Cuántas veces hemos visto un animal exótico o poco común en nuestro país y nos hemos preguntado de dónde proviene y por qué llegó. Este es el caso del salmón Chinook o salmón rey, originario de las costas del Pacífico norte en Estados Unidos y Canadá.

Esta especie fue introducida a Chile en la década de 1970, con fines de acuicultura y repoblación mediante la técnica de ranching (liberación de ejemplares juveniles que crecen en el mar y regresan a los ríos).

Sin embargo, desde entonces, los salmones cruzaron la cordillera de los Andes a través de rutas oceánicas y conexiones fluviales, expandiéndose por las cuencas de la Patagonia argentina.

Qué impactos genera la expansión del salmón rey en la Patagonia

Uno de sus mayores impactos fue la expansión y colonización de la especie en las cuencas de la Patagonia argentina. El salmón rey se estableció de forma autónoma, con poblaciones reproductivas propias en provincias como Santa Cruz y Tierra del Fuego.

Asimismo, al ser el salmón más grande del mundo, pudiendo superar el metro y medio de longitud y los 60 kilos de peso, compite con especies nativas, alterando el lecho de los ríos al cavar nidos y generar una sobrecarga de nutrientes y olores a “podrido” en las orillas tras los eventos de desove.

Además, la gestión del salmón Chinook representa un dilema directo entre la conversación biológica estricta y el desarrollo socioeconómico regional. Actualmente, la Patagonia se divide en dos posturas: la primera, por parte de los Parques Nacionales sobre su enfoque ecológico, ya que lo ven como una amenaza biológica en zonas como los Glaciares donde se busca contenerlo y erradicarlo.

Por otra parte, se encuentra el enfoque turístico, donde ciertos municipios lo ven como una mina de oro, ya que impulsan la pesca deportiva. Pescadores en todo el mundo viajan a la Patagonia y gastan miles de dólares para capturar estos ejemplares. Esta movida impulsó eventos oficiales como la Fiesta Provincial del Salmón Chinook, en la localidad de Piedra Buena, provincia de Santa Cruz.