Después de entrenar miles de perros de caza durante más de cinco décadas, Tom Dokken llegó a una conclusión que parece sencilla, pero cambia por completo la manera de trabajar con ellos: no todos los perros quieren lo mismo. Tener la genética de un labrador retriever o pertenecer a una línea de caza no garantiza idéntica motivación, personalidad o facilidad para aprender.
Dokken desarrolló esta idea durante una extensa entrevista y sesión de entrenamiento con Natalie Krebs para Outdoor Life, realizada en su propiedad de Dakota del Sur. La periodista llevó allí a Hatchet, su labrador amarillo, para que el entrenador analizara su comportamiento y ayudara a prepararlo para su primera temporada de caza.
Dokken resumió su filosofía comparando a los perros con integrantes de un equipo deportivo. Algunos son los “superatletas” del título: disfrutan entrenar una y otra vez y después quieren salir a competir. Otros tienen bastante menos impulso y parecen participar porque el contexto los empuja. La consecuencia práctica es clara: aplicar exactamente el mismo entrenamiento a ambos puede ser un error.
“Son como las personas”, explica Dokken en la conversación. Por eso, antes de pedir resultados, observa lo que denomina drive: el impulso del perro para perseguir, recuperar una presa, trabajar o responder al ejercicio propuesto. También analiza cómo reacciona ante la presión, qué lo entusiasma y qué puede hacer que pierda interés.
El entrenador Tom Dokken sostiene que dos perros de la misma raza pueden necesitar métodos completamente distintos. Foto: Youtube.
Esa evaluación empieza pronto. Dokken sostiene que alrededor de los cinco meses es mucho más sencillo identificar y estimular esas tendencias que esperar hasta que el perro tenga un año sin apenas contacto con aves. En su propia escuela utiliza sesiones tempranas de introducción a pájaros y disparos para conocer la personalidad antes de avanzar hacia trabajos más exigentes.
También rechaza una idea bastante común: que un buen entrenador debe presionar siempre un poco más. “Algunos perros pueden ser empujados”, explica, mientras que con otros es necesario avanzar despacio para conservar sus ganas de trabajar. Un exceso de control demasiado temprano puede reducir el impulso de algunos ejemplares; en otros, con una motivación altísima, establecer límites desde el principio resulta indispensable.
Con Hatchet, por ejemplo, Dokken detectó un perro que no disfrutaba demasiado de determinados ejercicios, pero sí se transformaba cuando aparecían aves reales. Su solución fue dejar de tratarlo como si todavía estuviera únicamente practicando y darle más experiencias de caza. “Necesita oportunidades”, señaló.
Esa flexibilidad explica buena parte de su reputación. En Oak Ridge Kennels, la escuela que fundó, no puede seleccionar solo a los perros con mejores aptitudes y descartar a los demás como ocurre en algunas competencias. Sus clientes quieren recuperar a su animal entrenado. Eso obliga a encontrar qué motiva a cada uno.
Antes de imponer un programa, Dokken observa su motivación, personalidad y capacidad para tolerar presión. Foto: Youtube.
La comparación con un equipo deportivo termina siendo algo más que una metáfora simpática. Para Dokken, comprender la personalidad del perro no es un complemento del entrenamiento: es el punto de partida. Antes de decidir cómo enseñarle, hay que averiguar qué clase de “jugador” se tiene delante.
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