a Edith Piaf con Altemar Dutra. "Con Mochín, los oyentes se olvidan un rato de los plazos fijos, del dólar", decía el artículo. El tiempo demuestra que el plazo fijo con mejor rendimiento era su programa.